ログインLlevaba cinco años casada con Ethan Morgan, el magnate más famoso de todo el continente. En el mundo de los negocios, todos daban por hecho que me amaba más que a cualquier cosa. Incluso llegó a registrar una isla privada a mi nombre; un gesto de amor y ternura inimaginable para cualquiera. Sin embargo, un simple mensaje lo destruyó todo... Era su secretaria, Maya. Escribió a mi cuenta oficial, una identidad que nadie conocía, ni siquiera Ethan. Maya: ¡Detalles de salir con un billonario, ya sabes! Dice que su esposa no satisface sus necesidades reales. Solo yo logro excitarlo. Si no fuera porque necesita que ella le dé un heredero, ya estaría fuera de su vida. La foto que acompañaba el texto me destrozó el corazón: se estaban revolcando en la misma isla que él me había dedicado. En ese momento, supe lo que debía hacer. Fue suficiente con hacer una llamada.
もっと見るEthan no se molestó en enviar una citación legal ni una invitación cortés. Mandó a tres hombres en una camioneta negra para arrastrar a Maya desde su penthouse, envuelta en su bata de seda, y llevarla al único lugar que ella siempre soñó con gobernar: la villa Morgan.En cuanto entró, ella se lanzó sobre Ethan, que estaba sentado en el sofá. Tras acariciar sus brazos con aire seductor, ronroneó:—Sabía que me llamarías. La noche que pasamos juntos y las promesas que hiciste no pueden olvidarse. A fin de cuentas, en mi vientre está tu sangre, tu heredero, Ethan. Es algo que tu esposa nunca pudo darte. Pero, cariño... tus hombres fueron muy rudos. ¿Qué está pasando? Por favor, despídelos a todos. Yo asignaré nuevos empleados que sean más delicados. ¿Te parece?Ethan no se limitó a responder. La empujó del sofá sin piedad y provocó que cayera sobre su vientre. Ni siquiera le importó el bebé que, según ella, era suyo. Maya solo pudo sisear de dolor, pues no se atrevió a decir nada. El a
El imperio Morgan seguía generando miles de millones, pero su rey se pudría por dentro.Apenas transcurrieron seis meses y la majestuosa propiedad de Westchester pasó de ser un símbolo de estatus a convertirse en una tumba. Ethan Morgan ya no lucía los trajes italianos a medida que solían definir su silueta. Ahora, recorría los pasillos oscuros con la camisa desaliñada, los ojos inyectados en sangre y hundidos. Su voluntad era impulsada solo por un café negro y el remordimiento maníaco y agonizante que lo consumía.Cada superficie de su despacho estaba cubierta de capturas de vigilancia borrosas, informes de investigadores privados y mapas del área triestatal.—¿Otro callejón sin salida? —La voz de Ethan era un áspero carraspeo mientras miraba con furia a Marcus.—Señor, el auto que la recogió en el hotel era un alquiler pagado con una tarjeta desechable. Le seguimos el rastro hasta un desguace en Nueva Jersey. Lo compactaron hace tres días. No... no queda rastro alguno.Ethan bar
Ethan permaneció inmóvil mientras las palabras de la doctora como doce semanas, pequeño milagro, resonaban en las profundidades de su ser. En su afán por hallar algún vínculo con ella, Ethan comenzó a registrar el cuarto. Pasó por alto los armarios vacíos y el tocador estéril hasta que sus ojos se posaron en el bote de basura de metal.Entre los desperdicios quedaban un diario a medio quemar y una fotografía de bodas destrozada por completo. Sus dedos temblaron al sacar el cuaderno y abrirlo. Las primeras páginas rebosaban una luz que le abrasó los ojos. Los trazos de Elena eran circulares, casi jadeantes.«14 de mayo: Lo conocí hoy. Ethan Morgan. Es como una tormenta: aterrador y brillante. Cuando me miró, sentí que era la única persona en la habitación. Dijo que quería construir un mundo conmigo. Creo que lo seguiría hasta el abismo solo por verlo sonreír».Pasó las páginas. Las anotaciones se volvían más breves, la caligrafía más contenida. El «nosotros» comenzó a transformarse e
El vuelo de regreso a Nueva York representó las diez horas más largas en la vida de Ethan Morgan. Cada vez que cerraba los ojos, veía la sonrisa triunfal y maliciosa de Maya, seguida de la imagen del penthouse vacío y gélido en París.El silencio de aquella suite le asestó un impacto físico, pero él se aferró a un único y desesperado hilo de lógica: Elena era una mujer de costumbres. Era dulce, leal y amaba el hogar que construyeron juntos. Estaría allí. Tenía que estar.Ethan no esperó a que su chofer le abriera la puerta. Saltó del auto antes de que se detuviera por completo en la entrada de su propiedad en Westchester. No usó la llave. Golpeó la puerta hasta que el ama de llaves, la señora Gable, abrió con un grito ahogado de sorpresa.—¿Dónde está? —exigió Ethan, mientras pasaba a su lado hacia el gran vestíbulo.—¿Señor Morgan? No lo esperábamos hasta...—¡Elena! ¿Está arriba? —No esperó respuesta. Sus botas tronaron contra el mármol mientras subía los escalones de dos en dos












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