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CAPÍTULO 3

Author: Nancy Grey
last update publish date: 2026-09-03 06:23:44

Punto de vista de Lia

Una sonrisa de verdad, no esa media sonrisa molesta que me dedicaba a mí. Los ojos se le iluminaron al mirarla, recorriéndole el cuerpo despacio, tomándose su tiempo.

—Por ahora no necesito nada —dijo, y la voz le sonaba distinta. Más cálida. Más amable. Hasta coqueta.

—Está bien, señor —ronroneó ella, sosteniéndole la mirada un segundo de más—. Avíseme si eso cambia.

Luego se dio la vuelta y se alejó, las caderas balanceándose con cada paso. Vi cómo los ojos de Rob la seguían todo el camino, pegados a su culo hasta que desapareció por la puerta delantera. Ni siquiera intentó disimularlo. Ni siquiera le importó que yo estuviera sentada justo ahí.

Hasta se lamió los labios un poco, la lengua asomando mientras la miraba irse.

El pecho se me puso apretado. La garganta se me cerraba. Pero fingí no verlo. Volví la cara hacia la ventanilla y me quedé mirando las nubes, parpadeando rápido para que no se me formaran las lágrimas.

Esto era normal, me dije. Los hombres miran a otras mujeres. No significa nada. Estoy siendo insegura otra vez, como siempre dice Rob.

Pero dolía. Dios, cómo dolía.

Él nunca me miraba así. Nunca me sonreía así. Nunca se lamía los labios cuando me veía a mí.

Cerré los ojos y apoyé la frente contra el cristal frío, sintiendo la vibración del avión a través del vidrio.

Debí de haberme dormido porque me despertaron unos sonidos de chupeteo.

Todavía tenía los ojos cerrados, la mente nublada al volver en mí. ¿Qué era ese ruido? Sonidos húmedos. Rítmicos. Y respiración: una respiración pesada que no era la mía.

Me pregunté qué sería, el cerebro todavía a medias dormido intentando entenderlo.

Luego giré la cabeza y abrí los ojos.

La escena delante de mí me partió. Me destrozó por completo lo que quedaba de mi corazón.

La azafata estaba de rodillas frente a Rob. Ahí mismo, sobre la alfombra cara del jet privado, la falda del uniforme un poco subida, el pelo perfecto todavía recogido en aquel moño. Y tenía los labios alrededor de su polla, la cabeza subiendo y bajando mientras se la chupaba con ganas.

Los pantalones de Rob estaban desabrochados, bajados lo justo. La cabeza echada hacia atrás contra el asiento, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Una de sus manos descansaba en la nuca de ella, los dedos enredados en su pelo, guiándole los movimientos.

Los sonidos húmedos y obscenos llenaban la cabina. Chupeteos. Succiones. Sus gemidos bajos de placer.

No podía moverme. No podía respirar. No podía dejar de mirar aunque verlo me estuviera matando.

Ya no estaba escondido. Ya no era sospecha ni inseguridad. Era real. Estaba pasando delante de mí, a unos pocos metros.

Tenía los ojos cerrados, así que no vio que yo me había despertado. Estaba completamente perdido en eso, en la sensación de la boca de ella en él, sin enterarse o sin importarle que yo estuviera ahí.

Entonces la azafata levantó la vista hacia mí. Nuestros ojos se encontraron de frente y lo vi: sabía que yo estaba despierta. Sabía que yo la estaba mirando.

Y en vez de parar, en vez de apartarse, chupó más fuerte. Las mejillas se le hundieron al tomársela más hondo, el ritmo acelerándose. Los ojos se quedaron clavados en los míos, desafiándome. Burlándose de mí.

Mira lo que yo puedo hacer. Mira lo que él quiere. Mira lo que tú no le das.

Las lágrimas me corrían por la cara, calientes y rápidas, chorreándome por las mejillas. No pude pararlas. El cuerpo entero empezó a temblarme. Intenté quedarme callada, intentar no hacer ruido, pero un sollozo se me formó en el pecho.

Me tragué el sollozo, pero igual se escapó un sonido pequeño: un quejido roto y patético.

Ese sonido hizo que Rob abriera los ojos. Levantó la cabeza y se giró hacia mí, nuestras miradas encontrándose.

Esperé algo. Horror. Vergüenza. Culpa. Una disculpa. Algo que demostrara que le importaba haberme destrozado.

Pero cuando me vio, ni siquiera se le notó el horror de que lo hubieran pillado. La expresión era en blanco. Molesta, quizá. Como si yo estuviera interrumpiendo algo importante.

No la apartó de un empujón. No se apresuró a taparse. No intentó explicarse ni mentir ni inventar una excusa.

Simplemente le apartó la cabeza de la polla con suavidad, la mano deslizándose por su pelo casi con cariño. Ella lo soltó con un pop húmedo, un hilo de saliva uniendo sus labios a él un segundo antes de romperse.

Luego se inclinó y le susurró algo al oído, los labios cerca de su piel. Ella asintió, se levantó con fluidez y se limpió la comisura de la boca con el pulgar. Se arregló el uniforme, se tocó el pelo y se fue sin decir una palabra. Sin volver a mirarme.

Así de fácil. Como si no hubiera pasado nada. Como si no le acabara de chupar la polla a mi novio delante de mí.

La puerta se cerró con un clic detrás de ella, dejándonos solos a Rob y a mí en la cabina.

El silencio era ensordecedor. Solo el zumbido del avión, mi respiración entrecortada y el sonido de mi corazón rompiéndose en mil pedazos.

—¿Por qué? —logré soltar al fin, la voz rota y cruda. Las lágrimas seguían cayéndome por la cara, goteándome de la barbilla—. ¿Por qué me haces esto?

Quería que dijera algo. Cualquier cosa. Que se disculpara, que me dijera que lo sentía, que explicara que había cometido un error terrible.

Pero Rob solo me miró con esos ojos fríos e indiferentes. Bajó la mano y se metió la polla en los pantalones con calma, subiéndose la cremallera como si no fuera gran cosa.

—No te pongas dramática —dijo, seco, el tono aburrido y despectivo—. La azafata solo estaba haciendo su trabajo.

Solo haciendo su trabajo. Como si chuparle la polla a los pasajeros formara parte del servicio de a bordo.

Lo miré incrédula, la boca abriéndose y cerrándose sin que salieran palabras. ¿Cómo podía decir eso? ¿Cómo podía actuar como si esto fuera normal?

—Además —añadió, la voz volviéndose cruel—, se la chupó mejor de lo que tú nunca lo hiciste.

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