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CAPÍTULO 5

last update Fecha de publicación: 2024-10-20 22:22:30

El amanecer del cuarto día trajo consigo una calma engañosa. La tormenta de la noche anterior había dejado paso a un cielo de color plomo pulido, frío y estático, que proyectaba una luz blanca y dura sobre las laderas de la montaña. La nieve fresca acumulada en las cornisas del hotel caía de cuando en cuando hacia el patio interior con un golpe sordo, rompiendo el silencio que rodeaba la propiedad.

En la planta baja, la estufa de hierro del vestíbulo escupía chispas de pino húmedo sin lograr calentar el aire. Sentado a una mesa de roble cerca de la cristalera principal, el detective Roger Vance contemplaba el vapor que subía de su taza de café con la atención meticulosa de quien está acostumbrado a buscar patrones en el caos.

Roger tenía cuarenta y ocho años, un rostro enjuto y esculpido por arrugas de expresión profundas que le cruzaban la frente y la comisura de los labios. Llevaba el cabello canoso cortado con precisión militar y vestía una gabardina de paño gris oscuro sobre un traje de lana que delataba un uso prolongado pero cuidadoso. Sus ojos, de un azul acerado y carente de parpadeo innecesario, evaluaban cada crujido del edificio con un cálculo frío.

Frente a él, desplegados sobre la madera gastada de la mesa, descansaban tres recortes de periódico amarillentos, un mapa topográfico de la Comarca del Romaní de hacía treinta años y un cuaderno de notas de t***s de hule negro.

Los titulares de los recortes eran concisos, redactados con la frialdad periodística de otra época:

«HALLADO EL CUERPO DEL JOVEN ABRAHAM GARDEN EN EL RÍO NEGRO» — 14 de noviembre de 1998.

«DESAPARICIÓN SIN RESOLVER: EL HUÉSPED DE LA 204 ABANDONA SUS PERTENENCIAS» — 3 de febrero de 2005.

«EL CASO DEL VALLE: TRES VIAJEROS VOLATILIZADOS EN EL HOTEL ROMANÍ EN UNA DÉCADA» — 19 de octubre de 2012.

Roger rozó el borde del recorte más antiguo con la yema del dedo índice. No estaba allí por un encargo oficial; la jefatura de la capital había archivado hacía tiempo los expedientes del valle como "extravíos accidentales en alta montaña" provocados por la imprudencia de los excursionistas. Pero a Roger no le encajaban las piezas. Tres hombres jóvenes, de rangos de edad similares y perfiles discretos, desaparecidos en el mismo edificio en intervalos de siete años, siempre durante la transición al invierno. Había demasiadas lagunas en los viejos informes, y el expediente del novena y ocho parecía extrañamente ligero para una muerte en circunstancias tan extrañas.

—Ese periódico huele a humedad vieja, Roger.

La voz de su esposa, Elsa, interrumpió su lectura. Salió del pasillo principal envuelta en un abrigo de piel sintética de color beige, ajustándose un pañuelo de seda al cuello. Elsa tenía cuarenta y dos años, una elegancia sobria y un rostro sereno que solía transmitir la firmeza que a Roger le faltaba en los momentos de obsesión. Sin embargo, esta mañana, la sombra debajo de sus ojos revelaba que tampoco ella había descansado bien.

—Es el único tipo de prensa que se conserva en este lugar, Elsa —respondió Roger, recogiendo los papeles con rapidez y guardándolos en la carpeta de cuero que reposaba a su lado—. ¿Cómo está Luna?

Elsa suspiró, acercándose a la mesa y apoyando las manos en el respaldo de una silla.

—Sigue en la habitación. Dice que el aire de este sitio le da dolor de cabeza. Y no la culpo, Roger. Anoche el radiador no dejó de golpear la pared como si alguien estuviera atrapado dentro de las tuberías. ¿Seguro que tenemos que quedarnos las dos semanas enteras? Este lugar... tiene algo enfermo en la madera.

—Solo necesito unos días más —contestó Roger con voz baja, mirando de reojo hacia la recepción por si Eliot Garden o el conserje aparecían tras la cortina de cuentas—. Hay detalles en los registros antiguos que no terminan de cerrar. Y el dueño del hotel... hay algo en su forma de mirar que no se corresponde con el luto de un padre común.

—Roger, eres un detective retirado en excedencia, no un investigador de misterios locales —murmuró Elsa, doblándose hacia él para que su voz no se expandiera por el vestíbulo—. Vinimos aquí porque prometiste que esto serían unas vacaciones familiares antes de que Luna empiece la universidad. No quiero que te pierdas en otra de tus investigaciones oscuras.

Antes de que Roger pudiera replicar, el chirrido de los peldaños de la gran escalera anunció la bajada de su hija.

Luna Vance tenía dieciocho años. Heredera de la mirada analítica de su padre y de la tez pálida de su madre, caminaba con una lentitud observadora. Llevaba un jersey holgado de lana trenzada de color crema y una libreta de dibujo con t***s de cartón bajo el brazo. A diferencia de otros jóvenes de su edad, Luna poseía un silencio denso, una capacidad de atención que le permitía captar detalles que a los demás se les escapaban por completo.

