Después del divorcio, mi éxito se convirtió en su arrepentim

Después del divorcio, mi éxito se convirtió en su arrepentim

last updateZuletzt aktualisiert : 12.08.2026
Von:  Nita ValeLaufend
Sprache: Spanish
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Zusammenfassung

Drama

Ritmo Rápido

POV en tercera persona

Protagonista femenina fuerte

Divorcio

Arrepentimiento

Segunda Oportunidad

Madeleine le dio a Clarke todo: cuatro años de matrimonio, lealtad y un amor que ella creía eterno. Pero entre la traición, las promesas rotas, la interferencia de su suegra y el dolor de encontrarlo con otra mujer, Madeleine eligió el divorcio y se marchó sin nada más que su nombre y su dignidad. Seis años después, la exesposa a la que Clarke subestimó ha regresado convertida en una mujer exitosa. Madeleine ahora es Gerente sénior en Blackwell Meridian Group, la firma de consultoría más poderosa del país, y la carrera de ella está ascendiendo más rápido que nunca. Clarke, el exmarido que juró que Madeleine no sobreviviría sin él, aparece de nuevo con una propuesta desesperada. Para conseguir el ascenso que tanto desea, Clarke necesita la aprobación de Madeleine. Y ahora ella tiene el poder de decidir el futuro de él. Mientras Clarke lucha contra el arrepentimiento e intenta recuperar a la mujer que perdió, él no sabe que Madeleine ha guardado un secreto capaz de cambiarlo todo. Entre un poderoso director ejecutivo decidido a conquistarla, viejos sentimientos que resurgen y una segunda oportunidad que llega demasiado tarde, Madeleine tendrá que elegir entre el hombre que le rompió el corazón y el futuro que ella construyó para sí misma. ¿Puede un amor destruido por la traición renacer después del divorcio?

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Kapitel 1

Capítulo 1

Hubo un tiempo en que Clarke no podía dejar de mirarla. Ahora apenas la veía.

Madeleine recordaba el primer día que él entró en la cafetería. Afuera llovía y tenía los hombros húmedos. Llevaba el desamor escrito en todo el rostro. Clarke le sonrió en cuanto la vio, y ella le devolvió la sonrisa, casi dejando caer la bandeja que llevaba en la mano. Madeleine vestía una camiseta rosa con las palabras (No rompas mi corazón) impresas en la parte delantera, lo cual era una completa coincidencia, y cuando él lo notó, soltó una risa suave.

—¿Qué es tan gracioso? —Madeleine bajó la mirada hacia sí misma y después volvió a mirarlo.

—Esa camiseta que llevas —respondió él—. Qué pena que me acaben de romper el corazón.

Clarke le pidió que se sentara con él solo un minuto y ella aceptó. Un minuto se convirtió en casi veinte, y casi la despidieron por eso. No le importó en lo más mínimo. Al día siguiente, él regresó con girasoles. Ella solo los había mencionado una vez. Clarke se había acordado. Y cuando, un año después, le propuso matrimonio en un globo aerostático durante un viaje a Turquía, tal como ella siempre había soñado, Madeleine dijo que sí antes de que él terminara la frase.

Ese era el hombre con el que se había casado.

—Aquí tienes tu café, tía. —Madeleine extendió la mano con la taza, con la cabeza inclinada respetuosamente.

—Ponlo ahí mismo. —La señora Gladys señaló el espacio vacío sobre la mesa sin levantar la mirada de la revista que tenía en la mano.

Madeleine dejó la taza y se quedó de pie, esperando. La señora Gladys siempre insistía en probar el café mientras Madeleine seguía allí, y aquella larga espera la ponía tensa cada mañana. Había empleadas domésticas en la casa para encargarse de las tareas generales, pero Gladys prefería mantener ocupada a Madeleine desde el día en que se mudó a la casa.

Clarke había insistido en que su madre se mudara con ellos seis meses antes, después de que le diagnosticaran cáncer de páncreas. No había dudado, aunque sabía lo que su madre sentía por Madeleine. Ella no había dicho nada para oponerse.

