Share

Capítulo 5: La trampa

Author: YoleVQ
last update publish date: 2026-09-14 10:20:27

Sofía lo miró con una suficiencia helada, cruzándose de brazos mientras se recostaba en el marco de la puerta de la habitación.

—Claro que pasó, querido. Despierta de una vez. Mira cómo estás; anoche no parabas de buscarme y terminamos juntos, ¿o ya se te olvidó por completo el nivel de borrachera que traías?

Un temblor de culpa y desesperación recorrió el cuerpo de Mateo. Agarró su saco del respaldo de la silla, se armó de valor con un nudo en la garganta y, sin decir una sola palabra más, salió de aquel apartamento huyendo de su propia sombra. Durante el camino de regreso, mientras conducía con las manos crispadas sobre el volante, intentaba descifrar el caos de su cabeza: no lograba explicarse por qué se sentía tan miserable y enfermo por dentro, si se supone que llevaba años amando a Sofía y que ese reencuentro debía ser su ansiada libertad.

Se prometió a sí mismo que llegaría hasta el final de una buena vez. Se armaría de valor para confesarle a Lucía que jamás había podido olvidar a Sofía, dejándole en sus manos el destino de la relación y prometiendo aceptar cualquier decisión que ella tomara.

Sin embargo, al abrir la puerta del apartamento y encontrarse de frente con la realidad, el valor se le derrumbó como un castillo de naipes. Lucía estaba allí, de pie en la sala, con los ojos hinchados, demacrada y temblando de dolor.

Al verla, en lugar de pronunciar las palabras de redención que había ensayado, el fastidio egoísta brotó de su boca como un veneno:

—Uy, Dios mío, otra vez... Cada vez que te veo solo lloras y lloras y lloras. No entiendo por qué lloras tanto por todo. Este drama constante ya me tiene cansado, Lucía.

Con las manos temblorosas y el alma completamente rota, Lucía le arrojó el teléfono a la cara, mostrándole la pantalla encendida con la fotografía de él y Sofía.

Mateo se quedó petrificado, mudo, con los ojos fijos en la imagen sin saber qué excusa inventar. Pero en lugar de pedir perdón, el orgullo ciego y la crueldad se apoderaron de él para defenderse. Con una frialdad repugnante, la miró y le soltó el golpe más bajo de su vida:

—¿Qué esperabas? El hombre, cuando no consigue lo que quiere en su casa, busca en la calle. Lucía, tienes que darte cuenta de una vez por todas que ni siquiera para darme hijos has servido en estos cinco años. Eres exactamente igual a un mueble más de esta casa: inservible y de adorno.

Tras arrojar esas palabras destructivas, se dio la vuelta y se encerró en el baño, abriendo la regadera al máximo.

Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, Mateo se quedó de pie bajo la ducha, estupefacto, incapaz de creer las barbaridades que acababa de pronunciar. Una repulsión profunda hacia sí mismo lo sacudió por dentro, pero lo más perturbador, lo que le encendía una alarma oscura en el cerebro, era la pregunta retorcida que comenzó a machacarle la conciencia:

¿Por qué diablos cada vez que miro a Lucía me da esa extraña y violenta sensación de que la odio?

Se ahogaba en su propia contradicción, sin entender por qué su veneno iba dirigido contra Lucía, la única que no le había hecho ningún daño, mientras protegía en su mente a Sofía, que era la verdadera artífice de la traición.

La luz grisácea de la tarde que se filtraba por los ventanales de la oficina principal ya no lograba disipar la penumbra que se había instalado en el despacho de Mateo. Tenía frente a él la pantalla del ordenador apagada y, sobre la superficie de caoba oscura, una botella de vino tinto a medio terminar que parecía mirarlo con sorna. Se había quedado solo en la planta desde hacía horas, refugiándose en el alcohol mientras las manecillas del reloj avanzaban con una lentitud desesperante.

