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Capítulo 3

Penulis: Nita Vale
last update Tanggal publikasi: 2026-07-07 16:19:56

Madeleine se quedó con Gladys hasta que los médicos confirmaron que estaba estable. Después tomó las llaves y condujo hasta la oficina de Clarke.

Al llegar, saludó a la recepcionista del mostrador y se preguntó por qué seguía en su puesto a esas horas, pero entonces recordó que era un bufete y que trabajar horas extras era normal. Mabel levantó la mirada de la pantalla con una sonrisa educada.

—Hola. Estoy buscando a mi esposo. ¿Clarke sigue en su oficina?

—Voy a intentar comunicarme con él ahora. —Mabel tomó el intercomunicador y marcó. El teléfono sonó hasta que se cortó la llamada. Lo dejó y levantó la mirada con expresión de disculpa—. Lo siento, señora Robson, no responde. Puede que haya…

—No te preocupes. Iré a comprobarlo yo misma.

Madeleine ya se dirigía hacia las escaleras antes de que Mabel pudiera responder.

Subió deprisa, con los tacones apenas haciendo ruido sobre los escalones alfombrados. Se había imaginado que estaría detrás de su escritorio, trabajando hasta tarde como siempre. Habría una explicación razonable para todas las llamadas que no había contestado.

Llegó a la puerta de su oficina y rodeó el picaporte con los dedos.

Entonces lo oyó. Una voz suave y femenina, lo bastante baja para resultar íntima.

—Tu esposa tiene mucha suerte de poder disfrutar de todo esto cuando quiera.

Después, una risa. Una carcajada masculina y baja que Madeleine reconoció sin necesidad de oír nada más.

—Madeleine no disfruta de nada de esto. Soy todo tuyo.

La mano de Madeleine cayó del picaporte. Sus hombros se hundieron. Retrocedió lentamente, como si el suelo bajo sus pies se hubiera vuelto inestable.

Entonces llegaron los sonidos. Gemidos suaves y después un gruñido. El ritmo inconfundible de dos personas haciendo el amor.

Había oído los rumores. Los había escuchado durante meses y había descartado cada uno de ellos porque confiaba en él. Había elegido confiar en Clarke por encima de todo lo que la gente susurraba a su alrededor, y ahora estaba escuchando la prueba de aquello que se había negado a creer.

—No pares —jadeó la mujer desde el interior de la oficina.

—Quiero tener tus hijos.

—Sí, mi amor. Lo quiero todo contigo. Ninguna otra mujer. Solo tú.

Aquellas palabras atravesaron a Madeleine como algo físico. Todo su cuerpo se estremeció. No podía respirar bien. Agarró el picaporte y abrió la puerta de golpe para verlo con sus propios ojos.

La puerta se abrió de par en par.

Clarke estaba detrás de otra mujer sobre su escritorio. Ella estaba inclinada sobre él. Ambos estaban completamente desnudos. No se dieron cuenta de que Madeleine estaba allí hasta que gritó su nombre.

—¡Clarke!

Él se apartó de inmediato. La mujer se enderezó y se giró. Madeleine le vio el rostro y la reconoció sin ningún esfuerzo.

Katherine.

La novia de Clarke en la universidad. La mujer a la que nunca había dejado atrás de verdad, ni siquiera después de cuatro años de matrimonio. Aquella cuyo nombre se le había escapado de los labios en la cama en más de una ocasión y que él siempre había explicado como un error.

—¿Qué haces aquí? —espetó Clarke mientras ya buscaba sus pantalones.

Madeleine observó cómo Katherine se agachaba y recogía su vestido del suelo con una naturalidad que dejaba claro que aquella no era la primera vez. La vio recoger su ropa interior de entre los documentos esparcidos sobre el escritorio.

—Se supone que deberías estar en casa —dijo él con frialdad.

—Y se supone que tú deberías estar trabajando.

