El Doctor De Las Calenturas
“¡Qué suerte la mía!”
Rechiné los dientes y traté de soportar las ganas que me recorrían el cuerpo. Estuve a punto de darme la vuelta para irme a buscar al urólogo. Al final, yo venía a que me curaran, no a estar de aprovechado.
En ese momento, volvió a hablar.
—Doctor, ¿no me diga que le da pena? No pasa nada porque me vea, si para eso estudió. Ser doctor es una profesión muy respetable.