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CAPÍTULO 3

last update Fecha de publicación: 2024-10-20 22:19:56

La primera luz de la mañana no trajo alivio al Hotel Romaní; trajo únicamente una claridad grisácea, tamizada por la niebla espesa que bajaba de las cumbres y quedaba atrapada entre las copas de los pinos.

Nick no había vuelto a pegar ojo en toda la noche. Se había quedado sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el lateral de la cama y las rodillas pegadas al pecho, vigilando la puerta cerrada del cuarto de baño hasta que las grietas del ventanal comenzaron a teñirse de un azul pálido y frío. Sus ojos escocían por la falta de sueño y la garganta le ardía, seca por el pánico retenido.

A las ocho de la mañana, movido por una necesidad imperiosa de sentir aire fresco y escuchar voces humanas que le demostraran que el mundo físico seguía funcionando bajo leyes ordinarias, Nick se levantó, se calzó las botas con manos temblorosas y abandonó la habitación 204.

El pasillo del segundo piso estaba desierto. Las luces de pared permanecían apagadas y el aire olía a la cera con la que Jackson había pulido los escalones inferiores durante la madrugada.

Bajó a la primera planta buscando el comedor. Lo encontró al fondo de una galería acristalada cuyas ventanas daban al jardín posterior. Era una estancia amplia, helada, decorada con mesas de madera cubierta por manteles de hilo blanco con bordes deshilachados. Un viejo gramófono apagado presidía un rincón, y en el centro, cerca de una chimenea de piedra cuyo fuego apenas empezaba a chisporrotear con humo denso de pino, un hombre maduro leía un periódico arrugado.

Tenía unos cuarenta y cinco años, un rostro curtido marcando arrugas profundas alrededor de los ojos y un cabello canoso cortado al rape. Vestía una chaqueta de lana gruesa sobre un jersey oscuro. Frente a él, en la misma mesa pero manteniendo una distancia física notable, un chico de quince años removía una taza de té frío con una cuchara de plata.

El joven tenía la tez pálida, el pelo castaño desordenado cayéndole sobre los ojos y esa postura encorvada típica de los adolescentes que intentan volverse invisibles. Había una melancolía nerviosa en la forma en que el muchacho apretaba los labios, una tensión en sus manos que rozaba lo insoportable.

Nick se detuvo en el umbral, dudando si dar media vuelta.

—Puede sentarse, joven —dijo el hombre mayor sin levantar la vista del periódico, aunque su tono no era hosco, sino resignado—. El café de este lugar es deleznable, pero al menos está caliente. Jackson lo prepara a las siete en punto.

Nick asintió en silencio y se acercó a una mesa contigua. Una jarra de loza blanca con café humeante y un plato con tostadas de pan negro seco reposaban sobre el mantel.

—Soy Joshua —añadió el hombre, doblando finalmente el periódico con una lentitud metódica. Sus ojos, de un marrón claro pero desgastado, observaron a Nick con una cordialidad distante—. Y este es mi hijo, Sebastián.

El muchacho levantó la vista apenas un segundo. Sus ojos tenían sombras oscuras, similares a las de Nick, pero en su caso no parecían fruto del insomnio por un espejo, sino de una angustia emocional profunda. Sebastián hizo un gesto mínimo con la cabeza antes de volver a clavar la mirada en el remolino de su taza de té.

—Nick Brown —se presentó Nick, sirviéndose un chorro de café negro que desprendía un olor acre, cargado de chicoria—. Mucho gusto.

—Igualmente —respondió Joshua, cruzándose de brazos—. No es habitual ver gente tan joven viajando sola por esta comarca en esta época. La mayoría prefiere las ciudades o los complejos de esquí al otro lado del valle. Este hotel... bueno, tiene una tranquilidad singular. Casi quirúrgica.

—Buscaba un lugar para concentrarme y descansar —mintió Nick, dando un sorbo al café. El líquido le abrasó la lengua, pero el calor descendiendo por su esófago le devolvió algo de pulso a su cuerpo.

—Si busca tranquilidad, ha llegado al lugar adecuado —intervino una tercera voz a espaldas de Nick.

Enrico entró en el comedor trayendo una bandeja de madera con una tetera de hierro y una canasta de fruta seca. Era un muchacho de unos veinticuatro años, alto, de complexión atlética, con el pelo rubio peinado hacia atrás y una sonrisa estudiada que no terminaba de llegar a sus ojos azules. Llevaba el uniforme de sirviente del hotel: chaleco negro sobre camisa blanca bien planchada.

Al depositar la bandeja en la mesa de Joshua y Sebastián, la mano de Enrico rozó el hombro del chico de quince años. Fue un contacto breve, pero Nick, con los sentidos hiperactivados por el miedo de la noche anterior, lo captó con total claridad.

Sebastián dio un ligero respingo. Sus nudillos se pusieron blancos al apretar la cuchara, y una oleada de rubor abrasador le subió por el cuello hasta las orejas. No levantó la cabeza, pero la tensión en sus hombros se volvió rígida como el hierro.

