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Capítulo 5

Penulis: Olga Sombra
En ese momento, en el Café Fragante, Elvira seguía esperando a Javier.

Ya habían pasado dos horas desde la hora acordada, y en todo ese tiempo ni Javier había aparecido ni Sonia había llegado.

Cuando Sara organizó esa cita, hizo que Elvira y Sonia coincidieran a propósito en la misma cafetería.

Su intención era clarísima: quería usar a Sonia como contraste para que Elvira resaltara todavía más.

Si una chica de 90 kilos se sentaba a su lado, Elvira se vería todavía más bonita.

Elvira barrió la cafetería con la mirada; cada vez estaba más vacía. La decepción por no haber visto aparecer a Javier se mezclaba con una inquietud cada vez mayor al pensar que quizá ni siquiera iba a presentarse.

Sin poder contener más la rabia, acabó llamando a Sonia.

—Oye, cerdita, ¿por qué sigues sin llegar a la cafetería?

—Lo que yo haga no es asunto tuyo —respondió Sonia.

Elvira soltó una risita de desprecio y, con la voz cargada de superioridad, dijo:

—¿Qué pasa? ¿Te da miedo venir a verme? Tranquila, te entiendo perfectamente. Al fin y al cabo, soy tan bonita que una gorda como tú se sentiría inferior nada más con ponerse a mi lado.

Sonia dejó escapar una risa fría.

—Yo más bien creo que, si nos vemos cara a cara, la que se va a sentir inferior eres tú.

Elvira soltó una carcajada cargada de burla.

—Sonia, de verdad que no tienes vergüenza. Mírate nada más, estás tan gorda que pareces una cerda. ¿Y tú crees que voy a sentirme inferior al verte? No me hagas reír.

—Ya sé que no eres muy culta —dijo Sonia—, pero ¿nunca has oído que, después de un tiempo, ya no se puede mirar a alguien con los mismos ojos?

Elvira frunció el ceño.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso?

—Que eres una idiota y una mala persona.

Y, en cuanto terminó de decirlo, Sonia le colgó.

Elvira no consiguió desahogar la rabia que llevaba dentro; al contrario, acabó aún más furiosa.

***

Sonia entró en la oficina.

Apenas la vio, el jefe, Héctor Briones, que trabajaba en la oficina de enfrente, se levantó de inmediato. Tenía una figura redonda y la panza le abultaba tanto que parecía que la camisa blanca, ajustadísima, iba a reventar en cualquier momento.

Se acercó a Sonia con una sonrisa melosa en la cara. Los ojos, que de por sí ya eran pequeños, casi desaparecían entre la sonrisa.

—¿Hoy no te tocaba descansar? ¿Qué haces aquí?

—No tengo otros pasatiempos. Lo único que me gusta es ganar dinero.

—¿Qué clase de respuesta es esa? ¿Te falta dinero?

Sonia se sentó en la silla, levantó la vista hacia él y, con una mirada afilada, respondió:

—Sí, me falta. ¿Cuándo van a pagar el sueldo y el bono de este mes? Ya llevan diez días de retraso.

—Yo tengo dinero, muchísimo dinero.

—Entonces, si tienes tanto dinero, ¿por qué sigues sin pagarnos?

Héctor soltó una risa incómoda y se rascó la cabeza.

Los ojos se le iban una y otra vez por todo el cuerpo de Sonia, como si ni siquiera quisiera parpadear.

Pensó para sí: "Quién iba a decirlo. Cuando estaba gorda, no llamaba tanto la atención, pero quién se iba a imaginar que, después de adelgazar, iba a volverse tan hermosa".

En realidad, incluso cuando estaba pasada de peso, Sonia no era fea.

Tenía la piel muy clara y, en ese entonces, parecía una muñequita rellenita, con una belleza suave y redonda.

Pero el exceso de grasa en el rostro le ocultaba demasiado unos rasgos que, en realidad, eran muy bonitos, y por eso no se alcanzaban a ver ni su delicadeza ni ese encanto femenino que ahora le salía de manera natural.

Además, como era muy alta, daba una impresión de pesadez y robustez, lejos de esa ligereza que tanta gente asocia con la belleza.

