LOGINPunto de vista de Elena
La multitud se quedó en silencio, y sentí sus ojos sobre mí como un peso que no podía quitarme de encima.
Luis Montero seguía de pie sobre mí, y sus ojos negros no se apartaban de mi cara. Me miraba como si intentara leer un libro escrito en un idioma que no entendía.
Me quedé de rodillas. No me moví, no hablé y no supliqué.
"¿Cómo te llamas?" preguntó.
"Elena", dije. Mi voz era pequeña, pero no temblaba.
"¿Elena qué?" su voz se volvió más fría.
"Elena Flores." Respondí.
Inclinó la cabeza y sus ojos negros recorrieron mi cara como si leyera un libro escrito en un idioma que no entendía.
No me reconoció. No pudo, porque no me había visto esa noche en el almacén. Si lo hubiera hecho, yo habría muerto hace tiempo. Entonces era una niña, pero ahora soy una mujer.
Me miró durante mucho rato y luego preguntó: "¿Por qué no lloras?"
Pensé en todas las veces que había llorado en mi vida. Desde que murió mi madre, cuando mi padre se volvió a casar, cuando mi madrastra me pegó por primera vez, cuando me encerraron en el sótano, y hasta que me lanzaron al camión. Pero nada de eso había servido de nada. Llorar nunca cambió nada, solo les hizo querer hacerme más daño.
Había aprendido esa lección de la forma más fría Posible. Las lágrimas no eran una herramienta para curar, eran una señal para los depredadores de que eras débil, y los débiles no sobrevivían en este mundo. Mi madrastra, mi padre y los hombres que me encadenaron me enseñaron eso.
"Porque las lágrimas nunca ayudaron antes", dije en voz alta.
Algo cruzó su rostro como confusión, sorpresa o algo más que no supe nombrar.
Inclinó la cabeza y sus ojos negros volvieron a recorrer mi rostro. Él buscaba algo, y yo lo sentía. Buscaba el miedo que debería haber estado ahí, las súplicas que deberían salir de mi boca, o las lágrimas que deberían haber corrido por mi rostro. Pero no le di ninguna de esas cosas. No le di más que silencio y quietud.
No me inmuté, y tampoco aparté la mirada. Le miré como si pudiera verle a través, y como si no fuera un rey, ni un asesino, ni un monstruo. Pero solo un hombre.
Tenía cicatrices esparcidas por los nudillos, probablemente por golpear a la gente hasta la muerte, y otra en la línea de la mandíbula, como si apenas hubiera sobrevivido a una pelea con cuchillos.
Le temblaban las manos.
Lo vi. Le temblaban las manos y no sabía por qué ni qué significaba. Le temblaban las manos, el pecho subía y bajaba demasiado rápido, y me miraba como si nunca hubiera visto a nadie como yo.
Las manos que mataron a un hombre sin parpadear, y que habían secado sangre en un pañuelo blanco, esas mismas manos temblaban, y no entendía por qué.
Un hombre como Luis Montero no se inmutó. Hacía temblar a otras personas, y ciudades enteras temblaban solo con mencionar su nombre.
Pero ahí estaba, de pie frente a mí, y sus dedos temblaban como un niño asustado. Quería apartar la mirada o cerrar los ojos. Pero no pude. Seguí viendo cómo le temblaban las manos y sentí algo extraño en el pecho. No era miedo, era otra cosa para la que no tenía nombre.
Sin volverse hacia la multitud, ordenó. "Vete." Su voz era fría, dura, llevaba poder, y nadie discutía. Los hombres y mujeres con ropa cara se dispersaron como hojas al viento, y el patio se vació hasta que solo quedamos él, yo y la nieve cayendo del cielo.
Me miró desde arriba. Sus ojos negros eran Aun así, pero sus manos seguían temblando. "No eres un prisionero", dijo. Su voz era diferente ahora. Tenía un poco de suavidad, y se sentía casi confuso.
No entendía por qué me decía eso. Estaba de rodillas. Me habían golpeado, drogado y arrojado a un camión como si fuera una pieza de carga. Ahora estaba en su fortaleza, rodeado por su gente y encerrado tras muros de los que nadie había escapado jamás. Y me decía que no era un prisionero.
La palabra no tenía sentido en mi boca, y tampoco en mi cabeza. Si no era prisionera, ¿entonces qué era? ¿Un invitado? ¿Un regalo? ¿Un juguete? No lo sabía, y que no saber era peor que saber.
"¿Entonces puedo irme?" Pregunté.
No respondió. Él solo me miró con esos ojos morados, y supe la respuesta incluso antes de que se apartara. La respuesta fue NO. Siempre había sido no, y siempre sería no. No solo era prisionero de nombre, sino de todos los sentidos que importaban.
Volvió a caminar entre la multitud que ya había salido del patio, y sus botas resonaron sobre el suelo de piedra. No miró atrás ni dijo una palabra más. Simplemente se fue, luego las puertas se cerraron tras él y yo me quedé sola.