Enrico no dijo nada, pero sus ojos azules buscaron la nuca de Sebastián con una mirada densa, cargada de una complicidad sutil.

—Buenos días, señor Garden —dijo Enrico de pronto, erigiéndose con la rigidez de un empleado sorprendido al ver entrar al dueño.

Eliot Garden entraba en el comedor vistiendo un traje de paño gris de corte antiguo. Su trayectoria fue directa hacia la mesa de Nick. Se detuvo a su lado, proyectando una sombra alargada sobre el mantel.

—¿Cómo ha pasado su primera noche en la 204, señor Brown? —preguntó Garden. Su voz tenía esa entonación pausada, suave como el terciopelo viejo, pero sus ojos grises escrutaban su rostro con una voracidad matemática, midiendo las ojeras y el leve temblor de sus manos.

—El... el hotel es muy frío —respondió Nick, intentando que su voz sonara firme—. Y la madera cruje demasiado.

—El edificio respira —dijo Garden con una pequeña sonrisa—. A su edad, el oído es sensible a las frecuencias que los viejos preferimos ignorar. Pero se acostumbrará. El cuerpo humano tiene una capacidad asombrosa para adaptarse a los entornos más inhóspitos... siempre que encuentre una razón para quedarse.

Garden rozó con un dedo la madera de la mesa de Nick. El gesto fue idéntico al que había visto hacer a la figura del espejo horas antes.

—Jackson revisará el radiador de su planta esta tarde —añadió el dueño antes de retirarse hacia el mostrador principal—. Asegúrese de mantener las ventanas bien cerradas. A veces, lo que intenta entrar no es el viento.

El silencio que siguió fue opresivo. Joshua suspiró, recogió su periódico y se puso de pie.

—Vamos, Sebastián —dijo el hombre con tono cansado—. Da un paseo por el patio antes de que la niebla se convierta en lluvia. Necesitas que te dé el aire.

El chico se levantó sin rechistar, con la cabeza gacha, evitando mirar a Enrico, que continuaba recogiendo los platos de la mesa contigua con una lentitud calculada.

Buscando escapar de esa claustrofobia tras el desayuno, Nick salió hacia un pasillo lateral que conducía al patio interior. Necesitaba fumar un cigarrillo y tocar la piedra fría para convencerse de que el mundo exterior seguía allí.

Sin embargo, al doblar la esquina, un susurro ahogado lo hizo detenerse en seco.

—...no puedes seguir buscándome así —decía la voz de Sebastián, ahogada, bordeando el llanto—. Mi padre casi nos ve en la cocina esta mañana. Si se entera, Enrico, juro que me matará.

Nick se pegó al muro de piedra, conteniendo la respiración.

—Tu padre no ve nada que no esté impreso en su periódico, Sebastián —respondió la voz de Enrico, impregnada de una falsa dulzura escalofriante—. Y no podemos parar ahora. ¿Acaso no es esto lo único que te hace sentir vivo en esta tumba de hotel?

—Tengo miedo... —susurró el chico—. Johan... ella empieza a sospechar. Ayer me miró raro en el vestíbulo.

—Johan no sabe nada y no sabrá nada si mantienes la boca cerrada —cortó Enrico con dureza—. Nos vemos esta noche en el depósito de la segunda planta. A la una. Y no me hagas esperar.

Nick escuchó el sonido de telas rozándose y unos pasos rápidos que se alejaban hacia el pasillo principal. Asomando la cabeza con precaución, vio a Sebastián marchar a toda prisa, mientras Enrico emergió segundos después ajustándose el chaleco con una sonrisa fría de satisfacción.

Nick apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. La paranoia no estaba solo en su habitación; flotaba en el aire de los pasillos, se escondía en los roces furtivos entre los empleados y se alimentaba de la mirada calculadora de Eliot Garden. El Hotel Romaní era un entramado donde la fragilidad humana parecía ser el combustible perfecto para algo mucho más oscuro.

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Último capítulo

  • Déjate llevar   EPÍLOGO

    Seis meses después del colapso del Hotel Romaní, los periódicos regionales de la capital dejaron caer el caso del Valle de las Nieblas en el olvido periodístico. Para las autoridades provinciales y el departamento de policía, la tragedia quedó archivada en un expediente burocrático bajo una explicación técnica y conveniente: un incendio de proporciones catastróficas originado por una falla estructural fortuita en una edificación centenaria de madera, agravado por la repentina deflagración de un antiguo depósito de gas instalado en las galerías inferiores.Ningún informe oficial hizo mención a las toneladas de azogue hirviente que brotaron de las cañerías, a las anomalías geométricas de los pasillos ni a las extremidades pálidas que intentaron arrastrar a los huéspedes hacia el interior de los cristales. La versión oficial convirtió el horror en un triste accidente del pasado.Sin embargo, en la realidad de la materia, la noche de las superficies pulidas dejó cicatrices imborrables en l

