LOGINEl gran salón de Blackmoor Hall estaba colmado de luces, música y risas. Las paredes, cubiertas de tapices antiguos, parecían reverberar con la algarabía del banquete nupcial. Las largas mesas estaban adornadas con candelabros de plata, arreglos florales en tonos marfil y vino, y copas de cristal tallado que reflejaban la luz como estrellas atrapadas. Todo era una exhibición de opulencia cuidadosamente dispuesta para honrar al duque y demostrar, una vez más, el poder de la casa Ashcombe.
Nathaniel, rígido en su asiento principal, contemplaba la escena con el mismo gesto severo que había mostrado en la iglesia. El vino corría, las carcajadas se elevaban, y los brindis resonaban en honor a su “feliz unión”. Sin embargo, él se sentía un invitado más, un actor obligado a representar un papel escrito por su padre. Evelina, a su lado, mantenía la barbilla erguida, sin perder un ápice de la dignidad que había mostrado durante la ceremonia. Su vestido resaltaba entre las damas presentes, pero no era la tela lo que atraía las miradas, sino la firmeza de su porte y la intensidad de sus ojos. Había en ella una seguridad que incomodaba a muchos y fascinaba a otros. Los invitados los observaban con expectación: algunos cuchicheaban al verlos juntos, otros buscaban en cada gesto una señal de la futura relación entre el marqués de Ravenshire y la hija de un conde arruinado. Un murmullo persistente recorría el salón, mezcla de curiosidad y crítica velada. Nathaniel sintió cada mirada como un recordatorio de la prisión en que estaba atrapado. Obligado a alzar su copa, brindaba por un destino que no había elegido. Evelina, en cambio, parecía disfrutar del escrutinio: miraba de frente a quienes la observaban, como si desafiara a cualquiera a menospreciarla. Hubo un instante en que sus miradas se cruzaron. Nathaniel sostuvo sus ojos oscuros y brillantes, y en ellos encontró el mismo desafío que lo había golpeado en el altar. No eran dos recién casados, eran adversarios en un duelo silencioso, bajo el aplauso y las sonrisas de toda la nobleza. Evelina no sonreía; apenas curvaba los labios en un gesto ambiguo, mitad cortesía, mitad reto. Él desvió la vista hacia el gran estrado donde se encontraba su padre. El duque, erguido como un monarca en su trono, recibía las reverencias y halagos con la arrogancia de quien sabe que controla cada pieza del tablero. Nathaniel comprendió que todos estaban allí para celebrar no su matrimonio, sino la victoria del duque: había logrado asegurar otra alianza conveniente, otra jugada más para afianzar su poder. La música se elevó y algunos invitados comenzaron a ocupar la pista de baile. Una pareja de ancianas comentaba, lo bastante cerca como para que él las oyera: —Dicen que no parecía complacido en la iglesia… —Pues mírala a ella, qué altiva. Será interesante ver quién doblega a quién. Nathaniel apretó la mandíbula, conteniendo la rabia. Evelina, sin embargo, había escuchado también, y en lugar de incomodarse, dejó escapar una sonrisa apenas perceptible, como si las palabras fueran un halago. El banquete continuaba, pero para Nathaniel cada risa, cada aplauso y cada comentario era una cadena más. Mientras, Evelina parecía crecer en medio de esa atmósfera, alimentándose del desafío. Era evidente que la guerra que había comenzado en la iglesia no había quedado atrás: se había instalado en el corazón mismo de Blackmoor Hall, y todos los presentes eran testigos de su primer campo de batalla. El Duque de Blackmoor, sentado al otro extremo de la mesa principal, observaba a la pareja con una sonrisa que parecía más una máscara que un gesto sincero. En cierto momento, se volvió hacia el conde de Fairburn, que reía animadamente tras beber una copa de oporto. —Mi querido Fairburn, puedes estar tranquilo —dijo el duque con una voz grave y cálida—. Yo personalmente me encargaré de que a tu hija no le falte absolutamente nada. Los deberes… correspondientes serán cumplidos con total esmero. El conde sonrió ampliamente y asintió con efusividad. —Eso me alivia, Blackmoor. Siempre has sido un amigo leal. Confío en que guiarás a Nathaniel en esta nueva etapa. Evelina es todavía tan joven… Nathaniel escuchó el intercambio sin darle mayor importancia, más centrado en la mano de Evelina, que reposaba con una delicadeza que lo perturbaba sobre el mantel. Había algo en su esposa que no coincidía con sus recuerdos. Nada quedaba de la niña pecosa y gritona que solía evitar. Ahora, sentada a su lado, irradiaba una belleza sutil pero desafiante, como una llama cuidadosamente contenida. Cuando el primer minueto fue anunciado, Nathaniel se puso de pie con rigidez y ofreció la mano a su esposa. —¿Me concede este baile, Lady Ravenshire? Evelina lo miró por un instante, como sopesando la cortesía en su voz, y luego asintió con suavidad. —Será un honor, mi señor. Los músicos comenzaron a tocar una melodía elegante, y los nuevos esposos se desplazaron al centro del salón, dando pasos medidos, alternando pequeños giros y reverencias según el compás de la música. Nathaniel sintió que todos los ojos se posaban en ellos, pero por primera vez en toda la jornada, no le molestó. El calor de la mano de Evelina en la suya, la manera en que sus movimientos se armonizaban con los suyos, le resultaba sorprendentemente natural. —No esperaba que bailaras tan bien —comentó Evelina, sin mirarlo directamente. —Y yo no esperaba que fueses tan… distinta —respondió él, con un dejo de sinceridad que lo tomó por sorpresa. Ella lo miró de reojo, sin apartar la sonrisa medida de su rostro. —Las personas