Mag-log inEl corazón compatible que llevaba dos años esperando terminó en manos de Alicia García porque mi esposo, Alejandro Guerra, decidió dárselo. El médico me dijo que apenas me quedaba una semana de vida. Así que tomé una decisión: someterme a criopreservación. Dejé establecido que, cuando muriera, mi cuerpo fuera donado al proyecto de investigación de Alicia. El día que firmé la autorización de donación, mi hijo, Enrique Guerra, se lanzó a mis brazos y dijo: —Por fin tú y Alicia hicieron las paces, mamá. Mis padres me felicitaron por haber entendido al fin que entre hermanas había que quererse y apoyarse. Alejandro, aliviado, dijo que por fin había dejado atrás el rencor y había entrado en razón. Yo apenas sonreí. Sí, esta vez sí había aprendido la lección. Iba a devolverle a Alicia mi lugar como hija de la familia García y darles a todos exactamente lo que querían.
view moreCon los ojos enrojecidos, Luz preguntó:—¿Dónde está mi hija? Quiero ver a mi hija.La trabajadora respondió con frialdad:—Su hija ya está dormida. Según las normas, nadie puede verla. Si se interrumpe el experimento de criopreservación, ya no quedará ninguna posibilidad de que vuelva a despertar.Luz se asustó tanto que agitó las manos con desesperación.—No… no interrumpan el experimento. Yo… yo no la voy a ver. No la voy a ver.En el camino, el asistente ya le había explicado a Alejandro con detalle en qué consistía todo aquello.Aunque a él también le parecía una locura, mientras existiera una posibilidad, aunque fuera una entre millones, no quería dejarla escapar.Con los ojos rojos, preguntó:—Isabel… ¿me dejó algo?Solo entonces la trabajadora le entregó un sobre y dijo con indiferencia:—Según las reglas, cada donante le deja a su familia algún recuerdo. La señorita García solo dejó una carta. Llévensela.Apenas tomó el sobre, Alejandro lo abrió de un tirón.Pero en cuanto vio
Alicia volvió en sí de golpe. Se le borró la sonrisa del rostro a toda prisa y dijo, desconcertada:—¿Cómo quieres que me alegre…? Yo… yo no creo que Isabel esté muerta. Seguro que solo está fingiendo para asustarnos.Pero ella sabía perfectamente que Isabel sí había muerto, porque desde la noche anterior ya había recibido en el grupo de trabajo los datos de la donante.Y la donante era Isabel.Solo que, como no había foto, al principio no se atrevió a darlo por hecho del todo.Al pensar en eso, Alicia volvió a echarse a llorar. Le mostró la muñeca a Alejandro. Tenía un raspón en la piel. Con voz lastimera, dijo:—Alejandro, me duele mucho…Alejandro todavía no había hablado cuando Víctor la interrumpió con voz helada:—Tu madre se desmayó y tú ni te inmutaste. Lo único que te importa es ese raspón insignificante. ¿Tienes corazón o no?En ese momento, el asistente ya le había dado a Luz su medicación para el corazón. Pero ella seguía sin despertar.Y, aun así, esa Alicia a la que tanto
En ese momento, en la casa de la familia Guerra.La mano con la que Alejandro sujetaba el celular no dejaba de temblar mientras reproducía el video una y otra vez.En la grabación, el rostro frágil e inocente que Alicia siempre mostraba se veía por completo retorcido por la rabia. Alejandro jamás habría imaginado que aquella aparente flor blanca, tan delicada y pura por fuera, fuera en realidad una planta carnívora capaz de devorarlo todo.Luz y Víctor no estaban mucho mejor.Los dos tenían los ojos enrojecidos. Con la voz temblorosa, Luz dijo:—Nos equivocamos con Isabel… Nos equivocamos de verdad. Rápido… rápido, ve a buscarla. Tengo que decirle que yo estaba equivocada, que fui yo la que estuvo mal…Víctor, ahogado por el llanto, respondió:—Ahora mismo voy a llamar a su médico. Isabel tiene que estar con su médico. Está enojada con nosotros, por eso nos mintió diciendo que había muerto. Sí… tiene que ser eso.Alejandro asintió de inmediato.—Exacto. Ayer todavía me mandó un mensaje
Víctor preguntó, algo sorprendido:—¿Entonces ya la perdonaste?Luz suspiró y dijo:—Amor, ¿no crees que hemos sido demasiado duros con Isabel? Ahora ya aprendió a comportarse. De ahora en adelante, vamos a quererla como se merece y a enseñarle las cosas poco a poco.Víctor asintió.—Yo te apoyo en lo que decidas.En realidad, él nunca había llegado a odiarla tanto. Después de todo, se parecía muchísimo a él.Cada vez que la veía, era como verse a sí mismo de joven.Si no fuera porque ella lo había decepcionado tanto, él tampoco la habría tratado con tanta frialdad ni habría permitido que la castigaran de aquella manera para darle una lección.Los dos se quedaron hablando de cómo compensarla.Sin saber que, en ese mismo momento, Isabel ya había sido encerrada en la cápsula criogénica.Por otro lado, en cuanto Alejandro entró en la mansión de los García, empezó a buscar a Isabel como un loco. Pero, incluso después de poner la mansión entera patas arriba, no logró encontrarla.La llamó u












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