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 24

    La noche devoró al Hotel Romaní en una tormenta incandescente de llamas rubíes y humo denso, blanco y metálico.Desde la linde del bosque de pinos ancestrales, a un centenar de metros de la fachada que se desmoronaba, los sobrevivientes contemplaban el colapso definitivo del imperio de los Garden. El detective Roger Vance, con su gabardina envolviendo apretadamente el muñón de su brazo derecho —cauterizado por el azogue y chamuscado por el calor de la pira—, permanecía arrodillado sobre la pinocha húmeda, abrazando contra su pecho a su esposa Elsa y a su hija Luna. La mujer sollozaba en silencio, cubriendo el rostro de la joven para evitar que viera caer las vigas de la mansión.A un lado, el agente Jackson yacía sentado contra el tronco de un abeto, con la placa de policía parcialmente derretida sobre el pecho, el uniforme cubierto de hollín y la mirada perdida en un trance catatónico; las balas gastadas de su revólver yacían desparramadas en la hierba. Johan, más atrás, tiritaba bajo

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 23

    El gran vestíbulo no era una vía de escape; era la falsa promesa de un cauce. Las corrientes de mercurio que serpenteaban furiosas bajo las lamas del parqué no buscaban la libertad fuera de la edificación, sino que convergían como ríos de plata líquida hacia un punto nodal en la cima de la escalera señorial: la suite principal de Eliot Garden, el sanctasanta del patriarca donde el pacto de 1898 había sido sellado con sangre y geometría.Para comprender la naturaleza de lo que iban a enfrentar, la jerarquía de la maldición debía quedar clara: la Cámara de Reflexión era el continente, el sótano donde latía el Espejo Maestro, la superficie que gobernaba toda la red de azogue extendida por el hotel. Pero la suite del piso superior guardaba el origen y el fin de todo. Allí se alzaba el Espejo Primigenio, el núcleo absoluto, el ojo ciego por donde el Hotel Romaní había mirado por primera vez al abismo al final del siglo pasado. Destruir el Espejo Maestro en los subterráneos había debilitado

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 22

    El colapso de la empuñadura de plata en las galerías subterráneas no erradicó la maldición del Hotel Romaní; la atomizó en millones de esquirlas incontrolables. Al romperse la columna vertebral del Espejo Maestro, la masa acumulada de azogue no retrocedió hacia las entrañas de la tierra, sino que fue expulsada hacia la superficie con la furia de una arteria reventada. El fluido mercurial se filtró por las viejas tuberías de plomo, los conductos de ventilación cubiertos de hollín, los huecos de los montacargas y las grietas centenarias de la madera de roble, transformando el edificio entero en una inmensa trampa refractaria. El hotel dejó de ser una estructura física de muros y tejados para convertirse en un laberinto de espejismos donde la lógica del espacio y la frontera entre la materia y la penumbra colapsaron definitivamente.Cualquier superficie capaz de devolver aunque fuera una fracción de reflejo dejó de actuar como un objeto inerte. Los imponentes cristales de las ventanas que

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 21

    El estruendo del bastón de ébano de Eliot al estrellarse contra la piedra base resonó en la profundidad del subterráneo como el chasquido sordo de un trueno congelado. La empuñadura de plata tallada se fracturó en mil esquirlas incandescentes, liberando una marea de azogue puro, una masa líquida y reluciente que desafió la gravedad de la Tierra: no fluyó hacia las grietas del suelo, sino que comenzó a elevarse en ondas hirvientes y luminosas hacia la bóveda de la antecámara. La geometría perfecta que había sostenido la arquitectura maldita del Hotel Romaní durante casi un siglo colapsó en un pestañeo, abriendo una grieta vertical, limpia y atronadora en el tejido mismo que separaba el plano de la materia del mundo de los espíritus.En ese umbral geométrico, suspendidos sobre el abismo de plata donde la carne caliente de los vivos y la sombra helada de los muertos se fundían en una sola neblina de luz fosforescente, Nick y Abraham quedaron atrapados frente a frente.Ya no había un cuerp

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 20

    El aire en la antecámara del subterráneo había dejado de pertenecer a la atmósfera terrestre. Se había transformado en un fluido denso, cáustico y helado que cristalizaba la saliva en los labios antes de que las palabras pudieran formarse. El vapor verdoso del mercurio brotaba con la presión violenta de un géiser a través de las grietas del suelo de piedra volcánica, bañando la cueva con una iluminación enferma y pulsante que proyectaba sombras monstruosas sobre las paredes abovedadas.Eliot Garden dio dos pasos hacia adelante, arrastrando la pierna tullida mientras sus nudillos, blancos por la tensión, se aferraban con rabia a la empuñadura de plata de su bastón de ébano. El viejo patriarca observaba el rostro del forastero —el recipiente humano que su nieta política y la culpa habían arrastrado al hotel—, pero sus pupilas veladas por las cataratas, la vejez y una ambición enfermiza ya no buscaban la carne joven del muchacho de la capital. Intentaban descifrar el espíritu ancestral qu

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