FAZER LOGINEl verano trajo consigo el inicio del mercado de fichajes, un periodo en el que los clubes luchaban por reforzar sus plantillas y asegurar a los jugadores clave antes del inicio de la temporada.
Para Luca, esta era la primera vez que se encontraba al mando de negociaciones de este nivel. No solo se trataba de comprar jugadores, sino de construir un equipo que reflejara la nueva era de Vittoria.
Mientras él y Adriano manejaban los fichajes, otro frente de batalla se abría en la familia Moretti.
Marco, que siempre había sido el más leal al negocio familiar, había decidido apostar por Vittoria, y eso no había pasado desapercibido para Enzo Moretti.
La reunión familiar estaba en camino. Y Luca sabía que su padre no iba a quedarse callado.
En la oficina del club, Luca, Adriano e Isabella estaban sentados revisando la lista final de fichajes.
Adriano sacó su teléfono y deslizó un documento sobre la mesa.
—Bien, aquí están los jugadores que ya cerramos.
Alessio Riva (24 años, defensa central) Jugador sólido, con experiencia en la Serie B. Rápido, con buena salida de balón y liderazgo en la zaga.
Tomás Echeverría (22 años, mediocampista ofensivo) Joven argentino con talento para la creación de juego. Habilidad con el balón, visión y pase preciso.
Moussa Diallo (26 años, delantero) Goleador senegalés con físico imponente y olfato de gol. Un jugador capaz de marcar la diferencia en ataque.
Federico Moretti (19 años, lateral derecho) Sí, un Moretti. Su primo menor, hijo de un tío lejano, una promesa que formaba parte de las inferiores de un equipo de Serie A.
Luca levantó la ceja al ver el último nombre.
—¿Moretti?
Adriano sonrió.
—Lo vi jugar hace meses. Es rápido, fuerte y tiene una mentalidad ganadora. Si no lo fichamos ahora, otro club lo hará.
Isabella cerró su carpeta y miró a ambos.
—Bien, tenemos un equipo con una base sólida. Pero dime algo, Luca. ¿No crees que fichar a un Moretti pondrá más presión sobre ti?
Luca apoyó la espalda en su silla.
—No me importa la presión. Si Federico se gana su puesto, jugará. Si no, se quedará en la banca como cualquier otro.
Adriano asintió.
—Eso es lo que le dije cuando firmó. Que aquí no hay favoritismos. Si quiere jugar, tiene que demostrarlo.
Silvia entró en la sala con una carpeta en la mano.
—Luca, acabo de recibir la confirmación de su agente. Federico firmó contrato esta mañana. Es oficialmente jugador de Vittoria.
Luca tomó la carpeta, la abrió y observó la firma de su primo menor.
—Pues entonces, bienvenido al equipo.
Dos días después, Luca recibió la invitación para una cena en la mansión Moretti. El mensaje era claro: Enzo Moretti quería respuestas. Cuando Luca llegó al gran comedor, encontró a su padre en la cabecera de la mesa, con su expresión habitual de control absoluto.
Adriano ya estaba ahí. Marco también.
Los tres hijos de Enzo Moretti juntos en la misma mesa.
La cena comenzó con la formalidad de siempre, pero Luca sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que su padre dijera lo que realmente pensaba.
Y no se equivocó.
Enzo dejó su copa de vino sobre la mesa y los miró con calma.
—Parece que mis hijos han decidido construir su propio imperio.
Hubo un breve silencio.
Marco, siempre sereno, fue el primero en hablar.
—Solo estamos aprovechando una oportunidad.
Enzo lo miró con dureza.
—¿Eso es lo que crees? ¿Qué abandonar la empresa familiar para jugar a ser dirigentes de fútbol es una oportunidad?
Adriano soltó una leve risa.
—No lo ves, ¿verdad? Esto no es solo fútbol.
Enzo se giró hacia él con una ceja arqueada.
—Ilústrame, Adriano.
Luca tomó la palabra antes de que su hermano dijera algo demasiado incendiario.
—Padre, esto no es un capricho ni una distracción. Es un proyecto real.
Enzo se cruzó de brazos.
—La empresa Moretti ha construido un legado durante generaciones. Negocios, inversiones, poder. Y ahora ustedes tres deciden alejarse de todo para manejar un club de segunda división.
Luca sostuvo su mirada sin inmutarse.
—Porque esta es una oportunidad para que Moretti crezca aún más.
Enzo entrecerró los ojos.
—¿Cómo?
Luca se inclinó hacia adelante.
—El fútbol no es solo un deporte, es un negocio multimillonario. Si convertimos a Vittoria en un club de élite, expandiremos el nombre Moretti a un nivel que nunca habíamos alcanzado.
Marco intervino con voz tranquila.
—Luca tiene razón. La influencia que podemos ganar en el mundo deportivo y empresarial con este proyecto es enorme.
Enzo los miró con frialdad.
—No es un juego fácil.
—Nada en los negocios lo es —respondió Luca con firmeza—. Pero no estamos aquí para jugar.
