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Capítulo 4

مؤلف: Olga Sombra
Sonia y Javier salieron del Registro Civil. Desde ese momento, ya eran esposos ante la ley.

Sonia se quedó un paso detrás de él, con la mirada curiosa recorriéndole el cuerpo. Él ya se había quitado el saco del traje y lo llevaba echado sobre el brazo, con descuido. Alto y erguido, llevaba la camisa blanca bien metida en el pantalón de vestir.

La mirada de Sonia descendió desde sus hombros anchos hasta su cintura estrecha, hasta detenerse en un punto muy concreto.

Tenía un trasero firme. De pronto, una frase apareció en su cabeza sin previo aviso: los hombres con buen trasero solían ser especialmente buenos en la cama…

Javier se dio la vuelta, y Sonia apartó la vista de inmediato, como si no hubiera estado mirándolo precisamente ahí.

—¿Tienes tiempo ahora? —preguntó Javier—. Quiero llevarte a la casa de mi familia para presentarte a los demás y comer con ellos.

Ahora que eran esposos, conocer a la familia del otro era lo más natural del mundo.

—Sí, tengo tiempo —respondió Sonia.

Javier sacó el celular para llamar a su abuela, pero en ese momento le entró una llamada.

Al otro lado de la línea se oyó la voz apresurada de un hombre:

—Señor Cejudo, surgió un problema con uno de los acuerdos que estábamos negociando.

Javier escuchó lo que le decían, colgó y luego clavó en Sonia sus ojos oscuros y profundos.

—Tengo un asunto urgente en la empresa y necesito resolverlo. Cuando vuelva, te llevaré a conocer a mi familia.

Sonia respondió con calma:

—Si tienes cosas que hacer, vete tranquilo. Tenemos tiempo de sobra.

Javier avanzó un par de zancadas y enseguida se detuvo.

Giró la cabeza para mirarla.

—¿A dónde vas? Primero te llevo yo.

Sonia no rechazó la oferta; caminó hacia él con naturalidad.

—Voy a la empresa.

Esta vez ella iba delante y él detrás.

La mirada de Javier bajó por la nuca blanca y fina de Sonia, siguió la línea delicada de su espalda, pasó por su cintura esbelta y cimbreante, y se detuvo en sus caderas.

En su mente apareció de golpe una imagen: un pequeño lunar negro, perfectamente redondo, sobre una curva blanca y suave, provocador, hipnótico, imposible de olvidar.

Javier se llevó una mano al cuello de la camisa. La llevaba abotonada hasta arriba, pero se desabrochó dos botones, dejando a la vista parte de sus clavículas, elegantes y bien definidas.

Alzó la vista hacia el sol.

—¿Por qué hace tanto calor hoy?

El asistente, que caminaba a su lado, respondió sin pensarlo:

—Hoy la temperatura bajó dos grados con respecto a ayer.

—¿Ah, sí?

Mientras lo decía, la mirada de Javier volvió a posarse, una vez más, en las caderas de Sonia.

***

En el asiento trasero del Rolls-Royce, Javier abrió la laptop y se puso a trabajar. Sus dedos finos y elegantes se movían sobre el teclado con precisión, mientras su expresión seguía concentrada.

Sonia, sentada a su lado, también abrió la app del trabajo y se puso a resolver asuntos de la empresa.

Entre los dos apenas mediaba un palmo. Tan cerca y, aun así, tan marcadamente separados.

El auto avanzaba a toda velocidad por la avenida. Los árboles a ambos lados retrocedían con rapidez, fundiéndose en una mancha verde que se alargaba en la distancia hasta desvanecerse sin dejar rastro.

Mientras respondía mensajes en el grupo de trabajo, Sonia sintió de pronto un peso sobre el muslo. El calor se filtró a través de la tela y se extendió lentamente sobre su piel.

Giró la cabeza.

La pierna de Javier descansaba sobre la suya.

En ese momento, él llevaba puestos unos pantalones de vestir, mientras que Sonia tenía las piernas descubiertas.

El contraste entre la tela negra y la piel clara y suave de Sonia era imposible de ignorar.

Javier no apartó la vista de la pantalla de la laptop. Solo dijo, en tono calmado:

—Perdón.

—No pasa nada —respondió Sonia.

Javier retiró la pierna.

Ambos volvieron a concentrarse en su trabajo.

Pero, al cabo de un rato, esa misma sensación cálida y pesada volvió a posarse sobre su muslo.

Javier hizo el amago de apartarse, pero el movimiento se detuvo a mitad de camino.

Y, en lugar de retirarse, dejó apoyada la pierna con más firmeza sobre la de ella.

Sonia volvió el rostro para mirarlo, con una pregunta suspendida en la mirada.

Javier apartó por fin la atención de la pantalla y levantó la vista.

Sus miradas chocaron.

Por un instante, todo pareció quedar en suspenso. Al verse en los ojos del otro, ambos perdieron el hilo de lo que estaban pensando.

Todos los sonidos alrededor parecieron apagarse de golpe. Dentro de ese espacio cerrado y silencioso, lo único que parecía existir era la respiración de ambos, mezclándose poco a poco en el aire.

Con ese rostro impecable, tan hermoso que deslumbraba, Javier le dijo con toda seriedad:

—Ya somos marido y mujer. Es normal que haya contacto físico entre nosotros. Con el tiempo, habrá cosas aún más íntimas.

