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Capítulo 8

Author: Don Bajo
Ese sonido me despertó; al final, todo había sido un sueño.

Intenté tranquilizarme mientras la miraba dormir tranquila a mi lado, pero no pude volver a conciliar el sueño durante el resto de la madrugada.

Me pregunté si de verdad era un hombre. Un hombre hecho y derecho no debía aprovecharse de una mujercita y tenía que controlarse.

Pero si me controlaba tanto, terminaría pasando por un santo, y eso tampoco era de hombres.

No logré dormitar hasta que empezó a clarear. Cuando volví a abrir los oj
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    Alejandra volvió a llorar.—José, te fallé, pero no tenía otra opción. Santiago me chantajeó con mis fotos íntimas. Si no le hacía caso, las iba a subir a internet. En ese momento solo quería tener una relación con él, pero jamás me imaginé que fuera esa clase de persona. Ni siquiera he tocado el dinero que me diste; te lo voy a devolver todo.Apenas terminó de hablar, me devolvió los cincuenta mil dólares mediante una transferencia bancaria. Al ver el dinero reflejado en mi cuenta, sentí cierta satisfacción.Tras hacer la transferencia bancaria, Alejandra dejó el celular a un lado, se recostó sobre mi pecho y siguió llorando.Recostado en el sofá, me quedé mirándola sin decir nada. Sin embargo, mi cuerpo respondió sin disimulo a su contacto y se me secó la boca.—Te lo voy a compensar, mi amor.Dicho eso, me levantó la camisa y pegó sus labios a mi pezón. Me lamía, me succionaba y me rozaba despacio con los dientes.Aunque se sentía muy bien, seguí fingiendo que no me importaba. No te

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    Al día siguiente, durante el cambio de turno, me puse a contar chistes sucios con Iker.Iker comentó que poco antes, mientras iba de camino, había visto a un muchacho forcejeando con la mujer más bella de nuestra fábrica.—Hasta le rompieron las medias, ¡vaya cosa! La muchacha tiene un cuerpazo; ¡al menos hoy me deleité mirándola! Ni te imaginas. Ese tipo decía que la mujer más bella de nuestra fábrica es una estafadora.—No sé a quién le sacó cincuenta mil dólares. Seguro no se pusieron de acuerdo para repartirse el dinero y por eso estaban peleando ahí mismo.Se me heló la sangre. Cincuenta mil... ¿No le acababa de dar cincuenta mil dólares a Alejandra ayer? No, no podía ser.Agarré a Iker del brazo y le pregunté con urgencia:—Llevas tanto tiempo trabajando aquí... ¿Sabes si la mamá de ella está enferma?—¿Qué es eso de que su mamá está enferma? —dijo Iker con desconcierto—. Su madre ya está muerta, ¿cómo va a estar enferma? Murió hace muchísimos años. ¿De dónde sacaste esa historia

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    Ese sonido me despertó; al final, todo había sido un sueño.Intenté tranquilizarme mientras la miraba dormir tranquila a mi lado, pero no pude volver a conciliar el sueño durante el resto de la madrugada.Me pregunté si de verdad era un hombre. Un hombre hecho y derecho no debía aprovecharse de una mujercita y tenía que controlarse.Pero si me controlaba tanto, terminaría pasando por un santo, y eso tampoco era de hombres.No logré dormitar hasta que empezó a clarear. Cuando volví a abrir los ojos, ella ya no estaba a mi lado.Un delicioso aroma a comida casera impregnaba el ambiente. Me levanté y vi que ya era mediodía.Alejandra me había preparado una mesa llena de comida casera mientras esperaba a que despertara. El gesto me conmovió; jamás una mujer me había preparado una comida con tanta dedicación.—¿Ya despertaste? Ve a lavarte las manos para que comamos. —Alejandra me sonrió con dulzura; irradiaba ternura.Hacía muchísimo tiempo que no sentía algo semejante. Me quedé pensativo

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    Para cuando todo ese asunto terminó, ya eran entre las tres y las cuatro de la madrugada y las puertas del dormitorio para empleados estaban cerradas, así que ella no tenía cómo regresar. No me quedó más remedio que llevar a Alejandra a mi departamento rentado para pasar la noche.—Tú duerme en mi recámara; yo me quedo en el sofá de la sala.Procuraba tener en cuenta los sentimientos de una mujer; sabía bien que con ciertas cosas no había que apresurarse.—¿Cómo crees? Eres el anfitrión, así que deberías dormir en la cama; a mí me basta con pasar la noche en el sofá.Al oírme decir eso, Alejandra se puso a discutir conmigo. Era delgadita, y la forma en que levantaba la cabeza para hablarme la hacía parecer una mulita terca. ¿Cómo no me había fijado antes en eso?—Vamos, eres mujer y me toca cuidarte. Hazme caso. Duerme en la cama y yo me voy al sofá.Tomé una cobija para arreglar el sofá, le puse sábanas limpias a la cama y me di la vuelta, listo para salir de la recámara.Aquella terq

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    La mujer que estaba a su lado tomó dos vasos y explicó las reglas del juego:—Uno de los dos se queda de pie y el otro en cuclillas. Quien esté de pie sostiene el vaso con la boca y vierte el licor hacia abajo; quien esté en cuclillas debe recibirlo sosteniendo su vaso con los dientes. Para ganar, hay que recibir más de medio vaso; si no lo logran, tendrán que cumplir un castigo.Al terminar de hablar, le entregó el vaso con licor a mi amigo y empezaron a jugar. Mi amigo, con toda la mala intención, comenzó a verter el licor apuntando hacia cierta parte.Para no derramar el licor, a la acompañante no le quedó de otra más que seguirle el juego y moverse de un lado a otro con el vaso entre los dientes, frotando la cara varias veces contra el abdomen de mi amigo.Al ver la escena, me imaginé a Alejandra en cuclillas frente a mí, rozando su cara contra mi cuerpo, y comencé a excitarme.La miré y ella enseguida se acercó con un vaso; me tomó del brazo con ambas manos y empezó a hablarme con

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    Pensé que todo entre nosotros terminaría ahí. Dos semanas después, un amigo me invitó a tomar algo. Jamás imaginé que volvería a encontrarme con Alejandra en esa mesa. No tenía ganas de asistir a ese compromiso, pero mi amigo insistió tanto que no pude negarme; después de todo, había que quedar bien con él.Me prometió que tenía una sorpresa para mí, lo que despertó mi curiosidad.Apenas entré al salón privado, vi a un tipo fornido de unos treinta años. A su lado estaba sentada una mujer de cara de ángel, pero con una mirada de diablilla.Llevaba ropa provocativa y un maquillaje impecable; me miraba con coquetería, con unos ojos capaces de derretir a cualquiera.Al verme llegar, mi amigo ni siquiera disimuló y siguió con la mano metida bajo la falda de la chica.—¡José, llegaste! Siéntate donde quieras. Me enteré de que hace poco le echaste el ojo a una chica, así que hoy mandé a llamarla para ti. Tengo que decir que tienes muy buen gusto.Aplaudió un par de veces y Alejandra salió de

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