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CAPÍTULO 4

last update Fecha de publicación: 2024-10-20 22:21:18

A las seis de la tarde, la luz natural del exterior se había extinguido por completo, devorada por una tormenta de nieve y lluvia helada que azotaba las copas de los pinos contra los ventanales. El viento producía un chillido constante en los aleros, un gemido agudo que hacía vibrar los cristales en una misma nota sostenida.

En la habitación 204, Nick trabajaba con una urgencia febril.

Había recorrido el dormitorio desnudando el mobiliario: quitó las fundas a los sillones de terciopelo, descolgó la gruesa cortina de franela que cubría la ventana auxiliar del pasillo y despojó la cama de sus sábanas superiores de lino blanco. Con las manos sudorosas y un martillo pequeño que había encontrado en el cuarto de la limpieza, caminaba de un lado a otro fijando las telas sobre cada superficie reflectante.

Cubrió primero el espejo ovalado del armario de caoba. Clavó la sábana de lino en la parte superior del marco, asegurando los bordes con chinchetas y cinta aislante negra. La tela blanca caía sobre el cristal como una mortaja improvisada, ocultando las manchas oscuras del azogue. Luego hizo lo mismo con la ventana que daba al patio interior, asegurándose de que la noche negra no pudiera proyectar su reflejo.

Finalmente, se encaró con el cuarto de baño.

El aire dentro de la pequeña estancia conservaba ese olor metálico, seco y punzante a ozono y tierra quemada. Nick evitó mirar directamente al gran espejo de bronce, manteniendo la vista fija en la moldura barroca donde las enredaderas de metal labrado parecían retorcerse bajo la luz amarilla.

Desplegó la funda verde de terciopelo, pesada y tupida, y la colocó sobre la luna de cristal, clavando tres tachuelas en la parte superior. El martillazo resonó en los azulejos como un impacto sordo que le hacía retumbar los dientes.

—Ahí te quedas —murmuró entre dientes, ajustando la última tachuela para que no quedara ni una sola grieta expuesta—. Ahí te quedas, maldito seas.

La funda cubrió la totalidad del cristal. Por primera vez en veinticuatro horas, el baño dejó de ofrecer una réplica del espacio físico; era solo una habitación pequeña con azulejos agrietados y un lavabo de porcelana.

Nick salió, cerró la puerta con llave —había encontrado una vieja llave oxidada en el cajón de la mesilla— y atrancó el pomo colocando debajo el respaldo de un sillón.

Satisfecho con su baluarte, se sentó en el centro de la cama con la espalda apoyada en el cabecero. Tenía una navaja de bolsillo abierta en la mano derecha y una linterna de metal sobre las rodillas. La única luz procedía de una pequeña lámpara cuya pantalla de papel amarillo proyectaba sombras alargadas en el techo.

El tiempo comenzó a estirarse en una agonía lenta.

A las diez de la noche, las tuberías comenzaron a gorgotear con rabia. A las once, escuchó los pasos lentos de Jackson recorriendo la alfombra del pasillo, deteniéndose unos segundos frente a la puerta 204 antes de continuar hacia las escaleras de servicio.

A la una de la madrugada, el silencio volvió a aplastar la estancia.

Nick luchaba por mantener los ojos abiertos. La tensión de llevar doce horas en alerta máxima le provocaba espasmos involuntarios en los muslos y los párpados. La cabeza le pesaba como un bloque de plomo.

Entonces, el ambiente cambió.

No fue un ruido lo que lo despertó, sino la temperatura. La llama de la lámpara de noche comenzó a decrecer, volviéndose débil y de un tono azulado. De su boca empezó a salir un vapor espeso con cada exhalación. El frío no venía de la ventana; emanaba directamente del tabique que separaba el dormitorio del baño.

Nick apretó el mango de la navaja con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Sssss... sssss... sssss...

El sonido venía del interior. No era un paso; era el roce continuo de una tela gruesa arrastrándose sobre los azulejos fríos.

Nick se puso de pie despacio, manteniendo la linterna apagada. Sus ojos se fijaron en la puerta atrancada.

Desde el otro lado, el roce continuó, metódico. Luego se escuchó un chasquido metálico tenue: una tachuela cayendo al suelo y rebotando sobre la porcelana. Clink. Clink.

A continuación, otra tachuela. Y otra más.

La funda de terciopelo verde estaba siendo despojada del espejo marco por marco, no de forma violenta, sino con una paciencia ceremonial, como quien retira un velo.

Nick sintió que el aire se le congelaba en la garganta. Dio un paso atrás, pero sus botas tropezaron con la pata de la cama.

La madera de la puerta comenzó a emitir un crujido sordo. La llave oxidada empezó a girar por sí sola con un chirrido que arañó sus oídos. La pestillera cedió con un golpe seco.