Con los dedos apretando la base de la copa de cristal, dejó que la mente se deslizara hacia los abismos del pasado, buscando refugio en los recuerdos de una época que, a pesar del dolor que le había costado, seguía ardiendo con una intensidad imborrable en su memoria.

Recordó con vívida precisión cómo era amar a Sofía en aquellos años de juventud. Todo con ella había sido una llamarada deslumbrante, un romance febril que parecía sacado de una película perfecta, donde cada instante compartido brillaba con la promesa de una pasión desmedida y absoluta. Para el joven Mateo, Sofía lo era todo; su mundo entero dependía de la curva de su sonrisa y de la aprobación de sus ojos. Creía, con la ceguera ingenua de quien ama por primera vez, que ese sentimiento bastaría para mantenerlos unidos contra cualquier adversidad del mundo.

Pero el despertar de aquel sueño había sido un golpe seco contra la realidad más cruel.

Los recuerdos se tornaron amargos y punzantes cuando revivió el día exacto en que Sofía lo despojó de toda dignidad. Fue una tarde de despedida fría, donde ella lo miró por encima del hombro, con una mezcla de hastío y soberbia que le heló la sangre, y le soltó las palabras que le fracturaron el alma para siempre:

—Mateo, entiéndelo de una vez por todas, tú no eres el hombre que yo merezco. No tienes la ambición, ni el dinero, ni la posición social a la que yo aspiro; te queda completamente grande el mundo que merezco pisar.

Su mente proyectó la imagen de sí mismo en aquel momento, arrodillado prácticamente en la miseria de su orgullo roto, llorando de manera desconsolada, rogándole que no se fuera, suplicándole un atisbo de amor a una mujer que lo pisoteaba sin piedad antes de hacer las maletas y cruzar el océano para dejarlo atrás como a un estorbo inútil.

Aquel rechazo absoluto, destilado en desprecio, encendió en su interior un fuego oscuro, una obsesión enfermiza y visceral. En medio de sus lágrimas, juró con rabia contenida que jamás volvería a ser el hombre pobre, vulnerable y despreciable al que cualquiera podía pisotear a su antojo. Se sumergió en el trabajo con una disciplina feroz, inhumana, trabajando día y noche sin tregua hasta escalar peldaño a peldaño en el implacable mundo corporativo. A base de una fría y calculadora ambición, transformó su vida entera hasta convertirse en uno de los principales accionistas y hombres de poder de su sector. Consiguió el dinero, el estatus y el poder que Sofía le había negado, creyendo tontamente que con eso curaría la herida.

Fue en plena cúspide de ese ascenso meteórico cuando conoció a Lucía.

Ella era una muchacha extremadamente tranquila, una secretaria de origen humilde que deambulaba por los pasillos de la empresa con una discreción absoluta. En su mirada y en sus gestos se le notaba a leguas la urgencia, la necesidad extrema del empleo y una fragilidad que la delataba en cada paso. En un principio, Mateo se había quedado anonadado con su belleza apacible, una hermosura limpia y sin artificios que contrastaba con la sofisticación frívola de su mundo anterior.

Pero su corazón ya estaba demasiado corrompido por el rencor. No vio en Lucía a una compañera de vida; vio un blanco perfecto, una pieza conveniente para un juego perverso de control. Al percatarse de lo vulnerable, dócil y sumisa que era, urdió un plan maquiavélico: utilizarla como un refugio temporal, un trofeo silencioso y una venganza indirecta contra la vida, para restregarse a sí mismo que ya era un hombre influyente capaz de retener a su lado a alguien que no le exigiera nada.

Sin embargo, las leyes del destino y del tiempo son implacables. Los años pasaron, el matrimonio se convirtió en una rutina de desgaste y la farsa se desmoronó por completo. A lo largo de un lustro de convivencia, Lucía se había consumido lentamente en una tristeza silenciosa, convertida en la sombra paciente y sufrida de una casa donde él jamás dejó de buscar el fantasma de Sofía.

