Cuando llegué, Martín seguía tendido en la cama del hospital con los ojos cerrados y el rostro muy pálido.En los cinco años que habíamos estado juntos, jamás lo había visto así. Aun así, solo lo observé un instante. Esperaba que no muriera; no quería cargar con semejante culpa.Estaba a punto de marcharme cuando abrió los ojos con dificultad. Su voz era áspera.—Clara…Me detuve y me volví. Nuestras miradas se encontraron: la mía serena; la suya, llena de dolor.—¿De verdad me odias tanto?Conocía a Martín lo suficiente para imaginar qué recuerdos podían estar atormentándolo.Cada vez que le dolía el estómago o tenía fiebre, yo me quedaba a su lado para cuidarlo. Durante aquellos años le preparé personalmente todas las comidas y, poco a poco, sus crisis se hicieron menos frecuentes.Muchas veces me quedaba dormida junto a su cama, con una mano aferrada a la suya. En ocasiones, antes de cerrar los ojos, creía notar que mis cuidados lo conmovían; sin embargo, al despertar, él ya había r
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