El sillón que atrancaba la puerta no fue empujado con fuerza; simplemente comenzó a deslizarse sobre la alfombra, cediendo espacio a medida que la madera se abría hacia el dormitorio con la lentitud de una boca que se abre para tragar.

El interior del baño estaba a oscuras, pues la bombilla se había fundido por completo. Sin embargo, el marco de bronce no estaba oscuro: desprendía una fosforescencia pálida, una luz fría de plata enferma que no proyectaba sombras.

La funda verde y la sábana de lino yacían en el suelo hechas un ovillo húmedo.

La luna del espejo ya no reflejaba nada; se había transformado en una masa densa y líquida, similar al mercurio en ebullición. Pequeñas ondas concéntricas corrían desde el centro hacia los bordes.

Y desde allí, una figura comenzó a emerger.

Primero fueron las manos. Dos manos de dedos largos, pálidos, con uñas pulidas que despedían un brillo nacarado. Se agarraron a la moldura inferior del marco con una fuerza real y física. Los nudillos se tensaron, la madera crujió y Nick escuchó el sonido de la piel fría adhiriéndose al metal helado.

A continuación, la cabeza cruzó la frontera.

Un rostro emergió de la superficie mercurial. Era el rostro de Nick, pero al mismo tiempo no lo era. Tenía sus mismos pómulos, su mandíbula y su cicatriz imperceptible. Pero la piel carecía de imperfecciones: era de una palidez de mármol pulido, translúcida bajo la luz de plata. El cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con elegancia húmeda.

Lo más terrible eran los ojos. No había rastro de cansancio; eran de un negro absoluto, profundos, con una pupila dilatada que parecía absorber la escasa luz de la habitación.

Era Abraham.

El hijo fallecido de Eliot Garden no cruzó flotando como un espectro. Se impulsó hacia adelante con un esfuerzo físico brutal, contorsionando los hombros para pasar a través del marco como quien sale de un pozo angosto. Se escuchó un sonido húmedo, un desgarro sordo de la membrana cuando sus piernas tocaron las baldosas.

Abraham se puso en pie. Era ligeramente más alto que Nick, o tal vez era su postura erguida y aristocrática la que le daba una presencia abrumadora. Vestía una camisa blanca de lino antiguo con chorreras finas y pantalones oscuros de corte decimonónico, arrugados y empapados de una sustancia que olía a resina y agua estancada.

Nick cayó de rodillas junto a la cama, incapaz de levantar la navaja. Su brazo era un pedazo de carne inerte.

Abraham dio dos pasos fuera del baño. Sus pies descalzos dejaron huellas húmedas sobre la alfombra roja, haciendo que las tablas del suelo emitieran un gemido grave ante un peso que no pertenecía al mundo de los vivos.

Se detuvo a un metro. Ladeó la cabeza con una curiosidad helada, como un coleccionista examina una pieza de porcelana agrietada.

—Las sábanas no sirven de nada, Nick —dijo Abraham.

La voz no sonó dentro de su cráneo esta vez; salió de las cuerdas vocales de su garganta, llenando el aire con un tono grave, denso y de modulación musical perfecta que hizo vibrar los cristales.

Nick intentó hablar, pero solo logró emitir un silbido ahogado.

Abraham se inclinó despacio. El aire que le rodeaba traía un frío tan intenso que Nick sintió que la piel de sus mejillas se acartonaba. Extendió su mano derecha —la mano con la que Nick solía escribir, la misma que llevaba la cicatriz en el nudillo— y apoyó un solo dedo en su barbilla.

El contacto fue abrasador por el frío, como presionar la piel contra hielo seco. Nick ahogó un grito de dolor al sentir que la sensibilidad de su mandíbula desaparecía.

—Mi padre te trajo aquí porque creía que tu cáscara era un recipiente vacío —susurró, acercando su rostro hasta cruzar sus respiraciones—. Él pensaba que tú te dejarías borrar sin protestar. Pero yo no quiero solo tu forma, Nick. No quiero ser la marioneta que él perdió en aquel río.

Abraham apretó el dedo, obligándolo a levantar la cabeza para mirar directamente a sus ojos negros.

—Quiero tu vida entera —continuó en un murmullo que rozaba la caricia—. Quiero tu voz cuando gritas. Quiero tus recuerdos podridos de la ciudad. Quiero la forma en que tu corazón golpea contra tus costillas cuando sientes pavor. Voy a arrastrarte al otro lado de esa luna de cristal, pulgada a pulgada, hasta que no quede nada de ti en este suelo.

Abraham sonrió, estirando la piel de sus mejillas de forma antinatural a escasos centímetros del rostro de Nick.