Y allí residía la más monstruosa y patética de sus verdades. El motivo por el cual Mateo sentía esa repulsión irracional, ese odio sordo y esa violencia contenida hacia Lucía cada vez que la veía derrumbarse en llanto, era en el fondo la prueba irrefutable de su propio fracaso: porque a pesar de los años, del matrimonio, de los desplantes, de los maltratos verbales y de haberla convertido sistemáticamente en el saco de boxeo de sus propias frustraciones, se dio cuenta de que nunca, ni por un solo segundo de su vida, había podido olvidar a Sofía.

Su corazón seguía estancado, oxidado y encadenado al mismo maldito lugar donde la mujer que lo despreció lo había abandonado. Y Lucía —la dulce, dócil y destrozada Lucía— pagaba todos los días el precio más alto e injusto: ser el recordatorio viviente, mudo y constante de que, a pesar de sus millones, de sus títulos y de su poder corporativo, en lo más hondo de su alma seguía siendo exactamente el mismo hombre fracasado al que Sofía había rechazado con desdén años atrás.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Cuando elegiste tu pasado. Firmé mi libertad.    Capitulo 12: Me enamore de Alejandro

    El sol de la mañana se filtraba con suavidad por las cortinas de la habitación, iluminando las sábanas revueltas y el cuerpo de Lucía, quien dormía plácidamente acurrucada contra el pecho de Alejandro. La paz en ese hogar era absoluta, un contraste brutal con la tormenta que estaba a punto de desatarse al otro lado de la ciudad. A kilómetros de allí, consumido por las insomnes noches de culpa y el vacío asfixiante de su matrimonio con Sofía, Mateo había tomado una decisión impulsiva y desesperada. Ya no soportaba la sombra del pasado ni la incertidumbre. Había decidido averiguar el paradero de Lucía, dispuesto a arriesgarlo todo con tal de verla, pedirle perdón y comprobar si quedaba un resquicio de esperanza para enmendar sus errores. Tras sobornar discretamente a antiguos conocidos y atar cabos, su coche se detuvo frente al edificio residencial donde ella vivía. Bajó con el corazón galopando en el pecho y se dirigió a la recepción. Con la voz tensa y fingiendo una calma que no sent

  • Cuando elegiste tu pasado. Firmé mi libertad.    Capítulo 11: El precio de su elección.

    El silencio de la madrugada en la casa de Alejandro tenía una textura distinta, una paz que a veces a Lucía le costaba creer que le pertenecía. Con el parpadeo tenue de la lámpara sobre la mesita de noche, se quedó mirando hacia el techo, sintiendo aún el eco de la pasión que la había sacudido la víspera. Estaba firmemente convencida de que Mateo jamás la había querido; la ausencia de noticias suyas durante todo ese año era la prueba irrefutable de que, para él, ella no había sido más que un cuadro decorativo más en los rincones de su casa, un objeto útil que se desecha cuando ya no cumple función. Sin embargo, en medio del agradecimiento profundo que sentía hacia Alejandro —un hombre que la adoraba, la valoraba sin condiciones y cuidaba de su hijo como si llevara su propia sangre—, una sombra de conflicto interno la asaltaba. La invadía una preocupación punzante: ¿Cómo era posible que hubiera sentido semejante desborde de pasión, un fuego tan vivo y real, por un hombre que no era Ma

