LOGINChantelle llegó a su casa. Su pequeño apartamento, modesto pero acogedor, la envolvió como un capullo reconfortante. Las paredes, pintadas en tonos suaves, llevaban la huella de su personalidad: marcos pequeños, algunas plantas, libros apilados en una estantería barata. Nada lujoso, pero todo tenía alma. A diferencia de la casa de su padre, gélida e imponente, aquí se sentía en casa. Segura. En paz.
Se quitó los zapatos, suspiró hondo y se dejó caer en el sofá. Apenas había dejado el teléfono en la mesita cuando apareció una notificación en la pantalla. Un mensaje, sin firma. Como siempre.
« Esta noche, 23h. »
Frunció el ceño. Era inusual. Ese hombre que la compraba en las sombras nunca tenía prisa. La contactaba a intervalos espaciados, como si quisiera mantener una distancia fría y metódica. Pero esta noche la llamaba de nuevo, apenas dos días después de su último encuentro.
Algo andaba mal, pero aun así fue.
A las 22:50 salió de su apartamento, como un autómata, los gestos precisos, el aliento entrecortado, los pensamientos ahogados. Las calles estaban tranquilas, oscuras, llenas de ese silencio cómplice que envuelve las faltas premeditadas. Un coche negro la esperaba ya, con el motor en marcha, en la esquina de siempre. Apenas abrió la puerta, una mano enguantada se adelantó para tenderle la venda. Ella se la ató ella misma, lentamente, dócilmente. Las reglas no habían cambiado.
El trayecto fue mudo, denso, saturado de una calma peligrosa. Ella no veía nada. No hablaba. No hacía preguntas. Como siempre.
La puerta se abrió. Él la hizo entrar sin una palabra, con la mano apoyada firmemente en la parte baja de su espalda. Ni un gesto tierno. Ni una vacilación. La empujó dentro de la habitación y cerró la puerta de un golpe seco, sin suavidad.
Ella reconoció de inmediato el olor amaderado, familiar. Pero esta noche era diferente. Más pesado. Casi sofocante.
Él la giró bruscamente, pegando su vientre contra la fría pared.
Sus manos recorrieron su cuerpo, pero no era una caricia. Era una toma de posesión. Le separó las piernas, le bajó las bragas, se inclinó hacia su oído. Su aliento era cálido, rápido, ardiente.
Ella gimió, sorprendida, tensa, con los brazos contra la pared.
— Espera… por favor… —murmuró.
Pero él no se detuvo.
La penetró de un solo golpe, profundamente, e imprimió un ritmo preciso e implacable, golpeando contra su vientre, subiendo hasta su garganta, haciéndola jadear, gritar, perder pie. No era dolor puro, ni miedo real. Era el pánico de perder el control, el vértigo de un placer demasiado brutal, demasiado inmediato. Iba rápido, con fuerza. Cada movimiento parecía un castigo.
Ella no podía huir. Cada intento de girar la cabeza era detenido por su mano en su nuca. Cada suspiro llamaba a una penetración más dura. Él no hablaba. Imponía.
Ella jadeaba, con las piernas temblorosas, la frente apoyada contra la pared.
— Es demasiado… —susurró con voz quebrada.
Él aminoró apenas. Luego retomó con más fuerza. Otra vez. Otra vez. Hasta que ella no pudo más, hasta que todo su cuerpo se abandonó contra él.
Cada embestida era una declaración sin palabras, un acto salvaje, bruto, destinado a imprimir su huella en lo más profundo de ella, donde nadie más podría borrarlo jamás.
— Hhn… aaah…
Sus uñas se deslizaban por su espalda, se aferraban, le arañaban, sin que ella lo decidiera siquiera. Buscaba un apoyo, un punto de referencia, algo a lo que agarrarse en esa tormenta. Pero solo estaba él. Su piel. Su fuerza. Esa necesidad que él tenía de ella.
