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Capítulo 3

Author: Luz Reyes
Al llegar, Teresa Ruiz, la madre de Martín, nos esperaba afuera.

En cuanto bajó del auto, Lilia corrió hacia ella y se aferró a su brazo con cariño.

—Hace mucho viento. ¿Por qué salió a esperarnos?

Teresa le sonrió con afecto.

—Porque quería recibirte. Espero que Martín no te dé demasiados problemas en el trabajo; ya sabes que tiene un carácter muy particular.

Lilia miró a Martín, que estaba a su lado, y sonrió con timidez.

—Martín me trata muy bien. No me ha hecho pasar ningún mal rato.

Ambas se encaminaron hacia la casa. Teresa ya había avanzado varios pasos cuando pareció recordar mi presencia y se volvió. La calidez de su mirada se había atenuado bastante.

—Ah, Clara, tú también viniste. Entra, no vayas a resfriarte.

Eso fue todo.

Martín se acercó a mí y frunció el ceño.

—¿Estás de mal humor?

—No.

En realidad, solo sentía alivio.

—Si algo salió mal en tu trabajo, espero que no traigas ese mal humor a casa. No quiero convivir con alguien que pasa el día entero con mala cara.

Por un instante había creído que quizá se había dado cuenta de lo que me ocurría. Me resultó absurdo haberlo pensado.

Me detuve y lo miré. Ya no quedaba afecto en mi expresión, solo calma.

—Si estoy molesta, tengo derecho a estarlo. Si no te gusta mi cara, no me mires. No soy tu sirvienta ni estoy obligada a satisfacer todas tus exigencias.

Martín se mostró claramente molesto.

—Estamos a punto de casarnos y tampoco quiero que mi futura esposa sea una persona incapaz de controlar sus emociones.

Solté una risa desdeñosa.

—Entonces, ¿quién sí cumple tus requisitos?

Pareció meditarlo, aunque yo sabía que ya tenía una respuesta.

—No importa quién los cumpla. La única mujer con la que voy a casarme eres tú. Pero podrías aprender de Lilia. Ella sabe manejar muy bien sus emociones. ¿Lo entiendes?

Lo observé fijamente durante un par de segundos y al final sonreí.

—Claro.

Al entrar en el comedor, Teresa sentó a Lilia y a Martín, uno a cada lado de ella. Yo busqué por mi cuenta un lugar donde no estorbara.

Solo después de sentarme me di cuenta de que no había un solo plato que me gustara.

Teresa sonreía encantada mientras no dejaba de servirle comida a Lilia.

—Mira lo delgada que estás. Aunque estés tan ocupada con tu investigación de posgrado, tienes que cuidar tu salud. Martín me pidió que preparara todos tus platos favoritos.

—Gracias —respondió Lilia con una sonrisa tímida.

Teresa guardó silencio un instante. Luego me miró con incomodidad y forzó una sonrisa.

—Clara, no sabía qué te gustaba, así que tendrás que conformarte con lo que hay.

Martín puso en mi plato un trozo de cerdo asado.

—La próxima vez, avísame con anticipación qué quieres comer y haré que lo preparen. Es que nunca dices qué te gusta. Lilia, en cambio, adora lo agridulce.

Bajé la vista.

Llevábamos cinco años juntos y, aun así, todavía necesitaba que le explicara qué me gustaba y qué no. En cambio, recordaba perfectamente lo que le gustaba a Lilia, lo que solo dejaba en evidencia lo poco que me conocía.

En ese momento, mi celular emitió una notificación. Mi superior me había enviado los datos del vuelo: saldría a las ocho de la mañana siguiente.

La noticia me devolvió la calma. Por fin era libre.

No probé un solo bocado durante aquella cena y Martín ni siquiera lo notó. Me limité a contemplar como una espectadora la armonía entre los tres.

No tenía lugar entre ellos.

Y ya no quería tenerlo.

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