INICIAR SESIÓNLa iglesia estaba colmada de invitados, luces y murmullos amortiguados por la solemnidad del momento. El incienso flotaba con delicadeza entre los vitrales, mientras Nathaniel Ashcombe, marqués de Ravenshire e hijo del poderoso duque de Blackmoor, aguardaba con expresión severa frente al altar.
Con el porte inconfundible de un húsar, vestía el ceñido dolman azul oscuro bordado con hilos dorados que resaltaban cada movimiento de sus hombros rectos. El sable colgaba a su costado con natural autoridad, y la faja carmesí, anudada en su cintura, acentuaba la elegancia de su silueta marcial. No había en él nada de la pompa vacía de los salones: era el soldado forjado en campaña, el oficial cuya sola mirada inspiraba obediencia. Lucía impecable en su atuendo de ceremonia, pero sus pensamientos estaban lejos de la liturgia. Recordaba, con un amargo rictus en los labios, la conversación que lo había llevado a aquel altar: —Te casarás con la hija del conde de Fairburn —le había dicho su padre sin rodeos, tras cerrarse la puerta del estudio. —¿Evelina Langley? ¿La niña pecosa que lloraba cada vez que le hacíamos una broma? —protestó Nathaniel, incrédulo. —Justamente esa. Ya no es una niña, y tú no eres un jovencito travieso —replicó el duque con voz de trueno—. Es un enlace conveniente. Fairburn está en ruinas, pero tiene apellido y necesidad. Nosotros tenemos riquezas y tierras, pero necesitamos sangre nueva. Y tú necesitas poner en orden tus deberes. Un heredero, Nathaniel. Eso es lo que se espera de ti. —No puedo —replicó con firmeza, conteniendo la furia—. Tengo mi puesto en el regimiento, lo he ganado con mi propio esfuerzo. He servido con honor. No abandonaré el ejército solo para cumplir un capricho tuyo. El duque soltó una carcajada seca, cargada de desdén. —¿Capricho? Ya hablé con tus superiores. Tu retiro ha sido firmado. Desde este momento, el ejército ya no cuenta contigo. Nathaniel lo miró con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo la sangre le hervía en las venas. —¿Cómo te atreves…? ¡Ese lugar era mío! ¡Me lo gané sin tu ayuda! —Te lo permití —corrigió el duque, avanzando un paso, con su sombra imponiéndose sobre él—. Todo lo que tienes lo debes a este nombre. Y ahora tu deber es perpetuarlo. No eres un soldado, eres un Ashcombe. Recuerda bien eso. Nathaniel apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Durante un instante pensó en rebelarse, en gritar que no obedecería. Pero el peso del honor y de la obediencia inculcados desde niño lo encadenaron. Rebelarse era deshonrar el apellido. Y allí estaba ahora, frente al altar, con la rabia clavada en su pecho como un hierro candente. Odiaba a su padre por robarle lo único que había sido suyo. Y odiaba a Evelina, aunque injustamente, porque era ella quien simbolizaba la jaula en la que lo habían encerrado. La música cambió. Todos se pusieron de pie. La novia entró del brazo del conde de Fairburn. Caminaba con dignidad, pasos firmes, mentón en alto. El vestido de encaje blanco abrazaba su figura esbelta y curvilínea con elegancia. El velo cubría su rostro parcialmente, dejando escapar algunos rizos castaños alrededor del cuello. Incluso desde lejos, Nathaniel notó cómo cada movimiento irradiaba seguridad y rebeldía. Cuando llegaron al altar, el conde levantó el velo con manos temblorosas y besó a su hija en la mejilla con una mezcla de orgullo, tristeza y resignación. Fue entonces cuando Nathaniel la vio de verdad. No había rastro de la niña llorona que él recordaba. Frente a él estaba una joven de ojos grandes, oscuros y brillantes como ónix, con labios curvados en una mueca más retadora que sonriente. Su mirada era directa, intensa, indómita… y no había un atisbo de sumisión. Nathaniel sintió un golpe seco en el estómago. Aquella mirada le resultaba más peligrosa que cualquier duelo que hubiera librado. Era atracción y resentimiento, desafío y amenaza, todo a la vez. Se obligó a respirar profundamente, recordando a su padre y la obligación que pesaba sobre él: proteger el nombre de la familia, asegurar la línea de sucesión, mantener el poder y la riqueza intactos. No podía permitir que sus deseos personales lo apartaran de esa responsabilidad. Por eso obedecía, aunque cada fibra de su ser quisiera huir, aunque cada latido de su corazón dudara de lo justo de aquella unión. Durante toda la ceremonia, Evelina mantuvo la barbilla alzada y la mirada fija en él, como si cada palabra del ritual fuera una sentencia recitada con rabia contenida. Y él… él no podía dejar de mirarla, consciente de la guerra silenciosa que comenzaba con aquella unión. Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, y él se inclinó para besarla brevemente, Nathaniel comprendió que la boda, lejos de marcar el fin de su libertad, era el inicio de un conflicto que ni él ni Evelina podrían evitar. Una guerra… que ya no estaba seguro de querer ganar.Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de
El viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu
El silencio que quedó tras la partida del duque era espeso, como si la casa misma contuviera la respiración. Isolda lo sentía en las paredes, en el crujir de la madera, en cada eco lejano de pasos que se apagaban antes de llegar a ninguna parte. Sin proponérselo, sus pies la llevaron a la biblioteca. Allí, reclinada en un sillón junto a la ventana, estaba Aurelia. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos no seguían las líneas. No había concentración en ellos, solo un vacío distante. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Isolda desde el umbral, con una voz tan suave que parecía no querer romper el aire que las separaba. Aurelia alzó la vista despacio, como si esa pregunta hubiera tardado en atravesar las capas de su distracción. Un destello de aburrido desinterés cruzó su rostro. —¿Por qué hice qué? —replicó, casi con desgana. Isolda entró, sus dedos rozando distraídamente el lomo de los libros mientras avanzaba por la estancia
A la mañana siguiente de su regreso de Londres, el duque avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, la determinación marcada en cada línea del rostro. Sus pasos resonaban como golpes de tambor hasta que se detuvo frente a la habitación de Nathaniel y Evelina. Llamó con fuerza. Silencio. Golpeó de nuevo, más fuerte. —Abran. Soy yo —ordenó con voz de mando. Nada. La mandíbula se le tensó. “Me está ignorando”, pensó, y un calor de ira comenzó a treparle por el cuello. —¡Nathaniel! —tronó, elevando la voz—. Desde el día en que naciste tienes responsabilidades. No solo por tu título, también por tu herencia. ¡No puedes dejarlo todo tirado para quedarte encerrado con tu estúpida esposa! Su tono se volvió un látigo: —El ducado no se mantiene solo. —No pienso tolerar que me avergüences descuidando tus deberes. —¡Sal de ahí ahora mismo y compórtate como el heredero que se supone que eres!
El tercer día en la mansión transcurrió sin incidentes, aunque el ambiente seguía cargado de tensión. Isolda mantenía la rutina como si todo estuviese en orden, y nadie se atrevía a cuestionar demasiado. Nathaniel y Evelina continuaban, según la versión oficial, encerrados en su habitación: ella supuestamente enferma, él vigilante y desconfiado. Los criados evitaban el ala este por temor a una discusión violenta. La sola posibilidad de presenciar otra escena entre los recién casados bastaba para que todos caminaran en puntillas. Solo Maggie, la doncella de Isolda, se acercaba a la puerta con las bandejas de comida, y aseguraba que alguien las tomaba desde adentro. Nada más. En medio de ese silencio expectante, el carruaje del duque apareció por la reja principal poco antes del mediodía. Su regreso fue tan repentino como su partida. No pidió ser anunciado. Apenas cruzó la entrada, avanzó directamente hacia su despacho y cerró la puerta tras de sí. El air
La mañana amaneció clara y luminosa, y el comedor menor de la mansión estaba dispuesto como de costumbre para el desayuno. Un aroma tibio de pan recién tostado flotaba en el aire. Isolda se encontraba ya sentada, con la serenidad de siempre, degustando su té y una rebanada de pan con miel. Frente a ella, Lydia y Celia cuchicheaban en voz baja mientras escogían fruta fresca de una bandeja de plata. La puerta se abrió de golpe. Aurelia irrumpió con el ceño fruncido y la mirada encendida de cólera. Caminó con paso firme hasta la mesa y, sirviéndose ella misma una taza con movimientos bruscos, lanzó su pregunta con voz cortante: —¿Qué pasó anoche? Isolda levantó la vista de su plato, arqueando una ceja con calma. —¿De qué hablas, Aurelia? —preguntó con voz neutra. —No me vengas con rodeos, Isolda —la interrumpió, golpeando la cucharilla contra el platillo con tanta fuerza que el sonido metálico heló la sangre de las muchachas—. Lo único