Él la levantó, la arrojó sobre la cama, separándole las piernas para continuar sin tregua.
Ella ya no sabía si lloraba o reía. Todo ardía. Todo vibraba. Él mordía su hombro, la sujetaba con fuerza, la volvía a girar. Ella le suplicaba que parara, pero cada vez él la empujaba más lejos, hasta que ella se venía gritando, confusa y perdida.
Había repetido varias veces "para… por favor…", pero él continuaba, como si cada uno de sus gemidos lo alimentara, lo excitara más.
Y entonces, todo cambió.
Su ritmo se ralentizó.
Sus gestos se volvieron más suaves.
Acarició su pecho, su garganta, y luego la besó en la boca, por primera vez. Largamente. Silenciosamente. La penetró de nuevo, sin violencia. Despacio. Profundamente.
Su mano se deslizó sobre sus costillas, su vientre. Esta vez la acompañaba. Casi la mecía.
Ella ya no luchaba. Se abandonaba por completo. Lo abrazaba, con los dedos aún temblorosos, pero calmados. Él seguía sin hablar. Pero se quedaba. Y ella, por primera vez, ya no quería huir.
No sabía cuántas veces la había tomado.
Él la llevó a la ducha. La penetró de nuevo, allí, contra la pared húmeda.
Luego en la cama. Otra vez. Y otra vez.
Ella se montó sobre él. Le suplicó que parara. Sus labios rozaron la venda sobre sus ojos. Y entonces él empezó de nuevo.
Su mente flotaba en algún lugar lejos de su cuerpo. Había perdido toda noción del tiempo.
Ya no sabía si había gritado.
Ya no sabía si hubo un final.
Todo se volvió borroso.
Él no dijo nada.
Y ella no preguntó nada.
Se hundió sin darse cuenta.
Cuando volvió a abrir los ojos, la luz del día golpeaba la pared frente a ella. Se incorporó de golpe, con el corazón latiendo con fuerza. Buscó un reloj, un despertador, su teléfono. Cuando por fin lo encontró, sintió un vuelco en el estómago.
12:42.
— ¡Mierda… La comida con ese maldito Paterne!
Se levantó apresuradamente, tambaleándose. Su cuerpo estaba dolorido, marcado. Besos, huellas rojas, marcas de dedos en su cintura, en su pecho, en sus caderas. Él había dejado su firma en ella. Una firma invisible para el mundo, pero que ella sentía a cada paso.
Agarró un vestido negro de manga larga, que lo cubría todo. Se maquilló a toda prisa. Se recogió el pelo para ocultar la nuca. Sin tiempo para comer. Sin tiempo para pensar.
El hotel Le Grand desplegaba su lujo sin reparos: mármol reluciente, lámparas de cristal, camareros impecables. Chantelle avanzó, con el corazón aún pesado por la noche anterior, sus tacones resonando suavemente en el brillante suelo.
En la mesa reservada, lo vio.
Un escalofrío de repugnancia la recorrió.
El hombre sentado allí, vestido con un traje mal cortado y una grotesca joya de oro en la muñeca, era bajito, calvo, con los ojos brillantes de un brillo demasiado insistente. Su sonrisa pegajosa se ensanchó cuando la vio acercarse, como si acabara de ver el postre más esperado.
En el salón, Alex estaba tirado en su sofá, con una copa en la mano, con aire tranquilo. Levantó la vista al oírla llegar.—Oye, Mégane… Cuánto tiempo, ¿sabes? Te he echado de menos.Pero ella no le dejó terminar. Sin una palabra, lo adelantó, con la mandíbula apretada, y se dirigió directamente al sótano. Unos segundos después, salió de allí con una botella de alcohol, que apretaba como si fuera lo único capaz de mantenerla en pie.Alex se enderezó, intrigado:—¡Eh! ¿Qué pasa?—¿Qué pasa? Tienes el aspecto… destrozada.Ella levantó la vista, con la voz quebrada:—Déjame solo beber, Alex. Por favor. No estoy de humor para hablar.