Gladys tomó la taza, dio un sorbo y volvió a dejarla.

—¡Nunca aprendes! ¡Una cucharadita de leche y nada de azúcar!

Alzó la voz con brusquedad.

—Lo preparé exactamente como me pediste…

—¿Me estás contestando? —Gladys entrecerró los ojos y lanzó la taza. Esta golpeó el borde de la mesa y se hizo añicos en el suelo. Madeleine jadeó y todo su cuerpo se puso rígido. Limpió el suelo y recogió los pedazos rotos. Un borde afilado le cortó el dedo.

—Ay —se quejó.

—No puedes hacer una sola cosa sencilla sin crear otro desastre —se burló Gladys.

Se oyeron pasos en las escaleras. Clarke bajó vestido con un traje gris, como si nada le preocupara. Madeleine se quitó el delantal y se apresuró hacia él.

—Clarke. Te puse un plato. ¿Quieres sentarte?

Él pasó de largo y besó a su madre en la mejilla.

—¿Por qué estás alzando la voz? Sabes que no te hace bien.

—Tu esposa no deja de forzarme las cuerdas vocales —se quejó Gladys—. No consigo que haga una sola cosa correctamente.

Madeleine permaneció de pie y esperó. Por una vez, quería que Clarke se pusiera de su lado sin que ella tuviera que pedírselo.

—Deberías ser un poco más tolerante con ella —dijo Clarke mientras acercaba una silla a su madre—. Sabes que eres difícil de complacer.

No era suficiente, pero era algo. Madeleine se sentó junto a él y no dijo nada. Comieron en silencio hasta que Clarke empujó la silla hacia atrás.

—Tengo una reunión dentro de veinte minutos.

—Espera. —Madeleine se levantó y fue tras él—. La cita con la doctora Stacy. Te lo dije hace días. Ella dijo que todavía tenemos una oportunidad si actuamos rápido…

—Cancélala —dijo él sin levantar la mirada.

—Esta es la tercera vez, Clarke.

—La reprogramaremos.

—No podemos seguir reprogramándola… —Madeleine se interrumpió—. ¿De verdad quieres tener un bebé? Dímelo claramente. Porque estoy empezando a pensar que la respuesta es no y que simplemente no lo has dicho.

Clarke permaneció en silencio durante un momento. Después respondió:

—Ahora no. No quiero hijos ahora. Estoy en un momento crítico de mi carrera. Déjalo ya.

Salió y la puerta se cerró de golpe detrás de él.

Durante todo su matrimonio, Madeleine lo había intentado todo. Distintos médicos, distintos métodos; todo en silencio y todo sola. Había creído que un hijo suavizaría las cosas entre ellos. Que haría que Clarke volviera a ella.

Se quedó de pie en el pasillo durante un largo momento después de que la puerta se cerrara. Entonces oyó voces que llegaban desde la entrada de la casa. Un chillido familiar y el sonido de pequeños pies sobre las baldosas.

—¡Mis bebés!

Madeleine se enderezó y caminó hacia el sonido.

Kalina, la hermana mayor de Clarke, estaba de pie en la sala de estar con sus hijos gemelos, ambos ya entre los brazos de Gladys. Cuando Kalina y Gladys levantaron la mirada y vieron a Madeleine, sus rostros se volvieron inexpresivos. Madeleine decidió sonreír de todos modos.

—Hola, niños, ¿cómo están los dos? —Se agachó y abrió los brazos hacia ellos.

Gladys se movió con rapidez. Atrajo a los niños hacia ella y los llevó hasta el sofá a su lado, alejándolos de Madeleine. Ella volvió a enderezarse y se acomodó el vestido.

—Bienvenida, Kalina. Me alegra verte —dijo con amabilidad.

Kalina no respondió. Se dio la vuelta y se sentó junto a su madre como si Madeleine no hubiera hablado en absoluto.

Madeleine se aclaró la garganta.

—Voy a salir ahora, tía.

—¿Y adónde crees que vas? —exigió Gladys.

—Tengo una cita con…

—Ahórratelo —la interrumpió Gladys—. Tenemos invitados, ¿y quieres desaparecer? ¿Quién va a atenderlos?