El silencio en el patio era tan fuerte que me dolía los oídos. Todavía podía oler su colonia, su humo y algo salvaje que no podía nombrar.
Me quedé de rodillas mucho tiempo después de que se fuera. La nieve seguía cayendo y se derretía en mi piel, pero no me movía. No sabía cuánto tiempo estuve arrodillado allí, porque no podía Cuéntalo.
Mis rodillas se habían entumecido, mis manos seguían atadas a la espalda y mi cara seguía rígida por la sangre seca. Pero no me moví. Estaba esperando a que alguien volviera y me dijera qué hacer. Esperaba que alguien me dijera si iba a vivir o morir.
Un guardia llegó un rato después, me agarró del brazo y me ayudó a ponerme en pie. Mis piernas estaban entumecidas por el frío y las rodillas, y tropecé, pero a él no le importó. Simplemente arrastró yo por el patio, por un conjunto de pesadas puertas de madera, y por un largo pasillo con antorchas en las paredes.
Me empujó a una habitación y cerró la puerta tras de mí. Oí el clic de la cerradura y respiré un poco porque ahora estaba solo.
El sonido de la cerradura era fuerte en la habitación silenciosa. Era el sonido de una jaula cerrándose, y Lo sabía porque ya había estado en jaulas antes.
Mi madrastra me encerró en el sótano cuando tenía trece años. Me quedé allí dos días sin comida ni agua. Entonces aprendí que estar solo era mejor que estar con gente que quería hacerte daño. Pero esto era diferente. Esta jaula estaba caliente.
Había una chimenea encendida en la chimenea, una cama con mantas y almohadas suaves, y comida sobre una mesa. Esto La jaula era muy cómoda, y eso la hacía más peligrosa. Una jaula fría era honesta sobre lo que era, pero una jaula cálida era mentira.
No se parecía en nada a la mazmorra que esperaba. Pero no confiaba en él, porque la bondad de un monstruo siempre era una trampa.
Me senté contra la pared con la espalda apoyada en el cabecero y las rodillas recogidas contra el pecho. El fuego estaba cálido en mi rostro, pero no me acerqué más. No confiaba en el calor, ni en la cama, ni en la comida de la mesa ni en el agua de la jarra.
Porque la confianza era algo que había perdido hace mucho tiempo.
Mi madre me dijo que confiara en la gente cuando era joven. Dijo que la mayoría de la gente era buena, pero se equivocaba. La mayoría de la gente no era buena, solo querían algo de ti, y Cuando lo consiguieron, o se fueron, o te hicieron daño, o te vendieron a un hombre como Luis Montero.
No me senté en la cama, no comí de la comida de la mesa y no bebí agua. Me quedé sentado con la espalda contra la pared y la mirada en la puerta, como aprendí a sentarme de niño y mi madrastra recorría los pasillos buscando a alguien a quien hacerle daño.
Pensé en el almacén, en la caja en la que escondí esa noche, y pensé en la sangre en las manos de Luis Montero esa noche por el hombre al que había matado.
Pensé en Luis Montero y me pregunté por qué le temblaban las manos cuando me miraba.
Pero no dormí.
Punto de vista de ElenaCuando le pregunté, tan ligeramente como pude, si había visto al rey, se quedó muy quieta, y así fue como lo supe."¿Por dos días?" pregunté."Tiene el consejo. Los comerciantes del río. El grano." Dejó la bandeja, con cuidado. "Duerme en su escritorio, dicen. Ricardo le lleva las comidas.""No envió una nota," señalé, y mi voz se adelgazó. Las palabras sonaron pequeñas en la habitación, y odié cómo sonaban."Está ocupado," repitió Leticia."Leticia." Crucé la habitación y atrapé su muñeca. "Mírame."No lo hizo. Mantuvo sus ojos en el plato de pan y pollo frío, y un músculo se movió en su mejilla. Miró el pan de la manera en que una mujer mira algo que ha decidido no comer."Mírame," supliqué."No puedo," susurró."¿Por qué no?" rogué."Porque lo verás." Su voz se quebró. Inhaló un largo aliento y jaló su muñeca gentilmente fuera de mi agarre, y levantó sus ojos a los míos por fin. Estaban rojos y brillantes y llenos de algo que había visto una vez antes, en la
Punto de vista de ElenaMe desperté con la luz del sol, y por los primeros segundos, fui feliz.Yacía sobre la colcha en una cálida barra amarilla, y la pequeña planta en el alféizar brillaba verde en ella, y el aire olía a humo de leña y frío. Mi cuerpo se sentía suelto y pesado, como si hubiera dormido durante una semana. Me estiré, y mi bota, que nunca me había quitado, golpeó contra el poste de la cama."Buenos días," le dije a la menta, y me reí de mí misma. La risa salió ligera y fácil, y se sintió extraña en mi pecho, como un músculo que no había usado en mucho tiempo. "¿Ves? No pasó nada."Las hojas brillaron en la luz."La nota está en la raíz. El Sur la encontrará." Lo conté con los dedos mientras me incorporaba. "Tomás tiene tres noches más. Diego se ha quedado callado. Luis fue gentil." Mi voz se suavizó. "Luis fue gentil, y me preguntó si necesitaba algo, y besó mi frente." El calor de ello todavía estaba allí, tenue, como una mano retirada pero no olvidada.'No lo sabe.
