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Capítulo 330

Author: Xenia Estela
La puerta se cerró sin piedad.

La dignidad de Liliana también quedó hecha pedazos.

Al recordar las imágenes de Eduardo y Rocío juntos, no pudo contener las lágrimas.

En ese instante, sintió que ya no le quedaba nada por lo que vivir.

Se levantó aturdida y empezó a caminar sin rumbo hasta llegar al Puente de Jade.

Se quedó inmóvil junto al borde del puente, con la mirada apagada. Había perdido todas las ganas de seguir viviendo y creía que solo la muerte podía liberarla, que solo así lograría olv
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    La puerta se cerró sin piedad.La dignidad de Liliana también quedó hecha pedazos.Al recordar las imágenes de Eduardo y Rocío juntos, no pudo contener las lágrimas.En ese instante, sintió que ya no le quedaba nada por lo que vivir.Se levantó aturdida y empezó a caminar sin rumbo hasta llegar al Puente de Jade.Se quedó inmóvil junto al borde del puente, con la mirada apagada. Había perdido todas las ganas de seguir viviendo y creía que solo la muerte podía liberarla, que solo así lograría olvidar tanta humillación y sufrimiento.Justo cuando cerró los ojos, dispuesta a saltar, una voz burlona sonó de repente a su lado.—¿Así que la señorita Chaves va a dejar que Rocío se salga con la suya?Liliana abrió los ojos de golpe y se volvió bruscamente. Para su sorpresa, quien acababa de hablar era Cecilia.Clavó las uñas en las palmas.Cecilia había visto por casualidad, desde su auto, a una mujer que caminaba sin rumbo y que se parecía mucho a Liliana. Intrigada, decidió seguirla hasta al

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    Cerró los ojos, convencida de que no podría escapar de aquella desgracia.Sin embargo, justo cuando la daga estaba a punto de caer, uno de los guardaespaldas que Eduardo había asignado para proteger a Rocío en Residencial Serenia llegó a tiempo y le sujetó con fuerza la muñeca a Liliana.—¡Suéltame! ¡Suéltame de una vez! ¡Voy a sacarle a ese bastardo del vientre! ¡Suéltame!El guardaespaldas le torció el brazo hacia atrás. Liliana sintió tanto dolor que tuvo que soltar la daga, que cayó al suelo.Solo entonces Rocío logró calmarse después del tremendo susto.Aliviada, pero todavía furiosa, ordenó de inmediato al guardaespaldas:—¡Átala a ese árbol! Tengo unas cuantas cosas que decirle.El hombre permaneció inmóvil, con expresión vacilante.Rocío estalló de rabia:—¿Acaso no me escuchaste? ¡El bebé que llevo en el vientre es el hijo de Eduardo! Si no la atas y vuelve a enloquecer y lastima a mi bebé, ¿vas a poder asumir las consecuencias?Ante aquella amenaza, el guardaespaldas no tuvo

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    Sin embargo, después de haber aprendido la lección por las malas, Leonardo decidió no bajar la guardia.Llamó a su asistente.—¿Qué pasó anoche? ¿Hubo algún imprevisto?Su asistente respondió con seguridad al otro lado de la línea:—Señor Leonardo, anoche fuimos seis personas al hotel y vigilamos todo el tiempo. No pegamos un ojo en toda la noche y mantuvimos la vista fija en la puerta de su habitación. Podemos asegurarle que la señorita Cecilia no salió ni un solo instante, y que tampoco entró nadie.—¿A qué hora se fue entonces?—Exactamente a las siete de la mañana.—¿Están seguros de que lo vieron bien?—Completamente seguros.Leonardo por fin se quedó tranquilo. A decir verdad, le había resultado sospechoso que Cecilia aceptara de repente pasar una noche con él.Por eso, para evitar que ella le tendiera alguna trampa y que volviera a ocurrir lo de aquella noche, había organizado que sus asistentes lo acompañaran al hotel y vigilaran la puerta de su habitación durante toda la noche

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    Esa misma tarde, Cecilia fue a reunirse con alguien.Al caer la noche, le envió a Leonardo la dirección del hotel que había reservado.A las ocho en punto, Leonardo llegó al hotel sin poder contener la impaciencia.Una vez encontró el número de la habitación, llamó a la puerta con insistencia.Cecilia abrió desde dentro. Al ver a su esposa tan arreglada y hermosa, los ojos de Leonardo se iluminaron. Extendió los brazos para abrazarla.—Cecilia.Pero ella se apartó con agilidad, esquivando su entusiasta acercamiento.Leonardo la recorrió con la mirada, incapaz de disimular el deseo. Esa noche estaba realmente hermosa. Llevaba un vestido largo de terciopelo rojo, con tirantes finos, cuyo color intenso hacía que su piel pareciera tan tersa y delicada como la porcelana. Parecía un durazno maduro que invitaba a darle un mordisco.—Cecilia, te ves preciosa con ese vestido. Me encanta.El deseo en los ojos de Leonardo amenazaba con desbordarse. El rojo siempre había sido su color favorito, y

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    Justo cuando estaba a punto de perder el control, el hombre le cubrió la boca con la mano, ahogando todos sus gemidos y suspiros antes de que pudieran escapar de su garganta.***Al final, Cecilia colgó la llamada. Sin embargo, cuando llegó al estudio, se encontró con Leonardo esperándola en la entrada.En cuanto la vio, Leonardo la examinó de pies a cabeza, como si buscara alguna señal sospechosa en ella.—Cecilia, te llamé hace un rato. ¿Por qué no decías nada? ¿Qué estabas haciendo? ¿Por qué tu voz sonaba tan extraña?Cecilia respondió con absoluta tranquilidad.—Estaba haciendo ejercicio.Ante su calma, Leonardo no supo si creerle o no.—Pero, ¿por qué me pareció escuchar también la respiración agitada de un hombre?—No era la única persona haciendo ejercicio.Él quiso seguir preguntando, pero Cecilia perdió la paciencia.—¿Para qué viniste a buscarme? Si no tienes nada importante que decirme, no me interrumpas el trabajo.Solo entonces Leonardo recordó a qué había venido. Su apues

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