Madeleine sostuvo su mirada. De golpe, todas las noches en que él había llegado tarde y le había dado una excusa se reorganizaron en su mente. Todas las veces que había regresado a casa oliendo diferente, acompañado de excusas poco convincentes.

Katherine se alisó el vestido y miró a Madeleine con un desprecio frío y evidente.

—Precisamente por esto odio venir a tu oficina, cariño —le dijo a Clarke con voz tranquila—. Odio que me interrumpan personas que no saben cuál es su lugar.

—Lo siento, mi amor. —Clarke se volvió hacia Katherine—. Te lo compensaré.

Katherine sonrió y le dio un beso en la mejilla.

Madeleine los miró como si estuviera alucinando. La rabia que la recorrió era tan inmensa que no podía encontrar sus límites. Quería cruzar aquella habitación y hundir las manos en su escritorio. En lugar de hacerlo, permaneció completamente inmóvil y sonrió, porque era lo único que podía controlar en aquel momento.

—Mientras yo permanecía despierta esperando que volvieras a casa para nuestro aniversario, ¿tú estabas aquí con tu amante? —Su voz temblaba—. ¿Viste mis mensajes y mis llamadas, Clarke? ¿Los viste y decidiste no responder?

—Estaba ocupado —respondió sin mirarla de verdad.

Madeleine rio. Fue un sonido breve y vacío.

—Sí. Ya lo veo. Yo también estaba ocupada. Con tu madre.

La expresión de Clarke cambió.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué le pasó a mi madre?

—Tuvo una complicación esta noche. La llevé al hospital. Por eso no dejaba de llamarte. —Madeleine sostuvo su mirada sin vacilar—. No respondiste.

—Dios mío. —Katherine puso de inmediato una mano sobre el brazo de Clarke, mostrándole su apoyo—. Tenemos que ir a verla ahora mismo, Clarke.

Clarke no le dijo nada a Madeleine. Tomó las llaves del escritorio, se arregló la camisa y le tendió la mano a Katherine. Ella la aceptó. Caminaron juntos hacia la puerta como si Madeleine fuera un mueble que debían esquivar.

Madeleine perdió el control y se abalanzó sobre él. Se lanzó hacia delante y empujó con fuerza a Clarke por la espalda, haciéndolo tropezar. Después se giró y le clavó las uñas a Katherine en el brazo con la suficiente fuerza para hacerle daño. Katherine jadeó y trastabilló hacia un lado.

Entonces abofeteó con fuerza a Madeleine.

Clarke sujetó a Madeleine por los brazos, pero ella se retorció entre sus manos, golpeándolo y gritándole que la soltara. Él la empujó hacia atrás.

—¿Qué te pasa? —exigió.

—¿Cómo te atreves? —La voz de Madeleine se quebró—. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¿Cómo te atreves a humillarme así delante de ella?

—Bruja miserable —escupió Katherine, abalanzándose de nuevo hacia ella.

Clarke tiró de Katherine hacia atrás y la rodeó con los brazos, apartándola de Madeleine. Le pasó una mano por el cabello y le dio unas palmaditas en el hombro como si fuera ella quien hubiera sufrido la ofensa en aquella habitación.

—No vuelvas a tocarla —le dijo a Madeleine. Su voz se elevaba cada vez más—. O te prometo que te arrepentirás.

Después salió con Katherine a su lado.

Madeleine se apresuró a seguirlos.

———

Cuando Madeleine entró en el aparcamiento del hospital, sus manos todavía temblaban sobre el volante. No recordaba los últimos minutos del trayecto. El puente que había cruzado por el camino le había provocado pensamientos de los que no se sentía orgullosa: imágenes oscuras y fugaces del coche desviándose por el borde y del agua que había debajo tragándoselo todo. Había apretado el volante con más fuerza y había seguido conduciendo.

Podría haber vuelto a casa. Tenía motivos de sobra para hacerlo. Pero necesitaba saber si Clarke era realmente tan desvergonzado como para llevar a aquella mujer allí.