Punto de vista de ElenaLa planta me miró desde la ventana, pequeña y verde y terca. No parpadeó, y no apartó la mirada, y no me ofreció ningún consuelo en absoluto.'Tres noches. Después de eso, responderán por mí. Responderán con Tomás.'"Juré que no escribiría más papeles," le dije a la planta, y mi voz se quebró en la última palabra. Se lo había prometido a mí misma, y se lo había prometido a ella, y la promesa había durado tres días.La pequeña hoja tembló en la luz."No tengo otra opción," susurré.Llevé la nota a la chimenea y la alimenté a las brasas, viendo los bordes enrollarse y ennegrecerse. Entonces arrastré mi silla hacia la mesa, y tomé una hoja limpia del cajón, y me senté con la pluma en mi puño por un largo tiempo.Luis vino al anochecer.Golpeó una vez y esperó, como había aprendido a hacer, y le dije que entrara en una voz que esperaba que fuera firme. Estaba de pie en la puerta con su abrigo negro y nieve derritiéndose en sus hombros, y su cara estaba lisa y cansa
Punto de vista de ElenaLos tres días de Diego terminaron a medianoche, y no pasó nada.Las horas pasaron de la manera en que las horas pasan cuando estás esperando que se abra una puerta, lentas y luego de golpe, y entonces era de mañana y la puerta nunca se había abierto en absoluto.Estuve despierta la mayor parte de ello, en la cama que todavía olía a Luis, con mis ojos fijos en la puerta. Oí el cambio de guardia dos veces, y oí al chico guardia toser en las escaleras, y a una contraventana golpear en algún lugar del ala norte, y a mi propio corazón latir las horas.La casa crujía a mi alrededor, y ninguno de los crujidos pertenecía a un hombre subiendo una escalera.Cuando la ventana finalmente se volvió gris, nadie había venido."No golpeó," susurré a la planta, incorporándome y arrastrando la colcha alrededor de mis hombros. "No envió una nota. Ni siquiera pasó junto a la puerta." Esperé a que la menta respondiera, y la menta hizo lo que siempre hacía, que era nada."Eso es peo
Punto de vista de ElenaLas velas ardían, y miré mi plato, las migas, la pequeña ramita de lavanda. Sentí mi corazón subir a mi garganta, y puse mis manos planas sobre la mesa para calmarlas."Me preguntaste una vez si estaba trabajando para alguien," comencé.Su cara se quedó muy quieta. "Lo hice.""Te dije que no." Mi voz tembló. "Eso no era del todo la verdad.""Elena," comenzó, y algo oscuro parpadeó detrás de sus ojos."Déjame decirlo," susurré. "Por favor. Déjame decirlo todo de una vez, o no lo diré en absoluto."Cerró su boca, y cruzó sus manos sobre el mantel y me dio toda su atención. El temblor en sus dedos se detuvo, y supe que estaba escuchando con todo lo que tenía."No solo fui secuestrada," comencé, y las palabras salieron como piedras. Cada una aterrizó pesada, y cada una fue más difícil que la anterior. "Fui tomada por culpa de mi padre.""Tu padre," repitió Luis suavemente."Le debía dinero al Cártel del Sur. Una gran cantidad." Miré fijamente la vela. "No sé cuánto
Punto de vista de ElenaPasé la mañana..." le dije a las pequeñas hojas verdes, con mis manos cruzadas detrás de mi espalda como una colegiala, "no solo fui secuestrada."La menta escuchó con su habitual aire de silencio juicioso, y esperé a que respondiera, y no lo hizo."No." Sacudí mi cabeza y caminé hacia la ventana y de vuelta. "Demasiado repentino. Él preguntará qué quiero decir, y entonces tendré que decirlo, y entonces estará fuera en la habitación." La habitación era muy pequeña cuando lo dije en voz alta, y las paredes no ofrecieron ayuda.Lo intenté de nuevo, más suave. "Luis, hay algo sobre cómo llegué aquí."Las hojas temblaron en la corriente, y presioné mis palmas contra mis mejillas ardientes. Mi boca todavía se sentía hinchada, y cada vez que cerraba los ojos, sentía el calor de su peso asentarse sobre mí y oía el sonido quebrado que había hecho contra mis labios. Presioné mis manos más fuerte contra mis mejillas, como si pudiera empujar el recuerdo de vuelta."Detent







