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Dejé el anillo, conseguí una vida nueva
Dejé el anillo, conseguí una vida nueva
ผู้แต่ง: Ferrari

Capítulo 1

ผู้เขียน: Ferrari
[POV de Zita Rinaldi]

Durante todo el camino de regreso, fui incapaz de apartar la mirada de mi mano vacía.

Sentía la vista de mi novio, Emilio Gimondi, clavándose en mí de vez en cuando, pero él no decía nada.

Lo conocía demasiado bien. Estaba esperando a que fuera yo la que rompiera el silencio.

En el pasado, si nos hubiéramos encontrado solos en un espacio tan íntimo, sin duda me habría quejado. Pero esta vez no sentía que hubiera algo que valiera la pena decir.

—¿Sigues enojada por lo del anillo? —habló al fin con un tono condescendiente—. Solo era un juego, Zita. Carlotta hizo una apuesta con el muchacho de la otra familia. El que perdiera tenía que entregar una reliquia familiar. Ella vino a pedirme prestado el anillo... ¿Cómo se suponía que le dijera que no? Habría quedado como un aguafiestas.

Hizo una pausa y añadió:

—Un día serás la Donna de la familia Gimondi. Tienes que aprender a ser generosa y elegante, no tan mezquina con Carlotta.

¿Generosa? ¿Elegante?

Ni siquiera había abierto la boca. Me había limitado a quedarme de pie en un rincón, en silencio, terminando mi copa de champán. Pero para Emilio, el simple hecho de no haberme sumado al resto para felicitar a Carlotta Lecce, su amiga de la infancia, significaba que me faltaban modales.

—Emilio —lo llamé con voz serena.

—¿Dime?

—Me dijiste que me darías ese anillo hace cinco años.

El interior del auto quedó en absoluto silencio durante un segundo.

—¿Hace cinco años? ¿Y todavía te acuerdas? Por favor, en ese entonces ni siquiera era el Capo. Te decía lo que fuera necesario con tal de tenerte contenta —se rio—. Es solo una joya vieja. El mes que viene mandaré a diseñar un par exclusivo en Frodale. Serán diez veces mejores que esa antigüedad. Pórtate bien, ¿sí? Te prometo que te daré el mejor anillo en nuestra boda.

Emilio siempre hacía lo mismo: usaba el tono más dulce del mundo para pisotear cada una de mis ilusiones como si no valieran nada.

Yo era huérfana. Desde el momento en que Emilio y yo empezamos a salir, la familia Gimondi despreció mis orígenes. Fue él quien enfrentó toda esa presión y me juró que, si lo esperaba, algún día me pondría en el dedo el anillo de su familia. Le gritaría al mundo que yo era su Donna.

Por esa promesa esperé. Esperé por la reliquia, por un lugar legítimo a su lado, por el día en que me presentara formalmente como suya.

Y hoy, Emilio le había regalado ese mismo anillo a Carlotta por una absurda apuesta.

…

Cuando llegamos a casa, crucé el umbral de la puerta y me giré para mirarlo. En el pasado, habría entrado de inmediato tras de mí, rodeándome la cintura con los brazos para besarme hasta que las cosas subieran de tono.

Pero esta vez se quedó afuera. Ni siquiera amagó con entrar.

El teléfono le vibró en el bolsillo. Respondió la llamada y la voz de Carlotta se filtró claramente por el altavoz.

—Emil, este anillo es precioso. Quiero ir a buscar una cadena para llevarlo como dijesito en el cuello. ¿Puedo?

Una chispa de condescendencia afectuosa le iluminó el rostro.

—Por supuesto. Ahora es tuyo, puedes hacer lo que quieras con él.

—¿Y me acompañas mañana por la mañana a Longshore Isle a elegir la cadena? Me da muchísima flojera ir de compras sola.

Emilio me echó una mirada rápida. Hubo un fugaz destello de culpa en sus ojos, pero terminó cediendo:

—Está bien. Mandaré un auto a buscarte temprano.

Colgó entre los chillidos emocionados de Carlotta.

Lo observé un instante y tomé el borde de la puerta para cerrarla.

—Hace un poco de frío. Voy a cerrar.

—Estás molesta, ¿verdad? —Emilio me atrapó la mano al vuelo—. Iré con Carlotta a comprar la cadena mañana por la mañana y regresaré directo. Seré todo tuyo la tarde entera.

—Está bien —respondí con suavidad.

Sonrió satisfecho y me besó la mejilla.

—Sabía que serías comprensiva, Zita.

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