En una época en la que todo el mundo adoraba el ideal de piel blanca, juventud y delgadez extrema, Sonia se había convertido en una rareza.

"Gorda, tosca, cerda". Esas palabras cargadas de desprecio le cayeron encima una tras otra, como losas.

Y, con Sara y Elvira echando todavía más leña al fuego, Sonia, que se había criado sin madre, vivió rodeada de desplantes, miradas frías y burlas.

Ni siquiera le permitían asistir a las fiestas de la familia Sánchez. La encerraban en una habitación pequeña del patio trasero y no la dejaban salir, porque decían que arruinaría la imagen de la familia.

Este mundo siempre ha sido demasiado cruel con el aspecto de las mujeres. Si no eres suficientemente hermosa o suficientemente delgada, puedes convertirte en el blanco de las burlas de cualquiera.

Y esa discriminación por la apariencia y el cuerpo no solo existía dentro de la familia; en el trabajo pasaba exactamente lo mismo.

Por ejemplo, los alumnos de Sonia eran los que más mejoraban sus calificaciones. Ella tenía la mejor reputación y, en cuanto a capacidad profesional, era la número uno de toda la empresa. Aun así, no le permitían aparecer en cámara en las clases en línea.

Porque Héctor decía que Sonia parecía un dinosaurio y que, si salía en cámara, iba a espantar a los estudiantes nada más verla.

Y ahora ese mismo Héctor estaba ahí, plantado frente a ella, con una expresión casi babosa, sonriendo como si estuviera en celo, y le dijo con entusiasmo:

—¿Tienes tiempo al mediodía? Te invito a un restaurante de moda.

Sonia encendió la computadora y fijó la vista en la pantalla.

—No tengo tiempo.

A Héctor se le pintó la decepción en toda la cara.

—¿Por qué?

—Porque parezco un dinosaurio. Si como contigo, hasta podrías quedar traumado de lo fea que soy.

Héctor se quedó mudo.

—Eso era antes. Ahora ya no te ves fea en absoluto.

—Ajá…

—Bueno, en realidad antes tampoco eras fea. Eras rellenita, como una muñequita, muy tierna.

Y siguió insistiendo, necio y pegajoso:

—Por mucho trabajo que tengas, igual tienes que comer, ¿no? Dime qué se te antoja y yo invito.

Sacó el celular y abrió una app para reservar restaurantes.

—Ya estuve viendo. Hace poco abrieron un restaurante cerca de la empresa. Voy a reservar un salón privado para que comamos tranquilos los dos.

—Reserva lo que quieras. Igual no voy a comer contigo.

Era la primera vez que Héctor insistía tanto para invitar a una mujer a comer. Y ella ni siquiera le hacía caso.

Se sintió humillado, pero eso solo lo volvió más terco.

Al mirar el cuerpo de Sonia, con esas curvas tan marcadas, esa cintura tan fina, ese pecho tan lleno y esa piel tan blanca, sintió que estaba viendo a la mujer de sus sueños.

El rechazo no alcanzó a encenderle del todo la rabia. Al contrario, le despertó una codicia todavía más profunda.

—Antes sí te dije cosas feas, lo reconozco. Te ofrezco una disculpa formal. Perdón. Ahora sí aceptarás venir a comer conmigo, ¿no?

Sonia respondió:

—Una disculpa sin sinceridad no sirve de nada. Al contrario, eso no es más que chantaje emocional, como si quisieras obligar a la otra persona a perdonarte.

Luego lo miró sin rodeos y añadió:

—Deja de perder el tiempo. No voy a salir a comer con un hombre casado. Y como hombre casado, deberías darte a respetar un poco, mantener distancia con otras mujeres y recordar que la persona con la que de verdad deberías estar es tu esposa.

En ese momento entraron otros docentes a la oficina, así que Héctor ya no pudo seguir insistiendo y terminó saliendo.

Sonia abrió la plataforma de asesoría educativa y empezó a responder las preguntas de las consultas de pago.

En ese ámbito, ella ya se había hecho un nombre. Tenía una formación sólida, su capacidad era incuestionable y su fama se había extendido de boca en boca. Muchísima gente acudía a ella para pedir orientación sobre cómo subir las notas en poco tiempo o cómo elegir una carrera al entrar a la universidad.