Adriano apoyó los codos en la mesa.
—Lo que queremos saber es simple, padre. ¿Te unes a nosotros o sigues mirando desde lejos?
Hubo un silencio pesado.
Enzo los observó durante largos segundos. Podía ver la determinación en sus ojos.
Finalmente, tomó su copa de vino, la giró entre sus dedos y exhaló con calma.
—Haré mi propia evaluación del club.
Luca sonrió levemente.
—Hazlo. Y cuando termines, verás que esto es más grande de lo que crees.
Adriano se cruzó de brazos y sonrió con burla.
—Y si no, bueno… Federico Moretti ya firmó contrato.
Los ojos de Enzo se afilaron.
—¿Ficharon a Federico?
Luca sostuvo su mirada.
—Es un gran jugador. Si se gana su lugar, jugará. Si no, será solo otro Moretti sin éxito.
El mensaje era claro.
El apellido Moretti ya no era solo un símbolo de la empresa familiar.
Era un símbolo de algo nuevo.
La cena continuó, pero algo había cambiado en la familia Moretti.
El legado ya no era solo lo que Enzo había construido.
Era lo que sus hijos estaban creando.
El mes pasó en un suspiro.
Entre la pretemporada, la llegada de los fichajes y las reuniones estratégicas con la nueva directiva, Luca apenas había tenido tiempo para otra cosa que no fuera Vittoria. El club avanzaba, cada pieza encajaba en su lugar, y poco a poco el proyecto dejaba de ser solo una idea para convertirse en una realidad sólida.
Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en fútbol.
El estadio de Vittoria estaba irreconocible. La cancha que días antes había sido el escenario de entrenamientos intensos ahora estaba cubierta por una estructura imponente de luces, pantallas y un escenario gigante en el centro. Más de cincuenta mil personas llenaban las gradas, vibrando con la energía del evento.
Luca se acomodó en la zona VIP, junto a Adriano, Isabella y Marco, que se veía particularmente satisfecho con el resultado. No era para menos, después de todo, él había sido el responsable de que esto sucediera.
—Hay más gente aquí que en cualquier partido de la temporada pasada —comentó Adriano con una media sonrisa, observando la multitud.
—Lo que pasa cuando traes a una estrella de verdad —respondió Marco con calma.
Luca sonrió levemente. Ese evento no solo significaba ingresos millonarios para el club, sino que también era una muestra de lo que Vittoria podía llegar a ser. No solo un equipo de fútbol, sino un nombre reconocido, un punto de referencia en la ciudad.
Valentina había insistido en que asistiera. Su hermana mayor era la manager de la artista principal y estaba involucrada en cada detalle de la producción.
—No puedes perdértelo, Luca. Es más que un concierto, es historia.
Y lo cierto era que, aunque no lo había dicho en voz alta, tenía curiosidad.
El nombre de la estrella de la noche se había convertido en sinónimo de éxito en los últimos dos años. Astrid Novak. Una cantante de rock que había pasado de ser una promesa en la escena alternativa a convertirse en un fenómeno global.
Había ganado un Billboard ese año y su último álbum la había llevado al top 10 de los artistas más escuchados del mundo.
Y esa noche, la estrella estaba en Vittoria.
Cuando las luces se apagaron y el estruendo de la multitud aumentó, Luca sintió el peso del momento.
Entonces la música comenzó.
El sol ya rozaba los tejados cuando Luca salió por la puerta lateral del Vittoria Center. Al ver el sedán gris con matrícula de Roma plantado junto a la rampa de suministros, le cambió el humor de golpe.—Ese coche no es de prensa —murmuró, sacando el móvil—. Seguridad, estación norte. Enseguida.Dos guardias llegaron, pero la puerta trasera del sedán se abrió antes de que pudieran preguntar. Bajó una mujer de traje azul marino, rostro sereno; detrás, un hombre de gabardina beige y mirada de granito.—Señor Moretti —saludó ella, mostrando credencial—. Inspectora Elena Baresi, Dirección Investigativa Antimafia. Él es el comisario Matteo Esposito.Luca apenas disimuló el fastidio.—No me habían avisado de ninguna visita.—A veces las visitas pierden encanto cuando se anuncian —intervino Esposito, seco.Baresi alzó una mano, conciliadora.—Es rutinario, señor. Tenemos indicios de que ciertas sociedades vinculadas a la familia Moretti están moviendo capitales a través de empresas deportiv
