MasukA Emma siempre le habían dado miedo las tormentas.Desde niña, los truenos la hacían esconderse debajo de la cama, tapándose los oídos. Su madre siempre la consolaba con abrazos, pero su padre le decía que ya era mayor para tener miedo.Cuando creció, el miedo no desapareció. Aprendió a ocultarlo, a sonreír cuando los relámpagos iluminaban el cielo, a fingir que los truenos no le hacían temblar las manos. Pero en las noches de tormenta, el pánico regresaba.Y esa noche, la tormenta despertó a Emma antes del amanecer.El primer trueno la arrancó del sueño como un latigazo. Se incorporó en la cama, con el corazón latiendo con fuerza, las manos buscando las sábanas como si pudieran protegerla.El segundo trueno fue más fuerte. Emma sintió que el aire se le escapaba. Se cubrió los oídos, cerrando los ojos con fuerza, pero el miedo era más grande que ella.—No —susurró, con voz temblorosa—. No estoy allí. Estoy aquí. Estoy a salvo.Pero su cuerpo no la escuchaba. Temblaba entera, las lágri
Emma bailaba en los brazos de Leonard, sintiendo la seguridad de su mano en su espalda. Por un momento, casi logró olvidar que Troy estaba al otro lado del salón. Pero el momento no duró.—Emma, querida —una voz dulce y venenosa sonó a su espalda—. Qué sorpresa verte aquí.Emma se giró lentamente. Natalia estaba frente a ella, con su vestido rojo ajustado, una sonrisa que era pura malicia. Detrás, Troy la miraba con culpa y deseo.Leonard no soltó a Emma. Su mano en su espalda se tensó, pero su rostro permaneció impasible.—Señorita —dijo Leonard, con cortesía gélida—. No recuerdo haberla invitado a nuestra conversación.Natalia ignoró a Leonard y se centró en Emma, alzando la voz para que los invitados cercanos oyeran.—¿No vas a presentarme a tu nuevo marido, Emma? ¿O te da vergüenza que sepa que te casaste con él por dinero? —Natalia fingió una expresión lastimera—. Pobrecita Emma, tan enamorada de un hombre que nunca la quiso, que tuvo que recurrir a la mentira y la manipulación.
La luz del amanecer se filtraba entre los árboles del jardín. Emma pintaba al aire libre, los dedos manchados de azul y gris, sintiendo que algo en su interior comenzaba a despertar después de meses de letargo.Leonard se sentó en la silla de hierro, como cada mañana, con su café y su periódico. El silencio entre ellos era cómodo, de dos personas que han aprendido a compartir el mismo espacio sin necesidad de palabras.—Los colores que usas son fríos —dijo de repente, sin levantar la vista—. Azules, grises, morados. Nunca amarillo ni naranja.Emma detuvo el pincel, sorprendida de que él hubiera notado algo tan personal.—Supongo que es mi estado de ánimo —admitió—. A veces es difícil pintar calidez cuando no la sientes.Leonard levantó la mirada. Sus ojos grises se encontraron con los de ella.—Los tonos fríos también son hermosos —dijo, con una suavidad apenas perceptible—. Tienen su propia verdad.Emma sintió que algo se movía en su pecho. La certeza de que él, sin querer, acababa d
La sala estaba iluminada con una luz cálida que contrastaba con el frío que Emma sentía en el estómago. Los padres de Leonard estaban sentados en el sofá, tomando té. La señora Thompson sonreía con placidez, mientras el señor Thompson hojeaba un periódico con gesto distante.Al verlos entrar juntos, la señora Thompson dejó la taza y los recibió con una sonrisa radiante.—¿Ya terminaron su charla? —preguntó, con un tono que pretendía ser inocente pero que escondía una curiosidad voraz.—Sí, madre —respondió Leonard, con la voz recuperada, fría y controlada—. Solo asuntos de la casa. Nada importante.Se sentó en el sofá, junto a su padre, y cruzó una pierna con estudiada elegancia. Pero Emma notó que sus dedos tamborileaban sobre la rodilla, un tic nervioso que no le había visto antes.Ella se sentó a su lado, lo más cerca que se atrevió sin resultar forzada. La señora Thompson los observó con atención, como un halcén evaluando a su presa.—Querida Emma —dijo la señora Thompson, incliná
El beso duró apenas unos segundos, pero para Leonard se sintió como una eternidad.Cuando Emma lo besó por segunda vez, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus manos, que habían estado rígidas a los costados, se tensaron. Sus dedos se hundieron en la tela del vestido de ella, y por un instante, el hombre de hielo se derritió.Pero solo fue un instante.Leonard la apartó con brusquedad, respirando con dificultad. Sus ojos grises, siempre impasibles, ahora brillaban con una mezcla de furia y desconcierto. La mandíbula apretada, los nudillos blancos.Emma lo miró con el corazón latiéndole tan fuerte que temía que se le saliera del pecho. Pero no retrocedió. No bajó la mirada. Había sido desechada una vez y no iba a permitir que nadie la volviera a hacer sentir menos.—Leonard, hijo —dijo la señora Thompson, apareciendo en el umbral con una sonrisa radiante—. ¡Qué bien que llegaste! Tu esposa ha sido tan encantadora con nosotros... y vaya recibimiento, ¿eh? —Soltó una risita cómplice.
Emma abrió los ojos lentamente.La luz del sol se filtraba por las cortinas. Parpadeó varias veces, sintiendo que su menteaún luchaba por despertar. Todo estaba en silencio. Demasiado silencio.Se sentó en la cama y miró a su alrededor. La habitación enorme. La cama perfecta. Lascortinas grises. Todo igual que la noche anterior."Es verdad", pensó, mientras un nudo se formaba en su estómago. "No es otra pesadilla.Esto es real."Se levantó y fue a la ventana. Afuera, el sol brillaba sobre los jardines perfectamentecuidados. El cielo estaba despejado, azul. No había tormenta. No había lluvia. Solo unamañana tranquila y brillante.Pero dentro de ella, seguía oscuro.Se vistió con una bata y salió al pasillo. La casa estaba en silencio. No se escuchaba nada.Solo el eco de sus pasos descalzos sobre la madera fría.Bajó las escaleras y encontró a Fredy, el mayordomo, que ya estaba trabajando. Era unhombre mayor, de movimientos precisos y rostro serio. Al verla, inclinó la cabeza.—Bu