cambian, lord Ravenshire. Algunas más que otras. Con cada paso lateral y cada ligera inclinación, los invitados seguían sus movimientos, admirando la elegancia de la pareja. Cuando el minueto concluyó, entre aplausos y vítores, la atención del duque jamás se apartó de Evelina. El duque, desde su lugar, vigilaba con ojos atentos cada interacción. Había dejado muy claro antes del banquete que los esposos no debían encerrarse antes de que el último invitado abandonara la propiedad. Una antigua tradición familiar, según él, para que el deber social no se viese opacado por el deber conyugal. Nathaniel, aunque irritado por la imposición, no encontró cómo negarse sin parecer descortés. Pero algo en su interior le decía que no quería perder de vista a Evelina. No todavía. No en esta casa. Y así, mientras las horas avanzaban y el vino corría con más libertad, los invitados seguían bailando, riendo, brindando. Nathaniel se mantuvo cerca de Evelina cuanto le fue posible, a pesar de las insistentes sugerencias de su padre: —No acapares a la novia, hijo. Es de buen gusto que ella se mezcle con los invitados. Tú también deberías atender a tus amigos… Pero Nathaniel solo asentía, sin ceder del todo. A cada excusa social, encontraba una forma de volver a su lado. La idea de que Evelina se perdiera entre el gentío sin él a su lado le resultaba incómoda, casi alarmante. No entendía por qué. Tampoco sospechaba que detrás de cada gesto de su padre se escondía un propósito mucho más oscuro. Y mientras tanto, el conde de Fairburn, feliz y despreocupado, agradecía en silencio que su hija estuviera ahora bajo la protección de su más antiguo y noble amigo.Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de
El viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu
El silencio que quedó tras la partida del duque era espeso, como si la casa misma contuviera la respiración. Isolda lo sentía en las paredes, en el crujir de la madera, en cada eco lejano de pasos que se apagaban antes de llegar a ninguna parte. Sin proponérselo, sus pies la llevaron a la biblioteca. Allí, reclinada en un sillón junto a la ventana, estaba Aurelia. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos no seguían las líneas. No había concentración en ellos, solo un vacío distante. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Isolda desde el umbral, con una voz tan suave que parecía no querer romper el aire que las separaba. Aurelia alzó la vista despacio, como si esa pregunta hubiera tardado en atravesar las capas de su distracción. Un destello de aburrido desinterés cruzó su rostro. —¿Por qué hice qué? —replicó, casi con desgana. Isolda entró, sus dedos rozando distraídamente el lomo de los libros mientras avanzaba por la estancia
A la mañana siguiente de su regreso de Londres, el duque avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, la determinación marcada en cada línea del rostro. Sus pasos resonaban como golpes de tambor hasta que se detuvo frente a la habitación de Nathaniel y Evelina. Llamó con fuerza. Silencio. Golpeó de nuevo, más fuerte. —Abran. Soy yo —ordenó con voz de mando. Nada. La mandíbula se le tensó. “Me está ignorando”, pensó, y un calor de ira comenzó a treparle por el cuello. —¡Nathaniel! —tronó, elevando la voz—. Desde el día en que naciste tienes responsabilidades. No solo por tu título, también por tu herencia. ¡No puedes dejarlo todo tirado para quedarte encerrado con tu estúpida esposa! Su tono se volvió un látigo: —El ducado no se mantiene solo. —No pienso tolerar que me avergüences descuidando tus deberes. —¡Sal de ahí ahora mismo y compórtate como el heredero que se supone que eres!
El tercer día en la mansión transcurrió sin incidentes, aunque el ambiente seguía cargado de tensión. Isolda mantenía la rutina como si todo estuviese en orden, y nadie se atrevía a cuestionar demasiado. Nathaniel y Evelina continuaban, según la versión oficial, encerrados en su habitación: ella supuestamente enferma, él vigilante y desconfiado. Los criados evitaban el ala este por temor a una discusión violenta. La sola posibilidad de presenciar otra escena entre los recién casados bastaba para que todos caminaran en puntillas. Solo Maggie, la doncella de Isolda, se acercaba a la puerta con las bandejas de comida, y aseguraba que alguien las tomaba desde adentro. Nada más. En medio de ese silencio expectante, el carruaje del duque apareció por la reja principal poco antes del mediodía. Su regreso fue tan repentino como su partida. No pidió ser anunciado. Apenas cruzó la entrada, avanzó directamente hacia su despacho y cerró la puerta tras de sí. El air
La mañana amaneció clara y luminosa, y el comedor menor de la mansión estaba dispuesto como de costumbre para el desayuno. Un aroma tibio de pan recién tostado flotaba en el aire. Isolda se encontraba ya sentada, con la serenidad de siempre, degustando su té y una rebanada de pan con miel. Frente a ella, Lydia y Celia cuchicheaban en voz baja mientras escogían fruta fresca de una bandeja de plata. La puerta se abrió de golpe. Aurelia irrumpió con el ceño fruncido y la mirada encendida de cólera. Caminó con paso firme hasta la mesa y, sirviéndose ella misma una taza con movimientos bruscos, lanzó su pregunta con voz cortante: —¿Qué pasó anoche? Isolda levantó la vista de su plato, arqueando una ceja con calma. —¿De qué hablas, Aurelia? —preguntó con voz neutra. —No me vengas con rodeos, Isolda —la interrumpió, golpeando la cucharilla contra el platillo con tanta fuerza que el sonido metálico heló la sangre de las muchachas—. Lo único