Ella estaba allí, ante él, casi desnuda, solo vestida con una delicada lencería elegida con esmero por su madre. Sus senos, expuestos sin pudor, se elevaban ligeramente con cada respiración, los pezones endurecidos delatando su excitación.Collen permaneció inmóvil un instante, sorprendido por la escena. Su garganta se anudó y tragó saliva lentamente antes de desviar la mirada hacia la pared, buscando protegerse de esa visión que lo incomodaba.—¿No crees que es un poco pronto para esto? —preguntó con voz fría, casi distante.Mégane avanzó un paso, sus caderas ondulando ligeramente, una sonrisa seductora colgada en los labios.—No, mi amor… es el momento adecuado. Déjame cuidar de ti… y mostrarte otra faceta de mí —susurró de
Al final de la jornada, Chantelle cerró suavemente su ordenador portátil, guardó sus carpetas en un rincón bien ordenado de su oficina y luego cogió su bolso. Exhaló un leve suspiro, feliz de poner fin a esa jornada de trabajo.Al abrir la puerta, se encontró de bruces con Collen. Venía en su dirección.Le dedicó una sonrisa profesional, educada pero distante.—Mi jornada ha terminado, hasta mañana, señor Wilkerson.Collen no respondió. Pasó junto a ella, adelantándola con paso medido pero firme.Chantelle notó que también se dirigía hacia la salida. No quería que tomaran el ascensor juntos, así que ralentizó sus pasos voluntariamente, observando distraídamente el suelo para parecer ocupada.
Chantelle entró en su pequeña oficina, con el aire ausente. Cerró suavemente la puerta tras de sí, sin realmente darse cuenta, y fue a sentarse a su escritorio.Suspiró largamente.—Es como si estuviera… celosa de ella. Puf, tonterías —murmuró negando con la cabeza.Rechazó esa idea ridícula. ¿Por qué iba a estar celosa? ¿Porque Mégane se exhibía sobre las rodillas de Collen como un trofeo? ¿Porque marcaba su territorio con exceso teatral? No. No tenía nada que envidiar a ese tipo de demostración.—¿Era necesario mostrarme lo «enamorados» que están? —ironizó en voz baja.Cruzó los brazos.—Y además, yo no pedí nada. No fui yo
Eran las 5 de la tarde y Chantelle ya había terminado todas sus tareas del día. Sentada en su oficina, miraba distraídamente el reloj colgado en la pared. Desde que el señor Wilkerson se había ido a su reunión, todavía no había regresado, y como el día había empezado mal, no se atrevía a marcharse sin su permiso. Sabía que con un hombre tan imprevisible como él, una simple salida anticipada podía terminar mal.El aburrimiento comenzaba a invadirla. Ya no tenía nada que hacer, incluso los bolígrafos estaban ya ordenados. Cogió su teléfono, revisó brevemente sus mensajes, se conectó a las redes sociales, hojeó algunas publicaciones… antes de cansarse y desconectarse al instante.Fue solo hacia las 6 de la tarde cuando Collen regresó por fin. En cuanto lo vio entrar en su
Era la quinta vez que Chantelle subía y bajaba en el ascensor para buscarle un simple café. Tenía las piernas pesadas, la espalda sudada y los brazos ligeramente temblorosos por el agotamiento. Tenía la sensación de ser una marioneta manejada por hilos invisibles.Cuando entró de nuevo en la cafetería, la camarera, que se reía al principio, esta vez tuvo una mirada tierna.—Tu jefe solo quiere poner a prueba tus límites —dijo con voz dulce.—Estoy agotada. Rendida —suspiró Chantelle, sin aliento—. Ni siquiera he deshecho aún mis cosas de la oficina…—No bajes los brazos. Es un juego de poder. ¿Qué ha dicho esta vez?—Que estaba amargo… Le voy a poner mucho azúcar. Demasiado, incluso.







