LOGINEl repentino revuelo dejó la estancia en silencio por unos segundos. Arrieta, viendo la expresión de asombro de Valerie, le apretó suavemente el hombro con una sonrisa nerviosa:—Tranquila... hablaré con él —murmuró el doctor antes de levantarse aprisa de la mesa y caminar a zancadas hacia la puerta del apartamento.Al abrirla, vio que Alessandro apenas iba dando los primeros pasos por el pasillo.—¡Alessandro! Espera, por favor... yo puedo explicarte eso —exclamó Arrieta, con las mejillas aún encendidas por la pena.Alessandro se detuvo en seco, se giró con una sonrisa socarrona cruzándose de brazos y, para sorpresa total del veterano doctor, soltó una carcajada ligera mientras le daba una palmada amistosa en el hombro.—Cálmate, viejo. Si ella te gusta, inténtalo. Te mereces una puta segunda oportunidad y ser feliz —le dijo Alessandro con sinceridad, aunque enseguida su mirada se ensombreció con una chispa de fría advertencia mafiosa—: Pero eso sí... dile a Valerie de mi parte que s
La noche se cernía espesa y fría sobre el espeso bosque, envolviendo la vieja cabaña de madera en un silencio sepulcral que presagiaba una tragedia. El motor del auto de Sebastián rugió antes de detenerse de golpe frente al porche. Abrió la puerta de un portazo, con el rostro desencajado, los ojos inyectados en sangre y la desesperación latiéndole en las sienes. Había conducido como un demente, guiado por la pura intuición y los rastros que sus informantes habían dejado escapar.—¡Alessia! —gritó Sebastián, abriendo la puerta principal de un empujón y adentrándose en la oscuridad de la sala.No hubo respuesta. El ambiente olía a ceniza fría y a una ausencia desoladora.—Sé que estás aquí... ¡Sal de una vez, por favor! ¡Necesito hablar contigo! —vociferó de nuevo, avanzando a pasos torpes por la estancia a oscuras.De pronto, un leve clic metálico resonó a sus espaldas, seguido de una voz grave, helada y letal que cortó el aire como el filo de una navaja:—Buscas en el lugar equivocado
El eco de los disparos y el humo denso aún flotaban en el hangar, pero la atmósfera entre Sebastián y Stavros se volvió helada.—Hay que ordenar la búsqueda de la gata loca de inmediato, señor —exigió Stavros, con los nudillos blancos de furia y la respiración agitada—. ¡No podemos quedarnos de brazos cruzados! Esa maldita mujer mató a Marcela, destruyó el perímetro y lo secuestró a usted. ¡Hay que hacer algo ya!Sebastián, con el rostro sombrío y la mirada fría como el hielo, lo detuvo con un gesto seco.—No hagas nada, Stavros. Ya sé quién es la gata loca.—¡¿Qué?! —protestó Stavros, incrédulo y al borde de la desesperación—. ¡Señor, por favor! ¡Esa mujer cruzó todos los límites!La paciencia de Sebastián se rompió en un segundo. Con una velocidad aterradora, se abalanzó sobre él y lo tomó fuertemente del cuello, empujándolo contra la estructura metálica del hangar. Sus ojos destellaban una furia oscura y contenida.—Te di una orden y se hace lo que yo digo —espetó Sebastián con voz
El viejo almacén portuario abandonado apestaba a humedad, óxido y peligro. Atada a una silla de metal en medio de la fría estancia, Elena temblaba de pies a cabeza. Tenía los labios partidos y la respiración agitada mientras dos matones de Rogelio Sandoval la rodeaban con expresiones burlonas, preparando el terreno para interrogarla sobre los puntos débiles de la casa de los Ferrer.—Vamos, viejita, habla por las buenas... ¿Cuáles son los códigos de acceso al búnker? —le siseó uno de los sicarios, acercándole un cuchillo al rostro.Elena apretó los ojos con fuerza, tragando el miedo, y escupió al suelo con una valentía inquebrantable.—Podrán matarme, pero de mi boca no van a sacar nada... Los Ferrer los van a aplastar —respondió con la voz firme a pesar del terror.El matón alzó la mano para golpearla, pero antes de que el golpe siquiera se moviera, el techo estalló en mil pedazos.¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!Los silenciadores de alta precisión hicieron su trabajo en completo silencio táctico.
El estruendo del escándalo cayó como una bomba atómica sobre la vida de Fiorella. Desde primera hora de la mañana, su teléfono no había dejado de vibrar con notificaciones furiosas. Con las manos temblorosas, abrió las redes sociales y vio su propia cara en las portadas de todas las revistas de alta sociedad. Las fotografías de la noche anterior en el club, siendo poseída y humillada por Rogelio Sandoval, corrían sin filtro junto a su expediente expuesto: revelando al mundo entero que la elegante "Fiorella Rossini" no era otra que Ébano, la escort de lujo de los bajos fondos.—No... No puede ser... ¡Esto es una pesadilla! —gritó Fiorella arrojando el teléfono contra la pared de su apartamento, viendo cómo la pantalla se hacía añicos mientras las lágrimas de rabia y desesperación brotaban de sus ojos.El timbre de la puerta sonó con insistencia y golpes violentos. Al abrir, se encontró con su padre, un hombre de negocios sumamente influyente, cuyo rostro estaba desencajado por la furia
El eco de los jadeos poco a poco fue dando paso a la respiración entrecortada de ambos, mientras el vapor de la habitación comenzaba a disiparse. El cuerpo de Anaís seguía temblando ligeramente contra el pecho de Thiago, fundidos en un abrazo estrecho, cuando el peso de lo que acababa de decir comenzó a filtrarse en la mente de él.Thiago se quedó inmóvil por un segundo, con los ojos fijos en el techo, procesando palabra por palabra. Sostuvo el rostro de Anaís entre sus manos con una mezcla de asombro y temblor, apartándole los cabellos sudados de la frente.—¿Cómo... cómo te enteraste, mi amor? ¿Estás bien? —logró preguntar Thiago con la voz rota por la emoción, mirándola de arriba a abajo como si temiera que fuera de cristal.Anaís esbozó una sonrisa suave, con los ojos anegados de lágrimas de felicidad, y apoyó la mejilla en la palma de su mano.—Me enteré cuando estuve en el hospital... Estaba esperando el momento indicado para decírtelo a solas, con calma, pero... con todo lo que







