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Capítulo 4

Autor: Noemí Rivera
A los tres días de salir del hospital, mis padres llevaron a toda la familia a Villa Cumbre. A petición de ellos, esta vez hice el esfuerzo de sentarme en el asiento trasero del auto.

Llevaba días lloviendo a cántaros y todo el camino estaba lleno de lodo.

En cuanto llegamos, mis padres e Iván rodearon a Brenda.

—Decoramos esta habitación a tu gusto. Ve a ver si te agrada. Si te falta algo, nos lo dices y mandamos que lo traigan enseguida.

Ella se colgó del brazo de mi papá y sonrió con dulzura.

—Si lo prepararon ustedes, seguro me va a encantar.

Solo cuando todos habían elegido sus habitaciones, mi mamá se volvió hacia mí para preguntarme cuál quería. Pero ya solo quedaba un pequeño cuarto de servicio al final del pasillo, el más cercano a la ladera. ¿Para qué preguntaba?

Al entrar, miré a mi alrededor por costumbre. Perfecto: debajo de la cama había justo el espacio necesario para meterme y acostarme.

Me deslicé debajo con la facilidad de siempre, crucé las manos y esperé el amanecer o la muerte.

En plena noche, un estruendo sordo llegó desde afuera. La tierra entera parecía temblar. Un alud de lodo y piedras se precipitó por la ladera, justo detrás de la villa.

Mi habitación, la más cercana a la montaña, fue la primera en recibir el impacto.

Abrí los ojos. Las vigas y las piedras cayeron con un estrépito. La base de la cama cedió de un lado, pero el otro resistió, dejando apenas un pequeño espacio bajo los escombros.

Un trozo puntiagudo de madera rota se me clavó en la pantorrilla. El dolor fue insoportable. Apreté los dientes, solté un gemido ahogado y la frente se me cubrió de sudor frío.

En mis diez vidas anteriores había sufrido muertes horribles. Esta vez, la agonía parecía no terminar nunca.

—¿Queda alguien dentro? —gritó mi papá, angustiado, desde afuera—. Por suerte estuve atento y fui golpeando las puertas para despertarlos a todos. Si la villa no hubiera frenado el alud, no habríamos encontrado ni un pedazo de terreno seguro.

Los haces de las linternas se movían de un lado a otro. Un débil haz de luz se coló por una grieta entre los escombros y me dio de lleno en la cara. Escuché en silencio.

—¿Y Gloria? ¿Gloria logró salir?

A lo lejos, mi mamá jadeaba, todavía aterrada, apoyada en las rocas decorativas del jardín.

Al otro lado de la grieta, Brenda se encogía detrás de Iván. Estaba pálida y le temblaba la voz.

—Hace un momento creo que vi a Gloria salir corriendo por la puerta de atrás. Iba rapidísimo, ni siquiera miró atrás. Quise llamarla, pero estaba tan asustada que no me salió la voz.

Iván apretó los puños y habló con desprecio:

—¡Qué ingrata! ¡No tiene corazón! En cuanto pasa algo, es la primera en salir corriendo. Y pensar que papá y mamá la trajeron para que se distrajera un poco.

Mi mamá suspiró y negó con la cabeza, decepcionada.

—Ni en un momento así se preocupa por Brenda. Esta niña tiene el corazón de piedra.

El peso del lodo y las piedras reducía poco a poco el espacio que me quedaba bajo la cama.

Con la mano que tenía junto al cuerpo, saqué como pude del bolsillo el botón de emergencia y lo sujeté. Recordé las palabras de mis padres y de Iván. Quise intentarlo.

Lo presioné cinco veces seguidas, gastando casi todas las fuerzas que me quedaban.

Afuera, el celular de Iván sonó y vibró en su bolsillo con cada alerta. Él lo sacó para revisar la pantalla y se le dibujó una sonrisa burlona.

Mi mamá miró la villa derrumbada y su expresión cambió.

—¿Gloria está pidiendo ayuda? ¡¿Y si no logró salir?!

Iván volvió a mirar la pantalla y soltó una risa despectiva. Después, delante de mis padres, apagó el celular.

—Imposible. Brenda ya dijo que salió corriendo. A saber dónde se habrá escondido para reírse de nosotros. Y todavía se atreve a apretar el botón. Seguro quiere vengarse porque la encerramos en la caja y hacernos arriesgar la vida para ir a rescatarla. ¿Para qué vamos a hacerle caso a alguien tan retorcido?

Mi mamá vaciló.

—Pero ¿y si de verdad…?

—¡Mamá! ¡Brenda la vio salir con sus propios ojos! —la interrumpió Iván, impaciente—. Solo quiere vernos preocupados y muertos de miedo. ¿Cuántas veces ha montado ese numerito de víctima? ¿Todavía no se cansan?

Los haces de luz se alejaron.

Toda la familia se reunió alrededor de Brenda para preguntarle cómo estaba. Nadie volvió a mirar hacia los escombros.

El peso del lodo y las piedras terminó de vencer la base de la cama, que cayó sobre mi cuerpo. Cerré los ojos en paz. Al parecer, aunque dejara de esperar la muerte, igual iba a morir.

Más tarde supe lo que había ocurrido mientras yo estaba inconsciente.

Media hora después, llegó un helicóptero de rescate con el estruendo de sus hélices y los reflectores encendidos.

El jefe del equipo bajó y preguntó a gritos:

—¿Queda alguien dentro de la villa?

—No —respondieron al unísono mis padres y Iván.

El administrador de la propiedad llegó corriendo desde atrás, pálido.

—¡Sí queda alguien!

Levantó una tableta resistente al agua en la que se veían las cámaras de seguridad. Le temblaba la voz.

—Las cámaras independientes de la villa muestran que, desde que empezó el alud hasta ahora, aparte de ustedes cuatro, ¡no ha salido nadie más por ninguna de las puertas!

En ese momento, la tableta conectada al detector de vida de uno de los rescatistas también emitió un sonido.

—La señal es demasiado débil para confirmar signos vitales desde aquí.

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