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Capítulo 3

Author: Don Bajo
Esta chiquilla se veía inocente, pero lo que tenía adentro se lo había metido hasta el fondo.

No me apresuré a meter los dedos para sacarle esa cosa; al contrario, me quedé contemplando la escena mientras le acariciaba y manoseaba la zona.

—Te voy a ayudar; si no, la vas a pasar mal.

Fue muy obediente y solo se mordió el labio para resistir, lo que terminó por hacerme sentir culpable.

Así que la estreché entre mis brazos. Con una mano le manoseaba entre las piernas y con la otra le acariciaba la cabeza mientras le preguntaba qué le había pasado antes, a ver si lograba distraerla.

Entre sollozos, me contó cómo era la relación con su novio y que lo de hoy también había sido obra de él. Por un desacuerdo sobre ciertos asuntos de cama, él intentó golpearla; ella huyó y, al ver que había alguien en la caseta, entró.

Cuando terminó de hablar, se puso a llorar. Al ver que se angustiaba cada vez más, me apresuré a tomarle la mano y la puse sobre mi cuerpo.

—No llores, no debí tocar temas que te hicieran daño... Fue culpa mía. Para compensarte, tócame donde quieras.

Dicho eso, deslicé los dedos entre sus piernas y los introduje por la entrada de atrás.

—Ay... Papito, qué fuerza tienes... Ufff, qué rico...

Con la cara sonrojada, todavía se esforzaba por mantener las piernas abiertas.

Poco a poco, al explorarle el ano con la mano, le provoqué un placer intenso. Se quedó sin fuerzas para sujetarme y no dejaba de encogerse; con la poca cordura que le quedaba, solo pudo aferrarse a mi brazo mientras se frotaba contra mí sin querer.

Piel con piel, por el peso de su cuerpo, sus nalgas quedaron pegadas a mi brazo. Se sentían un poco resbalosas, sin tela alguna de por medio.

No pude contenerme, le hundí los dedos con más fuerza en la entrada de atrás y le estimulé el punto más sensible con las yemas ásperas.

Me agarró la mano mientras gemía, y sus pechos se aplastaron contra mi brazo al compás de mis movimientos. Hasta sentí cómo un pezón erecto me rozaba la piel como si fuera a dejarme una marca.

Me quedé pasmado; el cuerpo me temblaba, respiraba con dificultad y fantaseé con ponerla contra el escritorio para embestirla por detrás.

Cegado por el deseo, toqué algo empapado.

Calculé el tamaño y la intensidad de la vibración, y pensé: “Vaya que a esta chiquilla le gusta jugar duro”.

Empujé ese aparato un poco más al fondo y, cuando ella gritó, tiré del cordón y lo saqué.

Era redondo, liso y brillaba por la humedad, como si llevara mucho tiempo ahí adentro.

Era un huevo vibrador.

Se quedó sin fuerzas y se apoyó en mi pecho, exhausta, sin hacer más que temblar y jadear.

Levanté la mano; todavía tenía los dedos empapados de los fluidos que le habían brotado por la emoción. Se los unté en el trasero y seguí acariciándole el cuerpo con calma.

Continuaba con las piernas abiertas, y la humedad entre ellas me manchó la ropa, como si le hubiera hundido los dedos hasta hacerla perder el control.

—No vuelvas a usar estas cosas; te hacen daño. Mira nada más, por poco no pude sacártelo.

Seguía dócil entre mis brazos y solo respondió a mi sermón con un gemido. Luego sentí que su mano buscaba mi entrepierna, donde llevaba ya un rato erecto. Levanté la cabeza y me miró con ojos llenos de deseo.

—¿Entonces qué uso?... ¿Me puedes enseñar, papito?

Sin darme cuenta, sus piernas bien torneadas y carnosas ya me rodeaban la cintura; sus muslos conservaban el rastro brillante que el huevo vibrador había dejado al salir. Todo en ella era una invitación. Tragué saliva y pregunté:

—Enseñar cuesta, ¿cómo me vas a pagar?

Con la cara encendida, se sujetó los pechos con ambas manos y los apretó contra mi cuerpo.

—Si me dejas probarlo... yo dejo que me devores a mí, ¿sí, papito?

Perdí el último hilo de cordura. La aprisioné entre mis brazos, levanté la mirada y, siguiendo su movimiento, hundí la cara entre sus pechos para saborear lo que me ofrecía en la boca. Alejandra gimió y comenzó a cooperar, contoneando el cuerpo.

Aquel cuerpo suave y terso, sumado a sus jadeos y gemiditos, me dejó consumido por el deseo. Aceleré las caricias para amasarle la carne y presioné contra ella mi erección ardiente. Entre sus gemidos, liberé mi erección, a punto de estallar, y apunté a la entrada de atrás, ya húmeda...

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