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Capítulo 2

Auteur: Elena Justo
Paula se levantó de golpe en la cama y me señaló mientras me gritaba. No quedaba ni rastro de la supuesta debilidad que tenía hace un momento.

—¡¿Tienes conciencia o no?! ¡Todo el tiempo dices que soy tu mejor amiga, pero ni siquiera me donaste sangre y ni estuviste dispuesta a ayudarme a criar a mi hijo! ¿Eso es de mejores amigas?

La miré de reojo.

—Pues yo te veo bastante bien. ¿No será que este hospital se equivocó con el diagnóstico?

Al darse cuenta de que le había descubierto la mentira, se quedó paralizada por un instante. Luego volvió a tumbarse en la cama haciéndose la dolida y empezó a llamar al médico.

El lugar se volvió un caos, y en medio de los empujones me sacaron a la fuerza. A los pocos minutos, la enfermera que estaba confabulada con ella salió cargando al bebé, y de una forma brusca me lo metió en los brazos.

—La paciente tuvo un momento de lucidez antes de morir y acaba de fallecer. El certificado de nacimiento del niño ya está listo, y en la casilla de la madre aparece tu nombre. Ni se te ocurra abandonarlo, si lo haces, tenemos derecho a llamar a la policía y hacer que te arresten.

Estuve a punto de reírme de la rabia. Vaya forma de obligar a alguien a aceptar algo a la fuerza. ¡Si alguien debía llamar a la policía era yo!

La esquivé y me metí en el quirófano. Quería ver hasta dónde llegaba el teatro de Paula. Pero quién iba a pensar que, apenas unos minutos después, ya no había ni rastro de ella.

La enfermera me siguió detrás, refunfuñando.

—¡Esto es un quirófano! ¿Quién te dejó entrar así como así? ¡Sal de aquí ahora mismo!

La interrumpí antes de que siguiera con sus regaños.

—¿Dónde está?

Ella puso los ojos en blanco.

—Si murió, obviamente se la llevaron a cremar.

Apenas terminó de hablar cuando alguien trajo una urna funeraria. Entonces lo entendí.

De pronto recordé que en mi vida anterior había pasado exactamente lo mismo, me sacaron del quirófano y poco después me dijeron que Paula había muerto. Yo estaba destrozada, abracé al bebé y me puse a llorar, y al poco rato me trajeron la urna con sus supuestas cenizas.

Sin mencionar que el hospital no tiene derecho a cremar a un difunto sin el consentimiento de la familia, además, una cremación no puede hacerse tan rápido, demora un tiempo.

En aquel entonces yo estaba tan débil que ni siquiera noté que algo no cuadraba. Pero ahora… ¿cómo iba a aceptar tan fácilmente a ese niño que no era mío y seguir siendo la tonta que carga con todo?

Levanté la mano, tomé la urna y abrí la tapa de golpe, esparciendo todo lo que había dentro directamente en el suelo.

Un polvo oscuro se dispersó por todas partes. La enfermera que estaba al lado me gritó.

—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Eso son las cenizas de la paciente!

La gente alrededor se apartó aterrorizada.

—¡¿Qué?! ¡Esto es mala suerte! ¿Por qué tiran las cenizas aquí? ¿Estás loca?

—¿Qué hacen los guardias de este hospital? ¡Sáquenla de aquí! ¿La van a dejar que siga armando un escándalo?

—¿No se me habrá pegado en la ropa? Si me da mala suerte, te voy a demandar.

Todos empezaron a insultarme a la vez. Al ver que el asunto estaba a punto de salpicar al hospital, la enfermera intervino rápidamente.

—¡Esto es una falta de respeto enorme hacia la difunta! ¡Levanta las cenizas con las dos manos! ¡Arrodíllate y pídele perdón a la difunta, para calmar su espíritu y que no le traiga desgracia a los inocentes que están presentes!

Solté una risa burlona.

—¿Desde cuándo los hospitales también creen en supersticiones? Si de verdad hubiera esparcido cenizas, entonces sí, sería mi culpa… pero miren bien, ¿esto que está en el suelo parece ceniza?

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