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Capítulo 6

Author: T. Lili
Hacerse la víctima, posar de pobrecita, jugar a la ama de casa perfecta, tender trampas...

Eso lo sabe hacer cualquiera.

Ella también podía.

Bruno sintió que se le atoraba el aire en el pecho y no lograba soltarlo.

—¿Fuiste, fuiste tú quien dejó todo así?

—De verdad no fue a propósito.

—Esto...

A Bruno se le partía el alma. Solo esos objetos rotos valían lo mismo que varias mansiones.

—¿Tienes idea de lo que cuesta todo esto? ¿Pero qué te pasa? Ah, y, ¿cuándo he dicho yo que el niño no tiene papá?

Elena bajó la cabeza de inmediato, fingiendo una expresión lastimera. Si no lo hacía, temía que se le escapara la risa.

Valentina también frunció el ceño. Ella era la esposa legalmente reconocida de Bruno. Todo lo que había allí le pertenecía a medias.

Si no fuera porque todavía no podía publicar relaciones de forma abierta, ya habría obligado a Elena a pagar hasta el último centavo.

Pero en ese momento solo podía tragarse la molestia.

Aun así, forzó una expresión de comprensión.

—Bruno, Elena seguro no lo hizo a propósito. No te enojes. Al final, todo es culpa mía. Si no estuviera embarazada, no habría tenido que mudarme a su casa. Mejor me voy.

—Valentina, no pienses así. Quédate tranquila aquí. Elena tiene certificación de nutricionista avanzada, sabe cuidar muy bien a las personas. Si se te antoja algo o necesitas algo, solo díselo.

Valentina lo miró con ternura:

—Gracias, Bruno.

Elena no pudo evitar poner los ojos en blanco. Verlos actuar era peor que ver una telenovela barata.

Levantó la bolsa de comida y les recordó que comieran primero. Con la casa hecha un desastre, era imposible cocinar.

Además, no estaba tan tonta como para prepararles comida después de conocer la verdad.

No echarles veneno ya era su máxima muestra de misericordia.

Durante la comida, Elena, por estar tan "arrepentida", casi no probó bocado. En realidad, no le gustaban los alimentos precocinados. Ya había quedado con su mejor amiga para cenar en un restaurante caro.

Pero esta comida tenía que pagarla Bruno. No iba a dejarla pasar gratis.

Miró a Bruno.

—Amor, estoy pensando vender las acciones que tengo del Grupo Castillo.

Bruno se alteró de inmediato.

—¿Para qué vas a venderlas?

—Se rompieron muchas cosas en casa y no tengo tanto dinero. Solo puedo vender las acciones para reponer todo. Si no, me sentiría muy culpable.

—No, no estoy de acuerdo.

—¿Por qué?

Bruno desvió la mirada, con el rostro tenso. Por supuesto que no podía decirle la verdad.

Mucho menos confesarle que esas acciones eran clave dentro del Grupo Castillo y que, cuando se cumpliera el plazo de tres años, pasarían a ser bienes compartidos del matrimonio. En ese momento, serían suyas sin mover un dedo.

Así que, por ahora, tenía que aguantar.

Apretó los dientes.

—Somos esposos. ¿Cómo voy a dejar que vendas tus acciones? Usa esta tarjeta adicional. Si necesitas dinero, paga directamente con ella.

—Amor, eres el mejor. Sabía que eras el que más me quería.

Elena sonrió mientras le servía comida a Bruno. De reojo, vio el rostro rígido de Valentina y su ánimo mejoró al instante.

Cinco años tardó en conseguir la tarjeta.

Cuando eran novios, manejaban sus finanzas por separado. Bruno decía que así estarían en la misma sintonía.

Después de casarse, él sí cubría los gastos del hogar, pero solo porque insistió en que ella se quedara en casa, con eso de que el hombre trabajaba afuera y la mujer llevaba el hogar.

Para cuidarlo mejor, incluso sacó la certificación de nutrición avanzada y despidió a la empleada doméstica.

Pensándolo ahora, si no fuera tan sensible al dolor, se daría una paliza a sí misma.

En ese momento, sonó el celular de Elena. Era su amiga. Había mandado la señal acordada de llamada cinco minutos después.