—Y lo peor para ti... —añadió, pasando la yema del dedo helado por su labio inferior con una lentitud cargada de una sensualidad siniestra— ...es que una parte de ti desea entregarme el control. Estás tan cansado de huir, Nick... tan cansado de ser tú mismo.

La parálisis se rompió por un destello de pura rabia atávica. Con un alarido gutural, Nick lanzó un tajo a ciegas con la navaja hacia el cuello de Abraham.

La hoja de acero atravesó la carne. No brotó sangre; de la herida salió un vapor espeso de color grisáceo que olía a azufre, y el arma resonó como si hubiera golpeado una columna de mármol sólido.

Abraham no retrocedió. Soltó una risa baja, un sonido oscuro que retumbó en los cimientos, y con la rapidez de una víbora sujetó la muñeca de Nick.

El apretón fue brutal. Nick escuchó el crujido del hueso amenazando con fracturarse, y la navaja cayó al suelo.

—Todavía no es el momento de la cosecha —dijo suavemente, soltándole de golpe—. Pero ya has probado mi tacto. Ya sabes a qué huelo. Ahora intenta dormir... si puedes.

Abraham dio un paso atrás. No caminó hacia el baño; simplemente se dejó caer hacia atrás, como si se arrojara a un estanque invisible en mitad del dormitorio.

Su cuerpo atravesó la alfombra, disolviéndose en la sombra proyectada por la cama con la fluidez de la tinta en el agua. En tres segundos, la figura desapareció por completo, dejando tras de sí únicamente la marca húmeda de sus pies y un frío cadavérico que tardaría horas en disiparse.

Nick se quedó tendido en el suelo, abrazando su muñeca magullada, sollozando en la oscuridad mientras el viento del exterior continuaba golpeando los cristales del hotel con la furia de una bestia.

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Último capítulo

  • Déjate llevar   EPÍLOGO

    Seis meses después del colapso del Hotel Romaní, los periódicos regionales de la capital dejaron caer el caso del Valle de las Nieblas en el olvido periodístico. Para las autoridades provinciales y el departamento de policía, la tragedia quedó archivada en un expediente burocrático bajo una explicación técnica y conveniente: un incendio de proporciones catastróficas originado por una falla estructural fortuita en una edificación centenaria de madera, agravado por la repentina deflagración de un antiguo depósito de gas instalado en las galerías inferiores.Ningún informe oficial hizo mención a las toneladas de azogue hirviente que brotaron de las cañerías, a las anomalías geométricas de los pasillos ni a las extremidades pálidas que intentaron arrastrar a los huéspedes hacia el interior de los cristales. La versión oficial convirtió el horror en un triste accidente del pasado.Sin embargo, en la realidad de la materia, la noche de las superficies pulidas dejó cicatrices imborrables en l

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 24

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  • Déjate llevar   CAPÍTULO 22

    El colapso de la empuñadura de plata en las galerías subterráneas no erradicó la maldición del Hotel Romaní; la atomizó en millones de esquirlas incontrolables. Al romperse la columna vertebral del Espejo Maestro, la masa acumulada de azogue no retrocedió hacia las entrañas de la tierra, sino que fue expulsada hacia la superficie con la furia de una arteria reventada. El fluido mercurial se filtró por las viejas tuberías de plomo, los conductos de ventilación cubiertos de hollín, los huecos de los montacargas y las grietas centenarias de la madera de roble, transformando el edificio entero en una inmensa trampa refractaria. El hotel dejó de ser una estructura física de muros y tejados para convertirse en un laberinto de espejismos donde la lógica del espacio y la frontera entre la materia y la penumbra colapsaron definitivamente.Cualquier superficie capaz de devolver aunque fuera una fracción de reflejo dejó de actuar como un objeto inerte. Los imponentes cristales de las ventanas que

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  • Déjate llevar   CAPÍTULO 20

    El aire en la antecámara del subterráneo había dejado de pertenecer a la atmósfera terrestre. Se había transformado en un fluido denso, cáustico y helado que cristalizaba la saliva en los labios antes de que las palabras pudieran formarse. El vapor verdoso del mercurio brotaba con la presión violenta de un géiser a través de las grietas del suelo de piedra volcánica, bañando la cueva con una iluminación enferma y pulsante que proyectaba sombras monstruosas sobre las paredes abovedadas.Eliot Garden dio dos pasos hacia adelante, arrastrando la pierna tullida mientras sus nudillos, blancos por la tensión, se aferraban con rabia a la empuñadura de plata de su bastón de ébano. El viejo patriarca observaba el rostro del forastero —el recipiente humano que su nieta política y la culpa habían arrastrado al hotel—, pero sus pupilas veladas por las cataratas, la vejez y una ambición enfermiza ya no buscaban la carne joven del muchacho de la capital. Intentaban descifrar el espíritu ancestral qu

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