Cuando por fin terminó con todo el trabajo del día, ya era medianoche.

En el sector de la capacitación educativa, el sueldo base era lo de menos. Lo importante eran los bonos. Cuanto más trabajabas, más ganabas.

Y, por más de una razón, Sonia necesitaba dinero. Por eso se quedaba haciendo horas extra cada vez que podía, intentando ganar un poco más.

Cuando se fue, ya no quedaba nadie en toda la empresa. Había trabajado muchas horas seguidas.

Empujó la puerta del vestíbulo y salió. Por costumbre, se dirigió hacia donde dejaba estacionada su bicicleta.

Pero de pronto se detuvo.

Entonces recordó que esa mañana había sido Javier quien la había llevado a la empresa.

Y, sin poder evitarlo, pensó en él: "Javier… mi esposo. ¿Qué estaría haciendo a esas horas? ¿Habría salido de viaje por trabajo? ¿O seguiría en Ciudad Beu?"

***

Al otro lado del océano, en un país lejano.

En una oficina amplia y luminosa, los tonos fríos del blanco, el negro y el gris transmitían una elegancia sobria y refinada.

Javier estaba sentado en su silla, revisando y firmando documentos. Mantenía la espalda recta y un porte impecable y distinguido. La pluma se deslizaba sobre el papel con un leve roce.

Sus dedos, finos pero firmes, sostenían la pluma con seguridad. Su caligrafía era fuerte y elegante, y la firma que dejaba sobre el papel parecía trazada en hierro y plata, fluida y poderosa.

De pronto, el teléfono sonó con fuerza, rompiendo el frío silencio de la oficina.

La voz de la abuela, Ana Pérez, resonó al otro lado de la línea:

—¿Y entonces? ¿Cómo te fue hoy con la cita?

Como no había recibido ningún mensaje de Javier, Ana no podía dejar de pensar que esta vez seguramente había pasado lo mismo de siempre: otro fracaso.

Le había presentado a muchísimas chicas. Todas lindas, elegantes y de buena familia, cada una más hermosa que la anterior.

Y aun así, no le gustaba ninguna.

Hubo un tiempo en que la abuela llegó a sospechar seriamente que a Javier le gustaban los hombres. Cada vez que pensaba en eso, sentía que le dolía hasta el alma.

Entonces Javier habló:

—Ya me casé.

—Bueno, ya entendí… esta cita tampoco salió bien…

Ana guardó silencio por un segundo. Al instante siguiente reaccionó de golpe y alzó la voz:

—¿Qué? ¡Ya te casaste!

—Sí —respondió él, con total calma.

A Ana, de pronto, se le quitaron todos los males. Se sentía mejor que nunca.

—¿Te casaste con la chica de la cita de hoy?

—Sí.

—¿Y por qué no la trajiste a casa para conocerla?

—Iba a hacerlo, pero me surgieron unos asuntos y tuve que irme del país.

Ana casi se atragantó de la sorpresa.

—¿Cómo que te acabas de casar, dejaste a tu esposa aquí y te fuiste solo al extranjero? ¿Tú qué crees que va a pensar esa muchacha? Debe sentirse fatal.

—No lo va a tomar así.

Antes de casarse, él ya había dejado claras las reglas: respeto mutuo, cada quien por su lado y sin interferir demasiado en la vida del otro. Y Sonia había aceptado.

Además, intuía que ella no era el tipo de mujer que exigiera demasiada atención. También estaba completamente absorbida por su trabajo.

Pero Ana no pensaba dejar pasar eso tan fácilmente.

—No importa si la muchacha lo toma bien o no. Aquí el que estuvo mal fuiste tú. Acuérdate de disculparte con ella como es debido. Además, regresa cuanto antes para reunirte con tu esposa.

En la mente de Javier apareció aquel rostro deslumbrante y seductor.

Bastaba recordar un simple roce para que se le encendieran las orejas.

Antes, cada vez que Ana le decía que se acercara más a alguna mujer, él siempre se escudaba en que estaba demasiado ocupado con el trabajo.

Pero esta vez, sus labios se curvaron levemente y respondió:

—Está bien.
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