Respondió de inmediato.

—¿Qué pasó?

—¿Tu ex te engañó?

—Está bien. Espérame, voy para allá.

Colgó y se levantó enseguida.

—Amor, Lulu terminó con su novio. Tengo que ir a verla, esta noche no regreso. Mañana irá conmigo a elegir muebles nuevos. Cuida bien de Valentina.

Se levantó sin perder tiempo y se fue rápido. Cada segundo que tardara era una falta de respeto hacia la tarjeta adicional.

Condujo directo al restaurante donde había quedado con Lulu y le contó, con lujo de detalles, todas las mentiras y engaños de ese par.

Lulu pasó una hora entera insultando a Bruno y a Valentina, les dijo de todo menos bonitos y no dejó títere con cabeza.

Cuando terminó, Elena transfirió 500 mil a Lulu desde la tarjeta adicional a través de compras disfrazadas.

—Ayúdame a conseguir muebles de segunda mano casi nuevos. Que el presupuesto no pase de 5 mil. El resto me lo guardas.

—Déjamelo a mí —dijo Lulu mientras encendía un cigarro—. ¿Tu hermano ya sabe todo esto?

Elena se quedó en silencio por un momento y negó con la cabeza.

Desde que Adrián se fue al extranjero, no volvieron a contactarse. No tener noticias era la mejor noticia.

Ese había sido su acuerdo durante años.

Esa noche, Elena se quedó a dormir en el departamento de Lulu.

La familia Méndez tenía dinero de sobra y solo tenían una hija. Sus padres solo le pusieron una condición, no cometer delitos y seguir con vida.

Siempre había una habitación reservada para Elena allí.

Ella era su refugio.

***

A la mañana siguiente, Elena recibió una llamada de su profesora.

La profesora Silvia Ortega era una experta reconocida en nutrición, con su propia columna y programa de radio.

Durante esos dos años de matrimonio, aunque Elena se quedó en casa como ama de casa, además de cuidar a Bruno, participó en investigaciones de nutrición con su profesora.

Trabajaban en nutrición clínica y colaboraban con varios hospitales.

En la llamada, la profesora no explicó nada, solo le pidió que fuera a su casa.

Cuando Elena llegó, la puerta se abrió y la profesora Silvia la recibió con una sonrisa cálida.

—Llegaste. Pasa, siéntate. La comida casi está lista.

—Profesora, ¿me llamó solo para comer?

—Mi esposo, Arturo, pescó unos peces grandes. Sabía que te gusta el pescado, pero temía que no vinieras por cortesía, así que inventé que tenía algo que hablar contigo.

—Con una invitación así, cómo no venir. Gracias por pensar en mí.

—Siéntate un momento. Él también invitó a un estudiante suyo. Debe estar por llegar.

—Está bien.

Elena se sentó en la sala a comer fruta. En la cocina no podía ayudar en nada.

En casa de su profesora, siempre se sentía como una niña inútil.

Justo cuando mordió una fresa, sonó el timbre.

La profesora Silvia asomó la cabeza desde la cocina.

—Elena, ve a abrir. Seguro es el estudiante de Arturo.

Elena respondió y fue enseguida.

Al abrir la puerta, una figura alta y erguida apareció a contraluz.

Camisa blanca, pantalón de vestir. Ropa sencilla, pero imposible de ocultar ese aire frío y distinguido.

Cuando Elena vio su rostro, la respiración se le cortó al instante.

¿Cristian Aguirre?

¿Era él?

¿Él era el estudiante del profesor Arturo?

Qué mala pata tenía.

Cristian estaba de pie en la puerta. Ese día no llevaba lentes. Sus ojos se veían más agudos y profundos.

Al verla, no pareció sorprendido. Apenas levantó una ceja y dijo con voz grave:

—¿La Señorita Elena no piensa dejarme pasar?

Elena se hizo a un lado casi por reflejo, apretando los labios, fingiendo que no lo conocía.

Los ojos de Cristian recorrieron su rostro. Entró con pasos largos, haciendo que el recibidor pareciera estrecho de inmediato.

Como a propósito, la acorraló entre el mueble de los zapatos y la pared. Su figura alta proyectó una sombra opresiva, dejándola sin escapatoria.
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