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Capítulo 3

作者: Jimena G.
Miguel estaba trabajando hasta tarde en el estudio. Eran las once de la noche cuando entré llevándole un vaso de leche.

La puerta no estaba bien cerrada, y alcancé a escuchar su llamada telefónica. Usaba un tono dulce que no había oído en muchísimo tiempo.

—Sí, vete a dormir primero, hablamos mañana. Yo también te extraño.

Colgó la llamada y levantó la vista. Al verme en la puerta, se quedó sorprendido.

—¿Todavía no te has dormido?

—¿Hablas con ese tono tan dulce con todas tus subordinadas?

—Es simplemente mi forma normal de hablar, no te inventes cosas.

Me quedé sin responder y salí de la habitación. Poco después escuché que cerraba la puerta del estudio con firmeza.

Antes nunca la cerraba.

Lo esperé unos veinte minutos. Cuando entró al dormitorio, notó que yo seguía despierta.

—Miguel, necesito contarte algo. Es un don que traigo desde la infancia: cada vez que toco a alguien, logro ver el rostro de la persona que más ama en su interior.

Su mano, que estaba quitándose la chaqueta, se detuvo en seco.

—La primera vez que te toqué, cuando teníamos siete años, vi mi propio rostro.

—Cuando me tomaste de la mano a los dieciocho, era yo. El día que me pediste matrimonio, también era yo.

—La mañana de nuestro tercer aniversario, al rozar tu nuez de Adán, aparecieron dos rostros: el mío y el de Sara.

Siguió un silencio muy largo, hasta que él soltó una risa.

—Qué imaginación tienes. ¿Te aburres mucho sola en casa?

—No estoy jugando. Cada palabra es la verdad.

Su sonrisa se apagó por completo.

—Camila, ¿no estarás muy agotada? ¿Por qué no consultas a un médico?

Me puse de pie y le tomé la mano.

—Déjame tocarte justo ahora. Cierra los ojos y piensa en una persona, yo te diré quién está en tu corazón.

Él retiró la mano de golpe. No fue un movimiento violento, pero sí rotundo.

—¡Basta, Camila! Si tienes algún reclamo, dirígelo contra mí. Sara tiene novio, deja de fantasear, le haces daño con esas sospechas.

Agarró su chaqueta y salió del estudio. Yo me quedé ahí parada por mucho tiempo, con la mano todavía suspendida en el aire.

Volvió a las dos de la madrugada, impregnado del olor a cigarrillo.

Cerré los ojos simulando que dormía. Se acostó con muchísimo sigilo y, al rato, me atrajo hacia su cuerpo.

Cerré mis ojos. En su corazón solo se veía un rostro: el de Sara.

El mío había desaparecido por completo.

Su brazo reposaba sobre mi cintura y su aliento rozaba mi oreja.

Después de veintiún años conociéndolo, era la primera vez que no lograba hallarme a mí misma dentro de él.

Me deslicé suavemente fuera de su abrazo.

Él murmuró algo entre sueños, pidiéndome que no me moviera.

Cuando su respiración se volvió lenta y profunda, me di la vuelta y le di la espalda.

La luz de la luna se filtraba entre las cortinas e iluminaba el tocador.

El mueble permanecía ahí día tras día, pero él jamás se había detenido a observar qué objetos descansaban sobre su superficie.

Cuando ya estaba por amanecer, me levanté, armé una pequeña caja con mis cosas y me instalé en la habitación de invitados.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, vio mis pantuflas apoyadas frente a la puerta de esa habitación.

—¿Por qué duermes allá?

—Anoche no logré dormir, no quería molestarte.

Él solo emitió un murmullo de asentimiento y siguió revisando su celular, sin hacer más preguntas.

Al tercer día de mudarme a la habitación de invitados, me di cuenta de que estaba embarazada.

Acudí al hospital para los estudios y confirmé que tenía seis semanas de gestación.

Guardé la imagen de la ecografía dentro de mi diario y escribí unas palabras en el espacio vacío:

"Cuando llegaste, tu papá ya no me guardaba lugar en su corazón."

Me dirigí a su empresa, pero al llegar al edificio lo vi justo en la entrada: le abría la puerta del auto a Sara.

Ella se agachó para ocupar el asiento del copiloto, el sitio que antes era solo mío.

Antes de subir al vehículo, él le protegió la cabeza con la mano para que no se golpeara con el marco de la puerta. Era un gesto que antes solo reservaba para mí.

—Señor, regrese. —le dije al taxista.

El informe de la ecografía dentro de mi bolso me presionaba el costado, pero no le pedí que se detuviera. Esa noche él volvió a casa. Lo esperaba sentada en la sala.

—Hoy fui hasta tu oficina.

No interrumpió el movimiento de quitarse los zapatos.

—¿Por qué no subiste?

—¿Y qué iba a decir si entraba?

Me lanzó una mirada, con rastros de irritación.

—¿Qué pasa ahora?

—Te vi abrirle la puerta y cuidarle la cabeza para que no se golpeara. Ese detalle antes solo lo tenías conmigo.

Él soltó un largo suspiro.

—Camila, ella es mi asistente. Abrirle la puerta es una cortesía elemental. Tú no eras así antes, eras comprensiva y sensata.

—¿Comprensiva? O sea, todos los gestos que tenías para mí se los puedes repetir a otra persona, y yo no debería molestarme. Si me molesto, es que no soy comprensiva. ¿Es eso lo que quieres decir?

Se frotó el entrecejo, agotado.

—Hoy estoy muy cansado, no quiero pelear contigo.

Entró al estudio y cerró la puerta.

Antes podía hacer la vista gorda ante algunas de sus conductas, pero en ese momento solo me sentía profundamente agotada.

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