Sonia entendía perfectamente a qué se refería. Una cosa era entenderlo; otra muy distinta, escuchárselo decir.

El rostro se le encendió de golpe, como si le hubieran acercado una llama.

Giró hacia la ventanilla, intentando ocultar el rubor que ya le había subido hasta las orejas.

Al ver que Sonia no decía nada, Javier interpretó su silencio como señal de que no le molestaba.

Así que volvió la vista a la pantalla y siguió con lo suyo. Pero su pierna continuó apoyada sobre la de ella. De vez en cuando, incluso le rozaba la cara interna del muslo.

Por la forma en que iba sentada, el borde del vestido se le había subido un poco, dejando al descubierto buena parte de la pierna, blanca y suave.

Una sola capa de tela no bastaba para amortiguar ese contacto. Javier podía sentir con claridad el calor del cuerpo de Sonia.

Ese calor se deslizaba como una corriente sutil. Nacía en la piel delicada de ella, atravesaba la fina barrera de la tela y alcanzaba la de él, constante y silencioso, como si se le metiera en la sangre y le recorriera una a una las venas.

Un minuto después, Javier levantó la mano y golpeó con los nudillos la mampara que los separaba de la parte delantera del auto.

Luego alzó un poco la voz para decirle al asistente que iba en el asiento del copiloto:

—Bájale más al aire acondicionado. Hoy hace demasiado calor.

***

El Rolls-Royce se detuvo frente a una empresa de tecnología educativa, ubicada en la zona más exclusiva de Ciudad Beu.

Sonia trabajaba allí. Se encargaba principalmente de la asesoría educativa, del análisis de datos y de dar clases.

Su mayor fortaleza era usar los datos para detectar los puntos débiles de cada estudiante, diseñar planes de estudio personalizados, ayudarlos a mejorar sus métodos de estudio, a aprender con más eficiencia y a elevar sus calificaciones en el menor tiempo posible.

Como docente de primer nivel, sus honorarios eran altos. Por una sesión individual de cuarenta minutos, cobraba ochocientos dólares.

Javier miró el nombre de la empresa y dijo:

—He oído hablar de esta empresa.

Sonia se sorprendió bastante. No esperaba que el hombre al mando de la familia Cejudo, alguien tan ocupado, conociera la empresa donde trabajaba.

Al ver su expresión, Javier explicó:

—Aunque no es una gran empresa, opera en un nicho pequeño pero muy exclusivo. En el sector del apoyo académico, está entre las mejores. Sus requisitos de contratación son muy estrictos, y todos los profesores provienen de universidades de élite de todo el mundo. El nivel de su equipo docente es muy alto.

Al oírlo hablar con tanto detalle, Sonia se dio cuenta de algo y preguntó:

—¿Hay alguien en la familia Cejudo preparándose para entrar a la universidad?

—Ahora están de vacaciones. Les toca presentar el examen de ingreso el próximo año.

La familia Cejudo era enorme, con muchas ramas y relaciones internas complicadas. Como él no especificó de quién hablaba, Sonia, con el tacto que la caracterizaba, no hizo más preguntas.

Cuando se dispuso a bajar del auto, extendió un dedo y tocó suavemente la pierna que él todavía mantenía apoyada sobre la suya.

En el instante en que la yema de su dedo rozó el músculo firme de su muslo, sintió la dureza de inmediato.

Sintió un ligero hormigueo en la yema del dedo.

Javier bajó la mirada y vio cómo ella retiraba el dedo de golpe.

En sus labios finos se dibujó una leve sonrisa.

Entonces apartó por fin la pierna que había mantenido sobre la de Sonia todo el trayecto.

Aunque Javier había mantenido la pierna sobre la de ella durante todo el camino, Sonia no sentía la pierna entumecida. Él había calculado muy bien la presión, manteniéndose pegado a ella sin dejar caerle encima todo el peso.

Pensando en que tenía un asunto urgente que atender y aun así se había desviado para llevarla primero a la empresa, Sonia dijo:

—Gracias.

—No hay de qué.

Sonia bajó la cabeza para desabrocharse el cinturón de seguridad. En ese momento, el brazo de Javier cruzó por delante de su pecho. Llevaba la manga arremangada hasta la mitad, dejando ver sus músculos marcados y el relieve de las venas sobre su piel pálida.

La respiración de Sonia se cortó. Instintivamente se echó un poco hacia atrás.

Pero, aun así, acabó rozándolo.

En el espacio cerrado del auto sonó un clic, y el corazón de Sonia dio un salto.

Javier desabrochó el cinturón y retiró el brazo.

—Listo.

Sonia abrió la puerta y bajó del auto, con los movimientos algo torpes.

En circunstancias normales, habría sido atenta y educada, y se habría despedido de él como correspondía. Pero esta vez sentía el pecho revuelto, como si el corazón le brincara dentro del pecho, y se olvidó por completo de decir adiós.

Javier observó la espalda de Sonia mientras ella se alejaba con cierta prisa.

Luego retiró la vista, bajó los ojos hacia el brazo con el que la había rozado y quedó un instante abstraído.

Después volvió a mirar la computadora.

Su expresión seguía siendo fría y serena; parecía estar tan concentrado como siempre.

Nada en su semblante daba a entender que algo hubiera cambiado.

Un momento después, dentro del auto volvió a oírse el golpecito de sus nudillos contra la mampara.

Javier le dijo al asistente:

—Baja dos grados más. Aquí adentro cada vez hace más calor.
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