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Contrato por un año. Prohibido amar al billonario.
Contrato por un año. Prohibido amar al billonario.
ผู้แต่ง: Blondegirl

Capitulo 1

ผู้เขียน: Blondegirl
last update วันที่เผยแพร่: 2026-06-11 09:45:38

El sonido de la caja registradora siempre había sido como un latido para mí.

Ese clinc metálico significaba que podría pagar el alquiler de mi pequeño estudio, comprar fideos instantáneos para la semana y ahorrar para el siguiente semestre.

Pero esa tarde, el único sonido que retumbaba en mis oídos era el de las palabras de mi gerente, dichas con una sonrisa falsa que no ocultaba su satisfacción.

—Lo siento, Ivy. Solo son recortes de la empresa. Tu despido no es nada personal.

Mentira. Era completamente personal.

Desde que descubrí que metía la mano en la caja, me había convertido en una empleada incómoda.

Alguien que sabía demasiado. Y ahora, con ese sobre blanco que contenía mi último cheque miserable, me quedaba en la calle y con mi carrera universitaria colgando de un hilo.

Salí de la cafetería sintiendo que el aire de la tarde sabía a derrota.

Caminé las veinte cuadras hasta mi apartamento, perdida en un bucle mental de números imposibles.

Mi estudio era diminuto; apenas un espacio con una cama plegable, una cocina americana y una ventana que daba a un muro de ladrillos gris.

Lo amaba porque era mío, pero cuando abrí el correo electrónico esa noche, el mundo se me volvió aún más pequeño.

Estimada Sra. Campbell:

Le recordamos que el pago correspondiente al semestre de fin de carrera presenta un retraso de noventa días. De no regularizar su situación por un monto de $5,000 USD en un plazo de siete días, procederemos a la baja definitiva de su matrícula y la pérdida de sus créditos.

Dejé el ordenador a un lado y me desplomé en la cama.

Siete días.

Necesitaba cinco mil dólares en una semana o mi sueño de obtener el título en Literatura se desvanecería.

No dormí. Al amanecer, mis pecas parecían constelaciones de puro estrés en mi rostro pálido.

Pasé el día enviando currículums a contrarreloj a cafeterías, librerías y puestos de comida.

Todos los recibirían, ninguno contestaría a tiempo.

A media tarde, el teléfono vibró. Era mi mejor amiga, Chloe.

—Campbell, tienes cinco minutos para quitarte esos leggings gastados. Paso por ti en un coche.

—Chloe, no tengo trabajo y me van a expulsar de la universidad. Mi único plan es mirar el techo y calcular cuántos días puedo sobrevivir a base de arroz.

—Pues cambia el techo por una mansión en los Hamptons y el arroz por canapés de lujo. Mis padres hacen una fiesta benéfica esta noche. Habrá comida gratis y gente absurdamente rica. Necesitas distraerte antes de que te dé un colapso.

—No tengo qué ponerme.

—Talla 38 para los tacones, te llevo un vestido y la promesa de que puedes esconderte en un rincón. Solo come, bebe y observa a los millonarios comportarse como si el mundo no ardiera.

Miré mi reflejo en el cristal de la ventana: rizos oscuros hechos un desastre, ojeras marcadas y una docena de pecas rebeldes.

¿Qué podía perder? Ya había tocado fondo.

Tres horas después, estaba de pie en el jardín de una propiedad colosal que parecía sacada de una revista de millonarios.

El vestido que Chloe me había prestado era de un satén azul marino que acariciaba mis curvas con una suavidad que mi ropa de segunda mano jamás había conocido.

Los tacones le destrozaban los pies, pero me hacían sentir poderosa.

El jardín era un hervidero de diamantes, trajes a medida y risas falsas.

Agobiada por tanta superficialidad, deambulé hacia la zona más alejada, huyendo del ruido, hasta refugiarme junto a un viejo y enorme roble.

—¿También huyes de la plaga?

La voz, profunda y peligrosamente atractiva, llegó desde las sombras del árbol. Giré la cabeza y el corazón me dio un vuelco.

Era un hombre apoyado contra el tronco, con un vaso de cristal tallado en la mano.

Su cabello era negro como el carbón, cayendo con un desorden elegante sobre su frente.

Pero lo que me dejó sin aliento fueron sus ojos: de un azul tan claro e intenso que en la penumbra de las antorchas parecían plata pura.

Era alto, de hombros imponentes que la camisa blanca, perfectamente entallada y con las mangas remangadas, no lograba ocultar.

Derrochaba un aura de poder absoluto, pero su rostro reflejaba un aburrimiento mortal.

—No sabía que el escapismo fuera una categoría olímpica —respondí, sorprendida de mi propia audacia.

El hombre sonrió. Fue un gesto leve, pero le restó dureza a sus facciones perfectas.

—No lo es. Pero si lo fuera, tú y yo estaríamos compitiendo por el oro. Soy Darien.

—Ivy.

—¿Ivy? ¿Como la hiedra que trepa por las paredes?

—¿Darien? —Arqueé una ceja—. ¿Como el nombre que los padres ricos eligen para que sus hijos suenen importantes desde la cuna?

El silencio se tensó un segundo. Contuve el aliento, pensando que me había pasado de lista con un hombre que claramente pertenecía a la élite.

Pero entonces, Darien soltó una carcajada baja, ronca y genuina.

—Un golpe directo. No esperaba eso aquí dentro.

—¿Qué esperabas? ¿Que halagara tu traje o te preguntara a qué te dedicas para ver si me conviene sonreírte?

Darien dio un paso al frente, acortando la distancia.

Su aroma a madera, tabaco caro y colonia de diseñador me envolvió por completo.

Sus ojos azules recorrieron mi rostro con lentitud, deteniéndose en mis pecas como si estuviera descifrando un mapa secreto.

—Fingir es agotador —confesó, mirándome con una intensidad que me erizó la piel—. ¿Y tú, Ivy? ¿Por qué estás aquí?

—Busco comida gratis y mi amiga me trajo a la fuerza. Las empanadillas de langosta son celestiales, por cierto.

—Buena respuesta —rio él—. Aunque admito que me intrigas. No encajas con el decorado de plástico de esta fiesta.

—Estudio Literatura. Último año... si el universo no decide lo contrario.

—¿Por qué lo haría?

Había algo en la mirada magnética de Darien que derribó todas mis defensas. Sin saber por qué, la farsa de la fiesta cayó y fui completamente sincera.

—Dinero. Cinco mil dólares me separan de mi título, y tengo exactamente siete días para conseguirlos o mi matrícula será cancelada.

Darien no se compadeció, ni soltó una frase vacía de consuelo. Se limitó a asentir, asimilando mis palabras con una seriedad que agradecí en el alma.

—Lo entiendo. Sé lo que es que tu destino esté en manos de un hilo que tú no controlas. Aunque creas que este mundo lo compra todo... a veces, cuanto más tienes, menos te pertenece tu vida. Es como ser un pez en una pecera de oro. Agua cristalina, lujos, pero atrapado en el mismo maldito vaso de cristal.

Sonreí, fascinada por la madurez oculta tras su fachada de chico rico.

—Nunca había pensado en los millonarios como peces de colores.

—Somos más patéticos de lo que parecemos, Ivy.

La conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida.

Hablamos de música, del jazz que se escuchaba de fondo y, para mi sorpresa, de libros.

Descubrí que él era un devoto de la novela negra clásica como Raymond Chandler, mientras que yo defendía el suspense psicológico de Patricia Highsmith.

—No conozco a muchas mujeres que prefieran la mente retorcida de Highsmith —comentó él, con un brillo de auténtica fascinación y respeto en los ojos.

—Y yo no conozco a hombres de traje que sepan quién es —repliqué a escasos centímetros de él—. Supongo que somos dos bichos raros.

—Los mejores bichos raros de Nueva York.

A la medianoche, el encanto se rompió cuando el reloj de la propiedad anunció la hora.

Di un paso atrás, recordando de golpe la cruda realidad que me esperaba al día siguiente.

—Debo irme. Mi amiga me estará buscando.

—Espera —Darien me detuvo, sacando un teléfono de última generación de su bolsillo—. Dame tu número. Tenemos una batalla pendiente entre Chandler y Highsmith. No pienso dejar que te escapes tan fácil.

Dudé. Sabía que jugar con fuego con hombres como él era peligroso, pero la atracción física y mental que había estallado en esa hora bajo el roble era imposible de ignorar.

Tecleó mi número. Al guardarlo, el nombre de la agenda parpadeó en la pantalla: Darien Lawrence.

—¿Lawrence? —Me tensé ligeramente—. ¿Como el imperio hotelero de los Lawrence?

Darien esbozó una sonrisa amarga, clavando sus ojos plateados en los míos.

—Como la cadena de oro que me ata a mi pecera. Buenas noches, Ivy.

—Buenas noches, Darien.

Me alejé por el sendero de piedra, sintiendo el calor de su mirada quemándome la espalda. De vuelta en mi lúgubre estudio, con los pies hinchados y el estrés amenazando con regresar, mi teléfono vibró.

Darien: Highsmith contra Chandler. Mañana empieza la guerra por mensaje. Prepárate, bicho raro.

Abracé la almohada, esbozando una sonrisa. Por unas horas, me había olvidado de los cinco mil dólares, de la expulsión y del desastre de mi vida.

Lo que no podía imaginar en ese momento era que ese millonario aburrido era el heredero de una de las fortunas más grandes del país.

Tampoco sabía que Darien Lawrence estaba a punto de convertirse en mi salvación... y en mi condena.

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