INICIAR SESIÓNIsolda cerró la puerta tras de sí, escuchando el seco chasquido del cerrojo al otro lado. Aurelia había seguido sus instrucciones y asegurado la habitación. Un leve alivio recorrió a la señora de la casa, aunque no lo bastante para deshacer el nudo que le oprimía el pecho.
Avanzó por el pasillo en silencio, los pasos amortiguados por la alfombra, mientras su mente descendía a la planta baja, donde la aguardaba lo inevitable. El marqués de Greystone, instalado en la mansión como si fLa mañana amaneció tibia, con un sol perezoso que apenas lograba atravesar la neblina que cubría los jardines de Blackmoor Hall. El silencio en la mansión era tan absoluto que hasta el sonido de la porcelana al chocar parecía resonar demasiado. Lydia y Celia no habían salido de sus habitaciones, cumpliendo al pie de la letra la instrucción de Isolda, quien prefería mantenerlas lejos de la mirada curiosa —y excesivamente insistente— del marqués de Greystone. En el comedor, el aroma del té recién servido se mezclaba con el del pan caliente. Isolda estaba sentada en la cabecera, impecablemente erguida, con su vestido de mañana en tonos suaves, el cabello recogido con perfección, y la serenidad de una mujer que sabe que cada gesto suyo es observado. El marqués entró con una sonrisa calculada, su porte elegante y seguro, como si el día y la situación fueran suyos. Se inclinó ligeramente en señal de saludo. —Veo que el día nos sonríe, duquesa —comentó, tom
Isolda cerró la puerta tras de sí, escuchando el seco chasquido del cerrojo al otro lado. Aurelia había seguido sus instrucciones y asegurado la habitación. Un leve alivio recorrió a la señora de la casa, aunque no lo bastante para deshacer el nudo que le oprimía el pecho. Avanzó por el pasillo en silencio, los pasos amortiguados por la alfombra, mientras su mente descendía a la planta baja, donde la aguardaba lo inevitable. El marqués de Greystone, instalado en la mansión como si fuese su dueño, había dejado claro que su visita no era de cortesía. No tardó en reclamar compañía femenina, con miradas y sonrisas que tenían más de garra que de galantería. Durante toda la mañana y buena parte de la tarde, Isolda había movido piezas como en un tablero de ajedrez: damas a salvo, peones en posiciones estratégicas. Lydia y Celia, resguardadas con sus doncellas; Aurelia, segura en su habitación; las criadas, apartadas de la planta baja y sustituidas en el servicio directo
Era la mañana siguiente. Isolda desayunaba en la sala junto a Lydia y Celia. Lydia, acostumbrada a compartir la mesa con las tres mujeres, frunció el ceño al notar la ausencia de Aurelia. —¿Dónde estará Lady Aurelia? —preguntó con curiosidad. —Está indispuesta —respondió Isolda con calma. En su mente, sin embargo, rondaba otra idea. La doncella le había contado que Aurelia se sentía mal y había decidido desayunar en su habitación. Isolda comprendía bien el torbellino que debía azotar el interior de su hermana: el caos emocional, el peso de una verdad recién descubierta. Sabía que lo mejor era darle espacio, dejar que enfrentara sola esa tempestad antes de buscar consuelo o palabras. Mientras Isolda reflexionaba, el mayordomo entró con paso firme. —Lady Isolda, acaba de llegar el marqués de Greystone y solicita audiencia. Isolda se enderezó, sorprendida por la inesperada visita. —Hazlo pasar a la sala de visitas y
Aurelia subió a su habitación con pasos acelerados, intentando mantener la compostura. La visita acababa de marcharse. Aunque había aparentado timidez ante Isolda, sus manos seguían temblando. Apenas cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella y exhaló un suspiro entrecortado. Su corazón latía con fuerza y un sudor frío le recorría la nuca. Se echó hacia adelante y comenzó a caminar de un lado a otro, como si el movimiento pudiera ordenar el caos en su mente. No era casualidad. No podía serlo. El duque de Westford en ese sector, preguntando por el duque de Blackmoor… aquello despertaba viejos fantasmas que había intentado enterrar. Imágenes de Londres comenzaron a arremolinarse en su cabeza: las veladas fastuosas del duque, que bajo el disfraz de fiestas no eran más que un escenario para la humillación, el abuso y la manipulación. Recordó las miradas calculadoras, las conversaciones cargadas de veneno disfrazado de cortesía… y el papel que
Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de
El viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu







