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Déjate llevar
Déjate llevar
Autor: Angela-Rossi23

CAPÍTULO 1

last update Data de publicação: 2024-10-20 22:16:39

El Hotel Romaní no figuraba en la mayoría de los mapas de las últimas dos décadas, y la escasa pintura que aún pugnaba por adherirse a su fachada de madera húmeda sugería que al mundo le parecía bien esa paulatina omisión. Se erigía al final de un desvío sin asfaltar, una cicatriz de tierra batida que se internaba en un pinar tan denso que la luz de la tarde caía sobre la entrada con una inclinación grisácea, amortiguada por una bruma perpetua que descendía de la ladera.

Nick Brown bajó del autobús de línea —poco más que un poste oxidado y una marquesina astillada— y caminó los últimos dos kilómetros arrastrando una maleta cuya rueda izquierda se atrancaba cada tres pasos. Llevaba el cuello del abrigo levantado contra una corriente traicionera que traía el olor a acículas podridas, ceniza y al vapor estancado de los arroyos subterráneos.

A sus veintidós años, su fisonomía conservaba una delgadez frágil: mandíbula afilada, pómulos marcados y una piel pálida que delataba meses de aislamiento voluntario. Lo que realmente llamaba la atención eran sus ojos: oscuros, hundidos en cuencas con sombras violáceas, dotados de esa fijeza opaca que solo deja el insomnio prolongado o el hábito de mirar por encima del hombro. Huir de una ciudad y de una vida rota no era complejo; lo difícil era convencer al cuerpo de que el peligro no se había subido al mismo vehículo.

Al llegar a la escalinata, Nick se detuvo. Los peldaños de roble estaban desgastados en el centro por décadas de pisadas anónimas, curvados como el lomo de un animal viejo. El edificio constaba de tres plantas de arquitectura victoriana tardía, afeadas por remodelaciones baratas: aleros podridos en las esquinas, vanos estrechos y tejas de pizarra que enmarcaban la fachada como escamas oscuras. Las ventanas de la última planta reflejaban el vaivén de las copas no como árboles, sino como manchas negras y amorfas sobre un vidrio antiguo que distorsionaba la luz.

Nick exhaló vapor denso, metió las manos en los bolsillos y empujó la puerta doble con pomo de latón.

El recibidor lo recibió con una densidad térmica instantánea. Olía a cera vieja, humo de pipa apagado, papel pintado y ese hedor imborrable de alfombras que han absorbido años de lluvia sin secarse jamás. El suelo combinaba baldosas hidráulicas en tonos ocre y granate con una alfombra pasillera que conducía hacia una gran escalera de caoba.

Detrás del mostrador de madera casi negra, no había nadie. En una esquina, una radio pequeña de baquelita emitía estática constante, rota muy de cuando en cuando por el murmullo de un informativo local.

—¿Hola? —llamó Nick.

Su voz sonó extrañamente pequeña, absorbida de inmediato por los gruesos cortinajes de terciopelo verde musgo que flanqueaban los ventanales. El silencio se alargó, roto solo por el tic-tac metódico de un reloj de pie junto a la escalera. Entonces, de una puerta trasera oculta tras una cortina de cuentas que tintinearon con un sonido seco, emergió una figura.

Era un hombre alto, enjuto, de hombros caídos y rostro afilado como una cuchilla. Su piel casi traslucida estaba surcada por una red fina de venas azules en las sienes. Vestía un chaleco de terciopelo con hilos dorados desgastados sobre una camisa blanca de cuello duro, y llevaba las manos entrelazadas con una quietud sacerdotal. Sus ojos, de un gris acuoso, se fijaron en Nick con una intensidad devoradora.

—Un huésped —dijo. Su voz era grave, modulada, más cercana a la verificación de una certeza matemática que a un saludo—. No solemos recibir viajeros a estas alturas. El frío mantiene a la gente cuerda lejos de los valles. Soy Eliot Garden. El propietario.

—Nick. Nick Brown —respondió, dando un paso al frente y dejando caer la maleta con un golpe sordo—. Tenía reserva por dos semanas. Hablé con usted el martes.

—Conmigo, sí. Por supuesto.

