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Capítulo 3

Auteur: Elena Justo
Todos miraron al suelo y comenzaron a oírse voces de duda.

—Esto no parece ceniza, ¿no? ¿Cómo es que ni siquiera hay pedazos de hueso?

Después de la cremación de un cuerpo humano deberían quedar fragmentos de hueso, no algo que parece simplemente un montón de arena. Me giré para mirar a la enfermera.

—Ustedes cremaron a mi mejor amiga sin mi consentimiento, y ahora ni siquiera saben dónde están sus cenizas. ¿No sería razonable sospechar que algo salió mal durante la cirugía y que ahora están tratando de encubrir las pruebas?

La enfermera se puso pálida al instante y respondió en voz alta:

—¡¿Qué estás diciendo?! Nuestro hospital es muy profesional.

Pero una vez que la duda había sido plantada, ya no era tan fácil aclararlo. Varios familiares empezaron a murmurar entre ellos.

—Antes mi abuela también se operó aquí y murió de repente… ¿no habrá sido culpa del hospital? Y ese crematorio y la funeraria… todos fueron recomendados por el mismo hospital. ¿No será que tienen algún negocio turbio detrás?

La enfermera estaba tan nerviosa que el sudor le corría por la frente. Nunca imaginó que yo esparciría las cenizas en el acto y que armaría semejante escándalo. Intentó calmar a la multitud con una sonrisa forzada y salió corriendo hacia el quirófano.

Yo solté una leve risa y bajé la cabeza para acariciar la suave mejilla del niño. Claro que podía criar al niño… pero siempre hay que pagar un precio, ¿no?

Al poco rato, la enfermera volvió corriendo, empapada en sudor, con un documento en la mano, y con una sonrisa incómoda me dijo:

—Todo ha sido un malentendido. La paciente había firmado antes un acuerdo diciendo que, si algo le sucedía, debíamos cremarla de inmediato. Por eso no la notificamos. En cuanto a esas cenizas… fue un error de una enfermera, es nueva. El cuerpo de su amiga todavía está siendo incinerado. No vamos a ignorar nuestra responsabilidad, podemos darle una compensación de tres mil dólares para reparar nuestro error, ¿le parece bien?

Tomé el sobre que me entregaba y lo apreté para calcular su grosor. Luego miré el contrato, cuya tinta aún no se había secado del todo. No seguí investigando y tomé al niño y me fui. Ya que Paula confiaba tanto en mí, al punto de preferir pagar dinero con tal de que yo criara a su hijo…

No pude evitar soltar una carcajada burlona. Entonces no puedo decepcionarla.

En un abrir y cerrar de ojos, pasaron dieciocho años.

Durante todos esos años utilicé ese dinero como capital inicial para crear mi propia cuenta en redes. Con el tiempo contraté a numerosos creadores de contenido e incluso llegué a invertí en producciones de cine y televisión.

El dinero se multiplicó cada vez más, y yo no escatimé en gastos, invertí la mayor parte en criar y formar al niño.

En esta vida, desde pequeño hice que apareciera en pequeños papeles en distintas series y películas. Mucho antes de ganar el premio a Mejor Actor, ya era el niño más querido del público.

Su fama y su estatus ahora superaban con creces los de su vida anterior.

Sentada en el área de invitados, observaba a mi hijo adoptivo mientras daba su discurso de agradecimiento en el escenario.

En mi mente contaba el tiempo. Después de haberlo criado hasta convertirlo en alguien tan sobresaliente… Paula seguramente ya estaba impaciente por reconocerlo como su hijo.

Y efectivamente, apenas terminó el discurso, Paula apareció abrazada del brazo de mi exnovio y ambos caminaron hacia el escenario con gran ostentación. Con los ojos enrojecidos, Paula abrazó al joven.

—Hijo, por fin te encontré.

Los invitados y los fans estaban completamente confundidos.

—¿Qué está pasando? ¿Es alguna actuación improvisada?

En el escenario, mi hijo adoptivo, Daniel, frunció el ceño.

—Mi madre murió hace dieciocho años. ¿Y usted quién es?

Paula se llenó de alegría.

—Así es. Hace dieciocho años, cuando te di a luz, tuve un parto difícil y te dejé al cuidado de Adriana. Tal vez tuve suerte; cuando me llevaban a cremar, me salvaron en el camino. Pero cuando regresé a buscarte, ya no estabas en el hospital.

Paula se giró hacia donde yo estaba sentada, con la voz temblorosa.

—Adri, me alegra mucho que hayas cuidado de mi hijo todos estos años, pero no entiendo por qué él me trata con tanto rechazo. ¿No será que le dijiste algo malo de mí cuando yo no estaba?

Sus ojos se llenaron de lágrimas y puso una expresión triste, y yo me burlé.

Paula seguía siendo igual que en mi vida pasada, creía que el actor que yo había formado con tanto dinero era su hijo.

Pero en esta vida yo había regresado para vengarme. ¿Cómo iba a seguir cargando con lo que no me correspondía?

—Claro que no voy a impedir que reconozcas a tu hijo.

Los ojos de Paula se iluminaron de inmediato, llena de alegría y satisfacción.

Pero enseguida añadí con tono de duda:

—Solo que… el ganador del premio a Mejor Actor no es tu hijo.

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