—Hay personal en la casa —respondió Madeleine con cuidado—. Estoy segura de que todos estarán bien atendidos sin mí.

La bofetada llegó antes de que terminara la frase. La palma de Gladys golpeó su mejilla y el sonido restalló en la habitación. Madeleine giró la cara hacia un lado. Se quedó completamente inmóvil mientras llevaba lentamente una mano a la mejilla ardiente.

—¿Cómo te atreves a contestarme? —se burló Gladys.

—Culpa a Clarke, mamá —añadió Kalina, negando con la cabeza mientras soltaba una risa breve—. Le dio demasiado poder.

Madeleine bajó la mirada. No había nada que pudiera decir que la ayudara en aquella sala.

—Mi nieto quiere una tarta —anunció Gladys—. Ve a preparársela.

Se dio la vuelta y se marchó con Kalina caminando a su lado. Ambas ya estaban sumidas en una conversación, como si Madeleine no siguiera allí de pie con la huella roja de una mano en la cara.

Madeleine se alisó el vestido con ambas manos y susurró:

—Señor, por favor, dame fuerzas para seguir adelante.

Fue a la cocina y comenzó a preparar la tarta. Cuando estuvo lista y estaba sobre la encimera, oyó un estruendo al otro lado de la cocina, seguido del grito de un niño. Corrió hacia el sonido. Jay, uno de los gemelos de Kalina, estaba en el suelo al fondo de la cocina, gritando y sujetándose la pierna.

Madeleine se arrodilló de inmediato a su lado.

—Jay, ¿qué pasó? ¿Te duele aquí? —Deslizó suavemente las manos por la pierna del niño.

—¡Mi bebé! —Kalina apareció en la puerta y Gladys entró justo detrás de ella, jadeando.

Kalina agarró al niño y lo apartó de las manos de Madeleine.

—¿Qué le hiciste?

—Lo encontré en el suelo. Solo lo oí…

—¡Maldita mentirosa! —gritó Gladys.

—Lo hiciste deliberadamente —acusó Kalina—. Intentaste hacerle daño a mi hijo porque no puedes tener uno propio.

—Eso no es verdad…

—No toques a mi hijo. —Kalina estrechó al niño contra ella y se dio la vuelta—. Aléjate de nosotros.

Gladys se colocó directamente frente a Madeleine.

—Eres despreciable. ¿Así piensas formar parte de esta familia, haciendo daño a los niños? Qué mujer tan miserable eres.

Se dio la vuelta y salió. Kalina la siguió con Jay en brazos.

Madeleine se quedó sola en la cocina. El insulto por no tener hijos le ardió más que la mejilla. Tomó el teléfono y marcó el número de la doctora Stacey.

—De verdad necesito verla hoy. Por favor, si puede encontrar un espacio para atenderme.

La doctora Stacey aceptó antes de que Madeleine terminara la frase.

—¿Cuánto tiempo llevan intentándolo? —preguntó la doctora Stacey mientras abría el expediente que tenía delante.

—Casi tres años —respondió Madeleine en voz baja.

La doctora Stacey dejó el expediente.

—No hay indicios inmediatos de infertilidad por su parte. Usted puede concebir. Pero su ventana de ovulación es estrecha y la concepción requiere constancia y cooperación por parte de su pareja.

Los dedos de Madeleine se apretaron sobre su regazo. Clarke, por supuesto, era la parte más difícil de todo aquello.

—No parece estar bien —dijo la doctora Stacey con cuidado—. Estas circunstancias desgastan. Si alguna vez necesita hablar con alguien…

—No ocurre nada —dijo Madeleine rápidamente—. Mi esposo y yo estamos perfectamente bien. —Se puso de pie—. Gracias por su tiempo, doctora.

Se dirigió hacia la puerta y casi tropezó al salir.

Todos a su alrededor parecían saber que su matrimonio se estaba desmoronando. Ella era la única que seguía insistiendo en lo contrario. Pero no iba a dejar en manos de Clarke su oportunidad de tener una familia. Iba a encargarse de aquello por sí misma.

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