LOGINLa mujer solo había venido para molestar, y todos sentíamos el peso de aquella presencia tóxica.Terminamos la cena rápidamente, pagamos la cuenta y salimos del restaurante. Stella y Dominic fueron directamente al hotel, ambos visiblemente preocupados por Bruninho. Sabía que Stella no descansaría hasta tener noticias de su hijo.Júlio y yo, por otro lado, decidimos caminar por la playa, para admirar la luna que estaba hermosa — enorme y plateada, reflejándose en las aguas tranquilas.Caminamos de la mano, sintiendo la brisa nocturna acariciar nuestros rostros. Nos sentamos en la arena suave, cerca el uno del otro.— Estoy tan feliz de que hayas aceptado mi propuesta — dijo Júlio, con voz dulce.— ¿Cómo no iba a aceptar? — respondí, con una sonrisa. — Desde que llegaste, mi vida ganó color. Trajiste luz a mis días, Júlio.— Sabes, siempre me gustaste — confesó él, con los ojos fijos en el horizonte. — Pero nunca tuve el valor de acercarme. Hasta que un día, reuní el valor.— ¿En serio?
— Después hablamos — respondió Sofia, con voz firme. — Por favor, vuelve a tu mesa.— ¿Es ella, Sofia? — repitió Isabel, con urgencia en la voz.— Es ella — confirmó Rodrigo, con la voz cargada de rencor. — Entonces usted fue la mujer que abandonó a mi hermana.— ¿Y tú quién serías? — preguntó Isabel, arqueando una ceja.— Rodrigo, hijo de Ernandes — respondió él, con voz helada.— ¡Ah, hijo de Ernandes! — exclamó Isabel, con una sonrisa que no ocultaba el desprecio. — ¿Cómo está tu padre?— Bien — respondió Rodrigo, con voz cortante. — Mucho mejor ahora que encontró a la hija que usted echó de su vida.— Eso no te concierne — replicó Isabel, con tono desafiante.— Mamá, ¿qué quiere con ella? — intervino Sofia. — Hasta hace poco no quería saber nada. Para usted, ella había muerto.— ¡Sofia, es hermosa! — exclamó Isabel, con los ojos brillando. — Es igual a mí cuando era modelo. Tú no te pareces en nada a mí, pero ella... ella es simplemente mi copia más joven.— Pues vio que no necesi
Mi corazón se aceleró en el pecho, y sentí que me ardían las mejillas.— ¡Finalmente! — exclamó Meggie, aplaudiendo. — ¡Pensé que solo ibas a seguir dándole largas a mi hermana!— Bueno — dijo Marcos, cruzando los brazos, con una sonrisa de aprobación. — Depende de lo que responda Jéssica. Ella sabe lo que es bueno para ella.Júlio se volvió hacia mí, sus ojos encontrándose con los míos con una intensidad que me hizo temblar.— Jéssica, ¿aceptas ser mi novia? — preguntó él, con voz suave, pero llena de esperanza.Me quedé callada por un instante, tratando de procesarlo todo. Fue entonces cuando todos comenzaron a gritar, en un coro ensordecedor:— ¡Acepta! ¡Acepta! ¡Acepta! ¡Acepta! — Las voces de Stella, Meggie, Sofia, Camila, Rodrigo, Sérgio y Marcos se mezclaron en un solo sonido.— Yo... yo... ¡yo acepto! — respondí finalmente, con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.— ¡Aaeeeeee! — gritaron todos, eufóricos.— Entonces está todo bien — dijo Marcos, con una sonrisa d
— Dios mío — refunfuña ella.— Estás bonita — dice Marcos, con voz sincera.— Aaahhh — hacemos todos coro, provocando.— ¡Parecen niños! — se queja Meggie, sonrojándose.— Habló la señora adulta — bromea Júlio.— ¿Tú también? — ella lo mira, fingiendo indignación.Nos reímos y vamos hacia los coches. Sofia y Sérgio van delante, guiando. Conducimos durante unos minutos y llegamos a un restaurante con una fachada diferente a todo lo que había visto.Aparcamos y bajamos.— Les va a encantar — dice Sofia, con una sonrisa misteriosa.Dominic toma la mano de Stella, Sérgio la de Sofia, Rodrigo la de Camila y Júlio la mía. Marcos mira a Meggie.— Yo no me voy a quedar solo — dice él, sosteniéndole la mano. — Vamos, Dalila.La tira de la mano, y la escena es tan graciosa que todos nos reímos.Entramos y tomamos un ascensor que nos lleva hacia abajo. Cuando las puertas se abren, me quedo boquiabierta. Es una de las experiencias más exclusivas del mundo: un restaurante submarino. Estamos rodead
Marcos se queda con los brazos cruzados, observando cada movimiento de ella.— ¿Satisfecho? — pregunta ella, de mal humor.— Mejor ahora — responde él. — Voy a comprar unas bebidas. ¿Qué van a querer?— Red Bull para mí — pide Júlio.— Un jugo, por favor — pido.— Veneno — dice Meggie, con una sonrisa maliciosa. — ¿Hay veneno? Quiero veneno, con hielo y limón.— No podría haber un pedido mejor — bromea Marcos, dirigiéndose al bar.— ¡Yo voy con él! — grita Meggie, levantándose de repente. — ¡Marcos, espera! ¡Marcos, espérame!Sale corriendo, tropieza con la propia arena y cae de cara al suelo. Júlio comienza a reírse a carcajadas.— ¡Se cayó! — exclama, señalándola. — ¡Se cayó feísimo!— ¡Vaya, pobrecita! — digo, entre risas.Marcos regresa, la ayuda a levantarse, y los dos se van, mientras ella todavía refunfuña.— No tiene remedio — digo, sacudiendo la cabeza.— Sabes — pregunto, en un momento de reflexión. — Hasta hoy no entiendo por qué se separaron. Se llevaban tan bien, o mejor
— Eso mismo — confirma Stella, riendo.— No sé qué es peor — digo, sacudiendo la cabeza. — Si Meggie con sus brillantes ideas, o Stella que viene detrás y la apoya.— ¿Vamos a darnos un chapuzón? — sugiere Meggie, ignorando mi provocación.— No tengo bikini — responde Stella. — Ni hablar.— ¡Ah, vamos! — insiste Meggie.— Mejor no — interviene Júlio, con una mirada significativa. — Para evitar problemas.— Estoy de acuerdo — dice Stella, entendiendo la referencia a Dominic.— ¡Yo voy! — decide Meggie, y antes de que alguien pueda detenerla, se quita la ropa — quedándose solo en bragas y sujetador — y corre hacia el mar.— A veces creo que a Meggie le faltan algunos tornillos — comento, observándola.— O que tiene algunos demasiado apretados — completa Stella, riendo.— Yo también voy a bañarme — anuncia Stella, levantándose.— Stella — la llamo, preocupada. — Si Dominic llega y ve esto, se va a enfadar.— Furioso — corrige Júlio.— Iré con ropa — dice ella, con una sonrisa cómplice.S







