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Capítulo 4

ผู้เขียน: Nita Vale
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-07 16:20:24

Madeleine lanzó el teléfono contra el tocador en cuanto llegó a casa.

Golpeó la superficie y cayó al suelo con estrépito. La pantalla se quebró con el impacto. Se sentó en el borde de la cama, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando como si algo dentro de ella intentara liberarse. Después de un momento, recogió el teléfono. La pantalla apenas seguía funcionando, pero todavía servía.

Marcó el número de su madre.

Beatrice respondió al segundo tono. Pero en cuanto se conectó la llamada, Madeleine lo recordó. Su madre se lo había advertido. Se lo había dicho claramente y más de una vez antes de la boda.

—Te está obligando a renunciar a tus sueños para convertirte en ama de casa, Madeleine. Quiero algo mejor para ti. No quiero que termines como yo.

Madeleine no la había escuchado. Había estado tan consumida por lo que sentía por Clarke que las palabras de su madre la atravesaron sin dejar huella. Clarke le había propuesto que dejara de trabajar. Le había dicho que podía hacerse cargo de todo, que no quería que tuviera que compaginar un empleo con la familia cuando estuvieran preparados para tener hijos. Ella había aceptado sin dudar. Le había creído. Y ahora ese mismo hombre había estado en su oficina con otra mujer, diciéndole que quería formar una familia con ella.

—¿Hola? Madeleine, ¿estás ahí? —llamó Beatrice desde el otro lado.

Madeleine colgó y lanzó el teléfono sobre la cama.

Un grito escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Se cubrió la boca con una mano mientras la idea de lo fácil que había sido dejarse llevar le oprimía el pecho.

Entonces la puerta se abrió. No necesitó darse la vuelta. Su colonia le llegó antes que sus pasos. Clarke entró en silencio, dejó las llaves sobre la mesa auxiliar y fue directamente al armario para cambiarse. Se movía por la habitación como si nada hubiera ocurrido. Como si las últimas horas hubieran sido completamente normales.

Madeleine levantó la cabeza y lo miró.

—¿Me humillaste?

Clarke se giró. Caminó lentamente hacia ella y se detuvo a poca distancia.

—Madeleine…

—Pensé que estábamos pasando por una etapa difícil. Pensé que estabas bajo presión por el ascenso y las largas jornadas. ¿Pero has estado teniendo una aventura todo este tiempo? —Tartamudeó al pronunciar la última palabra.

La mandíbula de Clarke se tensó. No parecía arrepentido. Parecía que lo estaban interrogando sobre algo que consideraba indigno de discusión.

Madeleine se puso de pie y acortó la distancia entre ellos.

—Respóndeme, Clarke. ¿Por qué me humillaste así? La llevaste al hospital. Saliste delante de mí tomándola de la mano. Sabes lo que tu madre ya piensa de mí y aun así…

—¡Madeleine! —Su voz salió lo bastante fuerte como para hacerla estremecer.

Ella se recompuso.

—¿Todavía me amas?

Ya sabía lo que iba a decir porque había hecho aquella pregunta un millón de veces y nunca había recibido una respuesta concreta. Pero una parte de ella lo sabía desde hacía más tiempo del que estaba dispuesta a admitir. Aun así, preguntó porque el último resto de esperanza al que se aferraba necesitaba oírlo directamente antes de poder soltarlo.

—Amo a Katherine —dijo Clarke—. Ella lo es todo para mí.

Las piernas de Madeleine le fallaron. Se agarró del brazo de Clarke para no caer. Él no intentó sostenerla. No se movió para ayudarla a recuperar el equilibrio ni siquiera la miró de verdad. Madeleine se aferró a su manga, levantó la mirada hacia su rostro y lo vio girar la cabeza. Lo soltó y se dejó caer en la silla más cercana.

Sin importar cuántas veces Clarke le dijera que no la amaba, ella se negaba a aceptarlo. Sus oídos solo podían recordar las palabras que él había usado cinco años atrás, cuando se conocieron y ella acababa de terminar la universidad. Le había dicho que brillaba como la miel en un día soleado.

Madeleine había trabajado como barista en la cafetería cercana al bufete donde Clarke era asociado júnior. Él iba tan a menudo como podía encontrar una excusa para hacerlo. Ella intercambiaba turnos con sus compañeros solo para estar allí cuando llegara. Aquel hombre había sido una vez el más dulce que había conocido.

—Me dijiste que me amabas —dijo en voz baja—. Me dijiste que querías construir una vida conmigo. No puedes darme la espalda después de tantos años juntos como si no hubieran significado nada. ¿Qué tiene ella que yo no tenga?

Clarke exhaló.

—Estás siendo patética, Madeleine. Katherine es una mujer mejor de lo que tú llegarás a ser jamás. Es la mujer que quiero a mi lado. Mírate. Engordaste después de la boda y dejaste de esforzarte por completo. Ni siquiera sabes vestirte bien para salir a cenar. ¿Qué creías exactamente que iba a pasar? —Negó con la cabeza—. Por eso dejé de llevarte conmigo a todas partes.

Se sentó en el borde de la cama y comenzó a quitarse los zapatos y la camisa como si la conversación ya hubiera terminado.

Madeleine permaneció sentada frente a él sin decir nada. No había esperado una crueldad como aquella. Había esperado ira, evasivas, excusas.

—¿Los cuatro años… quiero decir, los cinco años que te di no significaron absolutamente nada para ti? —preguntó.

—Nada, Madeleine. —La miró directamente al decirlo—. Has sido como una carga de la que he tenido que ocuparme. Y ahora quieres que te felicite por cuidar de mi madre como si yo no me ocupara de toda tu familia.

Él había sido quien le pidió que dejara de trabajar. Quédate en casa, le había dicho. Yo me encargaré de todo. La madre de mis hijos no debería matarse trabajando de un empleo a otro. Ella había creído que aquello era amor. Ahora comprendía que solo había sido control, una forma de asegurarse de que, cuando llegara el momento, no tuviera adónde ir.

Madeleine se estremeció como si algo la hubiera golpeado físicamente.

—¿Esto es lo que piensas de mí?

Clarke comenzó a bajarse la cremallera de los pantalones.

—Bien —dijo ella. Su voz se estabilizó—. ¿Quieres que me vaya? Quiero el divorcio.

Las manos de Clarke se detuvieron.

No había esperado escuchar aquella palabra de su boca.

Siempre había supuesto que, si alguna vez llegaban a ese punto, ella sería quien le suplicaría que se quedara. Permaneció completamente inmóvil durante un momento. Después decidió que estaba fingiendo. La gente decía cosas cuando estaba herida. Antes de que amaneciera, ella iría a buscarlo.

—De acuerdo —murmuró.

Terminó de desvestirse y fue directamente al baño. La ducha comenzó a correr.

Madeleine miró su mano izquierda. Se quitó lentamente el anillo de bodas y lo dejó sobre la mesa a su lado. Lo observó allí. Las lágrimas amenazaron con caer y las contuvo todo lo que pudo.

Pero terminaron cayendo de todos modos. Rodaron por su rostro y su cuerpo tembló por el esfuerzo de contener cualquier sonido. Se las secó con el dorso de la mano y permaneció sentada en el silencio de la habitación, escuchando correr el agua al otro lado de la puerta.

Por primera vez en cuatro años, no fue tras él.

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