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Capítulo 2

Author: Luz Reyes
De camino a casa, recibí una llamada de mi superior. Me pidió que pasara por la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de la Capital para recoger unos documentos en su nombre.

Cuando colgué, suspiré. Precisamente cuando quería cortar todo vínculo con Martín, tenía que ir al lugar donde él trabajaba como profesor.

Llegué durante el cambio de clases, cuando los pasillos estaban llenos de estudiantes. Aunque no quisiera escuchar ciertos comentarios, era imposible evitarlos.

—¡Me costó muchísimo conseguir un cupo en la clase de Martín! Siempre se llena enseguida.

—Claro. Muchas vienen por Martín y la mitad de los chicos vienen por Lilia. Hay que admitir que se ven muy bien juntos.

Sentí una oleada de amargura y mis pasos se hicieron cada vez más lentos.

En cinco años de relación, Martín nunca me había presentado como su novia ante sus amigos ni ante sus colegas. Al principio de nuestra relación, le pedí que me presentara a las personas de su entorno y que subiera una foto de los dos a sus historias.

Pero él siempre me reprendía con el ceño fruncido, como si yo fuera una niña caprichosa.

—Deja de insistir en exhibir nuestra relación. Eso no es apropiado para alguien en mi posición.

Me quedé paralizada aquel día y nunca volví a mencionarlo.

Las estudiantes que caminaban cerca de mí siguieron hablando de Martín y Lilia.

—En serio, el perfil público de Martín indica que está comprometido. Estoy segura de que su prometida es Lilia. Si no, ¿por qué nadie ha visto nunca a la mujer con la que se va a casar?

—Tiene que ser ella. Un hombre tan serio solo sonríe cuando está con Lilia.

Sus voces se alejaron. Yo fui reduciendo el paso hasta detenerme junto a la pared del pasillo. Todas las heridas de aquellos años parecieron abrirse al mismo tiempo.

Respiré hondo. Al menos ya tenía una salida. En poco tiempo, todo terminaría.

Después de recoger los documentos, pasé frente a la sala de profesores y oí una voz familiar, juguetona.

—Pruébalo. ¡De verdad está muy rico!

A través de la puerta entreabierta vi a Martín y a Lilia sentados juntos. Ella le acercó con toda naturalidad una taza de café a los labios.

A Martín no le gustaba el café. Una vez se lo preparé y se marchó con el rostro sombrío, dejándome llorando sola en casa.

Ahora, en cambio, apenas frunció el ceño. Ante la insistencia de Lilia, suspiró con resignación y acabó dando un sorbo para complacerla.

—¿Te gusta? —preguntó ella, mirándolo con expectación.

—No está mal —respondió Martín con un leve asentimiento.

No pude evitar sonreír con amargura. Resultaba que Martín sí sabía ser amable y complaciente.

Solo que en cinco años jamás se había comportado así conmigo. Ni una sola vez.

Dentro de la sala de profesores, Martín tomó una servilleta y le limpió con toda naturalidad una gota de café de la comisura de los labios.

—¿Dormiste bien anoche? ¿No tuviste insomnio?

—Muy bien —contestó ella con una sonrisa—. Ya sabes que, si te quedas en línea conmigo, puedo dormir sin problemas.

Entonces pareció recordar algo.

—Pero escuché que no contestas llamadas después de las nueve. ¿No te estaré molestando?

—Tú eres la excepción —respondió Martín sin pensarlo.

Oírlo admitir que Lilia era la excepción me dejó sin aliento por unos instantes. Después ya no sentí nada.

Permanecí apoyada contra la pared hasta recuperar la calma. Luego me marché.

Al volver a casa, saqué una maleta y empecé a guardar lo imprescindible. Después de haber vivido allí durante cinco años, descubrí que las cosas que de verdad quería llevarme ni siquiera bastaban para llenarla.

Esa tarde, Martín me llamó.

—Baja. Vamos a cenar a casa de mi madre.

Murmuré que sí.

Al ver el Maybach estacionado junto a la acera, me acerqué por costumbre a la puerta del copiloto. Lilia ya estaba sentada allí, comiendo una galleta.

—Hola, Clara —me saludó.

Al ver las migas que habían caído sobre el asiento, mi primera reacción fue mirar a Martín. No soportaba que nadie comiera en su auto. Ni siquiera yo podía hacerlo.

Martín, en cambio, permaneció indiferente, como si estuviera acostumbrado.

Entonces lo recordé: Lilia era la excepción de su vida.

Ella se limpió la boca a toda prisa y recogió las migas.

—Será mejor que me siente atrás.

—No pasa nada —la interrumpí con una sonrisa serena—. Quédate ahí.

Abrí la puerta trasera y alcancé a notar la confusión en el rostro de Martín, pero no le di importancia.

Aquello ya había ocurrido otras veces, y siempre terminaba igual: Martín me reprendía con impaciencia:

—No hagas un drama por algo tan insignificante.

Contemplé la llovizna a través de la ventana. Ya no sentía la tristeza ni la humillación de antes. Mi serenidad era tal que incluso a mí me sorprendía.

Era cierto: solo era un asiento.

Y Martín ya era solo alguien a quien podía dejar atrás.

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