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Capítulo 2

Autor: T. Lili
Había oído que en los bares todo funcionaba así.

Simple y directo.

Visto de cerca, aquel hombre era realmente atractivo. En especial, el lunar en la esquina de su ojo izquierdo, como un hechizo seductor que provocaba una inquietud difícil de ignorar.

Elena no pudo evitar estirar la mano, pero antes de llegar a tocarlo, una fuerza firme le sujetó la muñeca.

El hombre frunció ligeramente el ceño. Sus ojos profundos, en la penumbra, se veían aún más fríos. Su voz fue distante:

—Aléjate de mí.

Agresivo y frío.

Y, sin embargo, eso solo despertó el espíritu rebelde de Elena. Tras el diagnóstico de sus problemas de salud, frente a Bruno siempre se había sentido inferior y culpable, ahora y le urgía liberarse de ese peso.

Mandó la ética y la timidez a paseo, en ese momento, nada era más importante que conquistar ese hombre.

Impulsada por el alcohol, se puso de puntillas de golpe, rodeó el cuello del hombre con ambos brazos y acercó su rostro ardiente al suyo, soltó en un tono que mezclaba el desafío con la desesperación:

—¿Qué pasa? ¿No puedes?

Ante semejante provocación, la mirada del hombre se oscureció por completo. Con esa mano de dedos largos y marcados, la agarró con fuerza por la cintura, apretándola con un deseo contenido.

Elena no recordaba cómo había salido del bar. Cuando recuperó la conciencia, ya estaba tirada sobre la cama de un hotel.

El hombre se inclinó sobre ella. Su respiración caliente descendía poco a poco. Con voz baja y ronca, preguntó:

—¿Estás segura?

—No des vueltas, dime de una vez si puedes, ah.

La frase desafiante se rompió en un gemido breve.

Los labios ardientes del hombre ya habían caído sobre los suyos, con una fuerza incuestionable, sellando todas las palabras que no alcanzó a decir.

No fue un beso suave. Tenía algo de castigo, de mordidas insistentes, robándole el aliento hasta dejarla completamente atrapada.

Las manos de Elena, que intentaron apartarlo por instinto, fueron sujetadas con facilidad y llevadas por encima de su cabeza. Su resistencia inútil parecía más una invitación disfrazada.

La ropa se perdió en medio del desorden. El aire fresco rozó su piel y le provocó un escalofrío.

Pero lo que siguió fue la temperatura aún más intensa del cuerpo del hombre.

Era como una llamarada que lo consumía todo, sin contención alguna.

Elena solo sentía que el mundo giraba. Entre los restos de la borrachera y la oleada de deseo que la invadía, se debatía entre el miedo y el placer.

—¿Ahora tienes miedo? —soltó él con una risa contenida y grave al sentir su rigidez.

La noche se hizo eterna, él la poseyó una y otra vez, como si quisiera devorarla por completo.

Solo recordaba que fue interminable, un torbellino de sensaciones que no la dejaba ni respirar.

***

La luz de la mañana se filtró por la rendija de las cortinas del hotel y dio de lleno en el rostro de Elena.

Abrió los ojos de golpe.

El techo desconocido, el dolor evidente en todo su cuerpo y la molestia íntima entre las piernas la despertaron por completo.

Los fragmentos de la noche anterior irrumpieron sin piedad en su mente.

El bar.

El hombre.

La iniciativa.

El beso.

Giró la cabeza con incredulidad. A su lado, dormía el hombre de perfil perfecto.

El corazón de Elena se detuvo un segundo.

No se atrevió a mirar más. Tampoco a quedarse.

Casi arrastrándose fuera de la cama, soportando el dolor del cuerpo, recogió la ropa esparcida por el suelo y se la puso a toda prisa.

Antes de irse, como si algo la empujara sin pensar, abrió su billetera. Sacó todo el efectivo que tenía, poco más de cien dólares, y lo dejó con cuidado junto a la almohada del hombre.

No sabía juzgar si alguien era bueno o malo en eso, pero las marcas en su cuerpo y las sensaciones eran prueba suficiente de que aquel hombre se había esforzado bastante.

Después de todo, había trabajado duro. Lo justo era pagarle algo.