Los vio a través de la ventana del pasillo antes incluso de abrir la puerta.

Katherine estaba sentada junto a la cama de Gladys, acariciando la mano de la mujer mayor con la ternura de una hija devota. Clarke permanecía detrás de ella con una mano apoyada sobre su hombro.

Madeleine exhaló lentamente y abrió la puerta. El oncólogo entró en la habitación justo detrás de ella.

Clarke se giró de inmediato y se acercó al médico.

—Por favor, dígame que mi madre va a estar bien.

—Señor Robson, me alegra que esté aquí. —El oncólogo abrió el expediente que llevaba en la mano—. Todavía estamos esperando el informe completo de las pruebas de imagen y un último panel de análisis. Sin embargo, según los resultados que hemos recibido hasta ahora, sus marcadores inflamatorios están elevados y sus riñones están sometidos a una presión considerable.

La mandíbula de Clarke se tensó.

—Entonces, ¿los tratamientos no están funcionando?

—Estamos haciendo todo lo posible para estabilizarla en este momento —respondió el médico con firmeza—. Cuando recibamos las pruebas de imagen completas, podremos hablar debidamente de los siguientes pasos.

El oncólogo se disculpó y salió de la habitación.

Clarke regresó junto a la cama y se quedó de pie ante su madre con una tristeza que Madeleine no había visto en su rostro desde hacía mucho tiempo. Parecía un hijo asustado. Ella lo entendía. Había perdido a su padre hacía menos de un año, y su madre era la única progenitora que le quedaba. Aquel no era el momento de hablar sobre lo que había ocurrido en la oficina. Así que Madeleine retrocedió en silencio y salió de la habitación. Se sentó en la silla colocada junto a la pared del pasillo, cruzó las manos sobre el regazo y esperó.

Pasaron varios minutos. Entonces, un grito de alegría atravesó el silencio del pasillo.

Madeleine ya estaba de pie antes de que el sonido terminara. Abrió la puerta y entró.

—¡Está despierta! —Katherine estaba pegada a Clarke y le sujetaba el brazo con una mano.

Clarke se inclinó y presionó el botón de llamada del panel de la pared. Dos enfermeras aparecieron en cuestión de segundos y se acercaron rápidamente a la cama para examinar a Gladys.

Madeleine dio un paso adelante. El alivio la recorrió mientras veía que los dedos de Gladys comenzaban a moverse sobre las sábanas. Después, sus ojos se abrieron lentamente al principio y luego por completo.

Las enfermeras trabajaron para estabilizarla. Cuando le retiraron con cuidado el respirador de la boca y los pitidos más urgentes se calmaron, Clarke se inclinó y besó a su madre en la frente.

—Mamá —dijo con la voz ligeramente quebrada.

Tomó la mano de Gladys entre las suyas.

—Siento no haber estado aquí.

Gladys lo miró. Después, desplazó la mirada hacia la derecha y la posó sobre Katherine. Su rostro cambió por completo. El agotamiento desapareció y fue sustituido por una emoción y una calidez que nunca había dirigido hacia Madeleine en todos los años que habían vivido bajo el mismo techo.

Abrió los brazos.

—Ay, querida —murmuró Gladys mientras atraía a Katherine hacia ella—. Estás aquí.

Besó a Katherine en la frente y la abrazó.

—Me alegra mucho que esté despierta —dijo Madeleine desde donde se encontraba—. Ha sido una noche aterradora.

Nadie se volvió hacia ella. Nadie reconoció que había hablado. Clarke mantuvo los ojos sobre su madre. Katherine siguió sosteniendo la mano de Gladys. Los tres ocupaban la habitación como si Madeleine estuviera al otro lado de un cristal.

De pie en aquella habitación, Madeleine finalmente aceptó que nunca sucedería. Era una intrusa en aquella familia. Siempre lo había sido.

Había amado a Clarke Robson con todo lo que tenía. Y él se lo había entregado todo a otra persona.

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