Garden rodeó el mostrador sin apartar la vista. Su mirada se deslizó despacio por el contorno del rostro del muchacho: la mandíbula, las cejas, la pequeña cicatriz imperceptible sobre el labio. El escrutinio fue tan prolongado que Nick, sintiendo una punzada de incomodidad, retrocedió un paso.

—Dispense la falta de modales —añadió Garden sin que la calidez llegara a sus ojos—. Es solo que... la luz a esta hora engaña. Por un instante me pareció reconocer en su perfil la sombra de alguien que solía caminar por estos pasillos. La juventud tiene la costumbre de repetir los mismos moldes, ¿no le parece?

El dueño tomó una llave de bronce pesado, opaca por la pátina, atada a un bloque de madera donde alguien había grabado el número 204.

—Tendrá la tercera planta prácticamente para usted solo —continuó mientras abría el libro de registro—. Hay una familia abrigándose en la primera planta, un detective de la capital con su gente y un señor con su hijo en el ala este. Aquí valoramos el silencio por encima de todo.

—Es exactamente lo que busco —respondió Nick, sacando un fajo de billetes para pagar la primera semana por adelantado.

—El silencio tiene varias capas —comentó Garden guardando el dinero sin contar—. Al principio se confunde con el descanso. Luego... bueno, ya verá qué encuentra cuando se acostumbre al crujido de las vigas y al tono que adopta el viento en las cornisas.

Antes de que Nick respondiera, una puerta metálica en el pasillo lateral —la que conducía al sótano— se abrió de golpe. Un hombre de unos cuarenta años emergió de la penumbra.

Era de complexión robusta, manos gruesas y callosas manchadas de grasa negra. Vestía un mono de trabajo azul marino raído, con el cuello con hollín, y llevaba una caja de herramientas pesada y una enorme llave inglesa. Su rostro tosco mostraba una barba de tres días y unos ojos oscuros y desconfiados.

—El conmutador del agua caliente volvió a fallar en la 102, señor Garden —dijo el hombre con voz áspera—. Le puse un parche con alambre y cinta térmica, pero esa tubería pide a gritos que la cambien antes de la primera helada seria. Si revienta, nos inundará el vestíbulo.

—Jackson siempre tan alarmista —suspiró Garden con un ademán indolente—. Nick, este es Jackson, nuestro encargado de mantenimiento. Jackson, el señor Brown ocupará la 204.

Jackson miró a Nick de arriba abajo. Cuando sus ojos se detuvieron en el rostro del joven, sus cejas se juntaron casi imperceptiblemente, dejando escapar un atisbo de extrañeza antes de endurecer las facciones.

—Buenas tardes —dijo con voz seca, y miró de reojo a Garden—. Si va a instalarlo en la 204, asegúrese de que el marco del espejo del baño esté bien fijo. Ayer noté que la pared que colinda con el patio interior tiene mucha humedad; la madera se hincha y suelta las grapas.

—Está perfectamente fijo, Jackson —sentenció Garden, volviéndose cortante—. No abrumes al señor Brown con inspecciones innecesarias. Lleva su equipaje a la habitación. Yo tengo asuntos que revisar en mi despacho.

Sin esperar respuesta, el dueño se retiró tras la cortina de cuentas.

Jackson se quedó a solas con Nick un instante interminable, suspiró, tomó la maleta y dijo:

—Por aquí.

Subieron por la escalera principal. La barandilla de caoba brillaba con un lustre grasiento bajo la débil luz de unos apliques que proyectaban sombras alargadas sobre el papel pintado de enredaderas y flores marchitas. Cada peldaño respondió al peso con un quejido agudo.

El pasillo superior era aún más angosto. La alfombra color vino amortiguaba los pasos pero dejaba escapar el olor a polvo acumulado. A ambos lados, las puertas de roble con números de latón permanecían cerradas.

—El hotel es viejo —dijo Jackson de pronto, deteniéndose ante la puerta 204 y buscando la llave en su cinturón. Su voz sonó como un confidencia.

—Eso me pareció al ver la fachada —respondió Nick.