  • Cuando elegiste tu pasado. Firmé mi libertad.    Capítulo 10: El tiempo

    El tic-tac del reloj de la pared marcaba el compás de un año entero que había transcurrido como un soplo invisible, redibujando los mapas de dos vidas que alguna vez compartieron el mismo techo. El tiempo, implacable y justiciero, se había encargado de poner a cada quien en el lugar exacto que sus elecciones habían forjado.​Al otro lado de la ciudad, en la opulencia fría de la mansión que Mateo había construido para su supuesto triunfo, el cuento de hadas se había transformado en una pesadilla de cristal y cenizas. La pequeña criatura que Sofía había traído al mundo —una niña de rizos dorados y ojos tan penetrantes como los de su madre— había llegado acompañada de una sombra médica que ninguna fortuna lograba disipar por completo. La bebé nació con un delicado y complejo problema cardíaco congénito, una afección en el corazón que exigía una vigilancia médica constante, hospitalizaciones frecuentes y un régimen estricto de suplementación celular. Entre los costosos tratamientos que el

  • Cuando elegiste tu pasado. Firmé mi libertad.    Capítulo:9 El peso del tiempo y los nuevos latidos

    El nacimiento de Fernando trajo consigo una quietud extraña a la vida de Lucía. Cuando el pequeño vino al mundo, la realidad golpeó la puerta con fuerza: al sostenerlo en brazos, supo que el tiempo corría en su contra. Solo le quedaban dos años de plazo antes de que la pensión que recibía llegara a su fin, obligándola a pensar en un futuro donde ella y su hijo debían sostenerse por sí mismos.En ese instante de vulnerabilidad, Alejandro estuvo ahí. Cuando Lucía le dijo con firmeza que no quería su apellido para el niño, esperando tal vez un rechazo o una exigencia, ocurrió lo contrario. Alejandro miró al recién nacido y sintió una conexión tan profunda y desgarradora que un nudo se le formó en la garganta.— Tómate todo el tiempo que necesites —le prometió con una paciencia infinita—. Voy a esperar el tiempo que haga falta para demostrarte quién soy y ganarme un lugar para los dos.Con esas palabras, y poco a poco, empezaron a construir las bases de un nuevo comienzo.A kilómetros de

  • Cuando elegiste tu pasado. Firmé mi libertad.    Capitulo 8: Es mío

    El sonido de la pluma al estampar la firma sobre los documentos de divorcio fue seco, definitivo y liberador. Lucía aceptó los términos sin vacilar, consciente de que no le quedaba más remedio que cerrar ese capítulo de dolor para proteger la única razón de su existencia: el latido constante que crecía en su vientre mes a mes. Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Mateo nadaba en la ilusión de la luna de miel con la que había soñado durante cinco largos años, viviendo el romance idealizado al lado de Sofía y olvidándose por completo de la existencia de Lucía, limitándose únicamente a autorizar la transferencia de la pensión mensual que llegaba puntualmente al final de cada periodo. ​Sin embargo, en medio del aparente triunfo con Sofía, la desconfianza innata de los hombres de negocios comenzó a carcomer la mente de Mateo. Poco antes de dar el paso definitivo hacia el altar, mandó a llamar a su abogado en el más absoluto secreto para exigir una cláusula estricta de bienes separa

  • Cuando elegiste tu pasado. Firmé mi libertad.    Capítulo 7: El destino

    Las semanas pasaron con la velocidad implacable de los días grises. Mientras las lágrimas de Lucía se habían vuelto tan silenciosas e invisibles como un eco apagado dentro de las paredes de la casa, al otro lado de la ciudad el engranaje de la mentira había alcanzado su punto culminante. En el apartamento de Sofía, la pequeña tira reactiva de plástico confirmaba con dos líneas implacables lo que ella llevaba semanas manipulando, la prueba de embarazo era un positivo rotundo, el boleto dorado que necesitaba para asegurar el futuro y apoderarse de todo lo que Mateo representaba. En la oficina, el ambiente se había vuelto asfixiante para Mateo. La confusión mental, los arranques de ira reprimida y el peso insoportable de la tristeza silenciosa de Lucía lo estaban carcomiendo por dentro, impidiéndole avanzar. Necesitaba poner distancia y claridad, sacudirse de encima esa culpa sorda que lo ahogaba todas las noches. Creyendo que un gesto superficial podría limpiar la pizarra, decidió com

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status