La ciudad seguía comentando el triunfo contra el Bologna. Dos a uno. El doblete del chico Matías Bianchi había devuelto algo que muchos en Vittoria creían perdido: ilusión. Pero en las oficinas del club, el ruido de la calle apenas rozaba las paredes. Aquí el tiempo seguía corriendo con otras urgencias.Luca Moretti llegó a las ocho. Al entrar en la sala de juntas se encontró a los directivos ya reunidos: Giancarlo Riva, Paolo De Santis, Lorenzo Bianchi, Angela Ferraro y un par de accionistas. Isabella Marchetti conversaba con ellos, taza de espresso en mano. Al verlo, todos se pusieron de pie.—presidente —saludó Riva, cordial—. Felicitaciones por el domingo; el gol de Bianchi aún circula por todas las cadenas.—Gracias, Giancarlo —respondió Luca, devolviendo un gesto de cortesía—. Pasen, por favor.Mientras tomaban asiento, Isabella deslizó una carpeta hacia él.—Solo un resumen del área comercial —explicó—. Nada urgente, pero pensé que querrías verlo antes de que se publique.Luca
* * *Dos días después, Alfonso llegó a una finca cerca de Sopron, a pocos kilómetros de la frontera entre Hungría y Austria. El lugar figuraba como un criadero de caballos. Debajo de los establos había una sala protegida contra micrófonos y una mesa circular de pizarra oscura.Seis sillas tenían dueño. La séptima estaba vacía.Dimitri Volkov representaba las rutas rusas y balcánicas. Renjiro Kaito había viajado desde Tokio con un intérprete al que no necesitó. Patrick O’Connelly controlaba puertos menores en Irlanda y dos corredores en Bélgica. Lucía Navarro llevaba las cuentas de los muelles españoles. Marcus Blackson había llegado desde Chicago con tres teléfonos apagados dentro de una bolsa sellada.Alfonso ocupó la silla Moretti y dejó los dos permisos en el centro.—Alguien abrió Roma con una autoridad que no le pertenece —dijo Alfonso.Dimitri no tocó los documentos.—Tus hombres dejaron pasar la carga —dijo Dimitri.—Porque el sello superó sus controles —respondió Alfonso.—Y
* * *Salvatore Greco salió de su oficina en el Senado a las nueve y doce de la noche. Su coche oficial lo esperaba en la entrada principal, pero un Mercedes conocido se detuvo antes. Reconoció al conductor de Enzo.—El señor Moretti desea verlo —dijo el hombre.—Pudo llamarme.—Lo hizo. Usted no contestó.Salvatore revisó el teléfono. Tenía una llamada perdida. Miró a sus escoltas y les indicó que siguieran el Mercedes.—Ellos no vienen —dijo el conductor.—Soy senador de la República.—Esta noche es el esposo de Valentina.Salvatore entendió la diferencia. Subió.El seguro de la puerta se cerró cuando el coche tomó la avenida. Su teléfono quedó sin señal. Salvatore no preguntó adónde iban.Lo llevaron a un antiguo depósito ferroviario al norte de la ciudad. Alessandro esperaba junto a una mesa de metal. Enzo estaba sentado al otro extremo, con el permiso falso y varias hojas extendidas frente a él.No ataron a Salvatore. Un hombre cerró la puerta y se quedó delante.—Si querías habl
Adriano contestó en la cocina del apartamento de Via Germanico. Tenía hielo sobre la rodilla, cuatro puntos en el cuello y una taza de café que no había probado.—Cuéntamelo tú —dijo Alfonso—. Claudio está demasiado enojado para ordenar los hechos.Adriano le contó todo. No suavizó el primer golpe a Carlo, la emboscada ni el disparo que mató a Fabrizio. Cuando terminó, Alfonso tardó tanto en responder que Adriano miró la pantalla para comprobar que la llamada no se había cortado.—¿Quién habló con Laura? —preguntó Alfonso.Adriano apartó la bolsa de hielo. La mejilla todavía le dolía donde Laura lo había golpeado.—Yo.Alfonso dejó pasar unos segundos.—¿Te pegó?—Sí.Adriano se tocó la mejilla con el dorso de los dedos.—Bien. Esa parte no la repares.Adriano apretó la bolsa de hielo.—Encontré a tu traidor.Alfonso no respondió de inmediato. Adriano oyó el roce de un papel al otro lado.—Encontraste a dos imbéciles que vendieron una puerta. El que tenía la llave sigue libre.—Fabriz
Una ráfaga atravesó la puerta. El hombre que iba delante recibió un tiro en el brazo; otro impacto le rompió el chaleco y lo lanzó contra la pared. Claudio respondió desde el suelo. Alguien gritó en el pasillo.—¡Sabían por dónde veníamos! —dijo Paolo.Adriano vio un cable fino junto al marco. No era un sensor térmico. Era una cámara del tamaño de un tornillo.—Nos vieron romper la pared —dijo Adriano.Claudio arrastró al herido detrás de las cajas.—Paolo, presión en el brazo. Tú, Moretti, conmigo —ordenó Claudio.Avanzaron por lados opuestos. Un hombre asomó la pistola sin mostrar el cuerpo. Adriano disparó a la mano; dos dedos y el arma cayeron al piso. El grito abrió un hueco. Claudio cruzó, golpeó al tirador en la garganta y lo dejó contra la pared.Otro guardia salió de la sala de pesas. Llevaba una escopeta. Adriano se lanzó detrás de una máquina, pero la pierna derecha no respondió a tiempo. El disparo destrozó el espejo sobre su cabeza. Fragmentos le abrieron la oreja y el cu







