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Capítulo 2

Author: Maurito
Justo cuando estaba por darme la vuelta, Anna me vio por el rabillo del ojo.

—Sophina, ven a probar el desayuno que preparó August.

Anna me invitó con una sonrisa, con ese tono suyo tan pretencioso.

—Ay, no te imaginas, Sophina. Antes, la comida de August era incomible. Estamos hablando de cáscaras de huevo rotas dentro de mi omelette, pero ya sabes… la práctica hace al maestro.

—Qué bien —respondí con indiferencia.

August salió de la cocina con dos platos en las manos.

Con cuidado, dejó uno frente a Anna. Era un sándwich bonito, con un huevo frito perfectamente hecho.

En cambio, el segundo plato lo dejó de cualquier manera en el borde de la mesa.

Los bordes del huevo estaban quemados, como si lo hubiera hecho sin el menor interés.

Después, August sirvió un vaso de leche y lo empujó hacia mí.

Me quedé mirando fijamente el vaso.

Escenas del pasado empezaron a repetirse una y otra vez en mi cabeza.

La primera vez que intenté cocinar, ingerí lácteos por accidente. La situación fue tan grave que tuvieron que llevarme corriendo a la enfermería para hacerme un lavado de estómago.

En ese entonces, August estaba ocupado tratando de dormir a Anna, que no dejaba de inquietarse, así que no prestó atención alguna a las indicaciones del médico.

A pesar de que le recordaron varias veces que yo era intolerante a los lácteos, August nunca me tomó en serio.

Aunque ya no esperaba nada de él, el corazón todavía me latía con dolor.

Al notar lo pálida que estaba, Anna se acercó un poco, fingiendo preocupación.

—¿Estás molesta, Sophina? Lo siento. Anoche se fue la luz en mi departamento y no soportaba estar sola. August tuvo que volver para quedarse conmigo, porque le preocupaba cómo me sentía. No fue su intención olvidarse de tu medicina.

»No te enfades con él. Todo fue culpa mía.

No era la primera vez que Anna me restregaba en la cara la devoción de August.

Antes, los celos y la rabia me habrían consumido. Ahora, lo único que sentía era cansancio.

—No estoy molesta —dije con voz plana.

Anna alzó la vista, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí lo estás, Sophina. Si no, ¿por qué te niegas a beber la leche que te traje?

La presencia de August se volvió helada.

—¡Bébetela!

Agotada, expliqué una vez más:

—De verdad no estoy molesta. Es solo que soy alérgica a la leche.

—¡Ya basta, Sophina! —August golpeó la mesa con furia—. Nunca había escuchado eso. Anna se tomó la molestia de ir a tres tiendas distintas para encontrarte la leche adecuada. ¿Por qué tienes que ser tan cruel?

Me agarró del mentón y me obligó a tragar la leche.

El líquido frío se me metió por la nariz. Empecé a toser con fuerza mientras las lágrimas me corrían por las mejillas.

Caí al suelo, y las ronchas comenzaron a brotarme por toda la piel.

August pasó por encima de mí con expresión impasible. Luego, cargando en brazos a Anna, que lloraba desconsolada hasta quedarse inconsciente, salió directo de la habitación.

Al final, el mayordomo sintió suficiente lástima por mí como para llevarme a la enfermería.

La anestesia y el lavado de estómago casi me matan.

Cuando desperté, encontré a August sentado junto a mi cama.

Por una vez, permanecía en silencio, con unas leves sombras bajo los ojos.

Cuando vio que recuperaba la conciencia, sus ojos brillaron un instante, pero enseguida ese brillo fue arrastrado por la culpa.

—Tengo que disculparme, Sophina. —Me tomó la mano, con la voz ronca—. No sabía que eras intolerante a la leche. Pensé que solo estabas mintiendo otra vez para hacer quedar mal a Anna.

Yo solo sostuve su mirada, sin decir una palabra.

Su mente regresó al accidente de auto de hacía un año.

En aquel entonces, yo había quedado atrapada dentro del coche destrozado. Cubierta de sangre, reuní las últimas fuerzas que me quedaban para pedirle ayuda a August por enlace mental.

Mientras el dolor iba devorando mi conciencia, la voz indiferente de August atravesó mi mente.

—Ya basta con tus mentiras, Sophina. Hoy es el cumpleaños de Anna. Tengo que escogerle un regalo. Déjame en paz.

Solté una risa amarga para mis adentros.

A los ojos de August, todo mi dolor y todo mi sufrimiento no eran más que historias inventadas para perjudicar a Anna.

¡Era tan patético!

Con la poca energía que me quedaba, retiré mi brazo y aparté la mirada.

A diferencia de otras veces, August no se enfureció. Al contrario, sonriendo, se giró para tomar una caja de regalo y enseñármela.

—Sophina, escogí estos aretes para ti. Son perfectos para ti. Espero que los uses en nuestra ceremonia de apareamiento.

—Gracias.

Mi voz distante y fría despertó una inquietud evidente dentro de August.
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