—No me refiero solo a los años —replicó el conserje introduciendo la llave con dificultad—. Este lugar conserva una temperatura extraña. No importa cuánto fuego ponga en la caldera; el calor sube a la segunda planta y luego se extingue. Si siente corrientes heladas o ruidos extraños en los conductos, no intente arreglar nada. Me llama a mí.

—De acuerdo. Gracias, Jackson.

El conserje empujó la puerta. La estancia era espaciosa pero austera, dominada por una cama matrimonial de cabecero tallado, un armario de tres puertas con un espejo ovalado cuyas manchas oscuras evidenciaban la pérdida de azogue en los bordes, y un escritorio gótico cerca del ventanal que miraba al bosque. Al fondo, una puerta entornada dejaba ver el baño.

Jackson se detuvo en el umbral, apoyó la mano en el marco y miró fijamente a Nick.

—Una última cosa: el señor Garden no suele subir a esta planta. Si escucha pasos firmes en el pasillo a medianoche, no abra para curiosear. A veces la madera se dilata con el cambio térmico y parece que alguien camina pegado a las paredes. Es solo el edificio acomodándose.

Cuando los pasos pesados de Jackson se perdieron en la escalera, Nick se quedó inmóvil. El silencio regresó, pesado, roto únicamente por el silbido del viento y el tic-tac metódico de un reloj de pared.

Se acercó a la ventana para contemplar el patio trasero clausurado: una fuente de piedra agrietada con hojas secas y lodo. Más allá, la masa de los pinos parecía avanzar hacia la estructura.

Tras quitarse el abrigo pesado, caminó hacia el baño para lavarse la cara.

El espacio estaba alicatado con azulejos blancos cuarteados en forma de telaraña. Sobre el lavabo agrietado se encontraba el gran espejo rectangular del que habló Jackson: una luna gruesa enmarcada en bronce con figuras barrocas de enredaderas y rostros grotescos. Sorprendentemente, la superficie estaba impecable, sin una sola mota de polvo, contrastando con la decadencia de la estancia.

Nick abrió el grifo. Las tuberías de plomo tronaron tras la pared antes de expulsar un chorro marrón que enseguida se aclaró. Se inclinó, juntó las manos y se echó agua helada en el rostro varias veces para ahuyentar la fatiga.

Finalmente, respiró hondo, se irguió y abrió los ojos para mirarse.

Tomó una toalla pequeña y comenzó a secarse. El reflejo reprodujo cada movimiento con absoluta fidelidad: la mano subiendo el paño, las gotas deslizándose por el cuello, la sombra bajo su mirada.

Nick dejó la toalla y apoyó ambas palmas en el borde porcelánico. Se quedó observando sus pupilas, buscando la certeza de que este refugio le daría tregua.

Entonces, Nick parpadeó.

Fue un acto involuntario para aliviar la sequedad de los ojos.

Pero la figura al otro lado del vidrio no parpadeó.

Su cuerpo se congeló al instante. Su corazón dio un vuelco violento contra las costillas, un latido seco que resonó en sus oídos como un martillazo.

Durante una fracción de segundo —un lapso tan breve que su mente intentó descartarlo como una alucinación—, el Nick del espejo mantuvo los ojos completamente abiertos, fijos en él. No había agotamiento en esa mirada reflectante; había una intensidad fría, calculadora, una inteligencia hambrienta que no le pertenecía.

Un milisegundo más tarde, el reflejo parpadeó de forma desincronizada y volvió a imitar su postura.

Nick dio un paso atrás, golpeando con la cadera la arista de la puerta. Se llevó una mano a la boca mientras un sudor frío le brotaba en la frente.

—No... no puede ser —murmuró.

El reflejo imitó el gesto, pero la fluidez tuvo una rigidez antinatural, como la de un actor improvisado imitando una danza por primera vez.

Nick se giró y salió del baño, estampando la puerta de madera con un portazo que retumbó por todo el piso. Se apoyó de espaldas contra la madera, sintiendo la dureza del panel y el ritmo desbocado de su respiración.

El reloj continuó marcando los segundos en la penumbra. Fuera, el viento azotó los pinos y la estructura crujió. Y por un instante, a Nick le pareció escuchar desde el interior del baño un chasquido metálico tenue, como el sonido de una uña rozando suavemente el centro del cristal.

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Último capítulo

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