Hecho eso, salió del cuarto con pasos ligeros, casi huyendo.

Primero regresó al bar para recoger su auto. Luego, de paso, compró pastillas y se las tomó.

Por más loca que hubiera sido, no iba a descuidar la protección.

Después de esa noche, quedó claro que su supuesto problema había sido una mentira completa. Todo había sido una manipulación de Bruno.

Aquella vez solo se había desmayado por una baja de azúcar. Pero al despertar, Bruno ya tenía en la mano unos supuestos resultados médicos para decirle que no era una mujer normal.

Que no podía tener relaciones.

Que no podía quedar embarazada.

Que era una mujer incompleta.

Durante un tiempo, incluso pensó en morir.

Fue Bruno quien se quedó a su lado, quien la animó a seguir viviendo.

Pero ahora, al recordarlo, ¿eso había sido apoyo de verdad?

No. Había sido una forma retorcida de control.

Él le decía:

"Elena, no te preocupes. Aunque no puedas satisfacer mis necesidades como hombre, jamás te despreciaré."

También decía:

"Elena, aparte de mí, nadie va a aceptar tus defectos. Deberías alegrarte de que lo mío sea amor de verdad y que no me importen esas cosas."

Si realmente no le importara, si realmente la amara, no le estaría recordando una y otra vez su punto débil.

Lo que no alcanzaba a entender era por qué, si ya no la amaba, no cortaba por lo sano en vez de seguir haciéndole daño de esa manera.

¿De verdad era solo por ese diez por ciento de las acciones del Grupo Castillo que tenía en sus manos?

En ese momento, el celular comenzó a sonar. Era Bruno.

La noche anterior, su celular había quedado dentro del bolso y no sabía en qué momento se había quedado sin batería. Al subirse al taxi, lo cargó y al encenderlo, vio varios mensajes de él.

"Amor, ¿por qué no contestas?"

"¡Contéstame! ¿Qué estás haciendo, Elena?"

"Elena, ¿otra vez con tus berrinches? Anoche tuve cosas que hacer y llegué tarde. ¿No puedes ser un poco más madura? Todo lo hago por ti. Mis papás me presionan con lo de tener hijos y yo les oculto tu problema. ¿No puedes portarte bien y no hacerme enojar?"

"¿Elena?"

Los había leído, pero no quiso responder.

Tenía miedo de perder el control y aparecer frente a él solo para darle una bofetada.

Pero esa llamada no podía ignorarla.

Deslizó el dedo y contestó. La voz de Bruno, suave como siempre, llegó de inmediato:

—¿Amor? ¿Ya te levantaste? ¿Cuándo vuelves a casa? Anoche no pude dormir sin abrazarte.

—¿Regresas más rápido, sí? Llevo un día entero sin verte. Ni ganas de desayunar tengo. Esta noche prepárame sopa, ¿sí? Amor, te extraño mucho.

Qué bien sonaba todo.

Cuando compartían cama, él ni siquiera la abrazaba. Últimamente decía estar ocupado, con horarios irregulares, y llevaban tiempo durmiendo en habitaciones separadas.

Hablaba como si, sin ella, no pudiera pegar un ojo.

Elena escuchó su actuación sin expresión alguna. De no conocer ya su verdadera cara, probablemente estaría sonriendo como una tonta.

Ahora solo se reprochaba lo ingenua que había sido. A él le bastaba mover los labios para que ella hiciera cualquier sacrificio.

Cuanto más lo pensaba, más rabia sentía. Apretó el puño con fuerza y habló con frialdad:

—¿Me extrañas a mí o extrañas la comida que hago?

—Claro que a ti —respondió Bruno sin pensarlo.

Elena soltó una risa, le resultaba irónico. Decía extrañarla, pero ya tenía un hijo con otra mujer.

Era un experto en actuar y en llevar doble cara.

Su actitud distante no pasó desapercibida para Bruno. Tras un segundo de silencio, probó con cautela:

—¿Sigues molesta? Anoche llegué a casa a las once y media. Si no me crees, pregúntale a Lulu. No lograba contactarte y tuve que buscarla a ella. Me dijo que ya estabas dormida.
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