—Buenos días —dijo Luna, deteniéndose junto a la mesa. Su mirada se posó un segundo en la carpeta de cuero de su padre antes de dirigirse hacia los grandes ventanales que daban al patio interior—. Hay un chico en la tercera planta que camina como si le doliera la piel.

Roger levantó las cejas, interesado.

—¿El joven que llegó ayer? ¿Nick Brown?

—Se llama Nick —asintió Luna, sentándose junto a su madre—. Lo vi esta mañana en el descansillo mientras bajaba. Intentó disimularlo, pero llevaba la muñeca derecha vendada con un pañuelo sucio y no dejaba de mirar las esquinas del techo. Como si esperara que algo cayera sobre él.

—El aislamiento afecta a la gente de forma distinta, Luna —intervino Elsa, sirviéndose un poco de té de la bandeja que reposaba en la barra.

—No es el aislamiento —sentenció Luna con firmeza, abriendo su libreta de dibujo. En las páginas de papel de grano grueso no había paisajes del bosque ni bocetos de la arquitectura del hotel. Había trazos a lápiz de carbón que reproducían los marcos de los espejos del vestíbulo, pero con las figuras del fondo ligeramente distorsionadas, con líneas suplementarias que insinuaban caras ocultas en el azogue—. Hay algo en los cristales de esta casa. Cuando te miras en ellos, el reflejo tarda un suspiro de más en devolverte el movimiento. Se siente como si el aire detrás del vidrio fuera más espeso que el de este lado.

Roger miró el dibujo de su hija. Los trazos eran precisos, casi obsesivos. Conocía la sensibilidad de Luna; desde niña había tenido un instinto especial para detectar la tensión en los ambientes cerrados.

—¿Notaste eso en tu habitación, Luna? —preguntó Roger con gravedad.

—En el baño —respondió la joven sin levantar la vista de sus trazos—. Tapé el espejo con una toalla antes de acostarme. No me gusta la forma en que me mira la luna de ese mueble cuando me lavo las manos.

En ese momento, la puerta trasera de la recepción se abrió y Jackson apareció en el vestíbulo. El conserje llevaba su habitual mono de trabajo azul, pero esta vez traía un cubo de cinc lleno de serrín y una pala de madera. Su rostro mostraba una rigidez cansada, y sus botas de cuero dejaban rastros de barro helado sobre el mosaico del suelo.

Roger se puso de pie, ajustándose la chaqueta, y caminó hacia el conserje con la soltura de quien busca una conversación casual.

—Buenos días, Jackson —dijo el detective, apoyándose con elegancia en el mostrador de recepción.

El conserje se detuvo, mirando a Roger con sus ojos oscuros y desconfiados.

—Señor Vance. Si busca más leña para la chimenea del comedor, la traeré en media hora. La humedad de la montaña tiene la madera verde hecha una piedra.

—No se preocupe por la leña, Jackson —dijo Roger, sacando una petaca de plata del bolsillo interior de su gabardina y ofreciéndosela al empleado—. Un trago de brandy para combatir el frío de la mañana siempre ayuda a empezar la jornada.

Jackson miró la petaca. Dudó durante tres segundos eternos antes de dejar el cubo de serrín en el suelo y tomar el recipiente de metal. Dio un trago largo, permitiendo que el licor le quemara la garganta, y devolvió la petaca a Roger con un leve gesto de asentimiento.

—Gracias. El frío de este suelo no se quita ni con fuego.

—Dígamelo a mí —sonrió Roger, guardando la petaca—. Estaba comentando con mi esposa que el hotel tiene una estructura fascinante. La arquitectura de la tercera planta sugiere que hubo una ampliación a finales de los noventa, ¿no es así?

La expresión de Jackson se endureció al instante. La soltura de la conversación se evaporó.

—El señor Garden remodeló el ala este después de la muerte de su hijo —respondió el conserje con tono seco—. Cerró algunas habitaciones y cambió la distribución de los pasillos para que el viento no hiciera tanto ruido. Nada más.

—Ah, sí... el pobre Abraham —dijo Roger, bajando el tono de su voz a una cadencia de falsa simpatía—. Un trágico accidente. Debe de haber sido un golpe devastador para Eliot. Perder a un hijo de veintidós años en circunstancias tan poco claras...

Jackson apretó la empuñadura de la pala de madera. Sus nudillos se pusieron amarillentos bajo la mugre del trabajo.

—El río es peligroso en otoño, señor Vance —dijo Jackson, mirando directamente a los ojos del detective—. La gente que no conoce las corrientes del valle suele cometer errores fatales. Piensan que la superficie del agua es tranquila porque refleja los árboles, pero debajo hay rocas y ramas que te arrastran hacia el fondo sin que puedas gritar. El caso se cerró por una razón.

—¿Y las otras desapariciones registradas en los años siguientes? —preguntó Roger con serenidad milimétrica, sondeando el terreno—. Los expedientes hablan de hombres que simplemente se desvanecieron dejando sus maletas intactas. Eso no encaja con un simple accidente en el río.

Jackson dio un paso hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos. El olor a grasa de motor, tabaco barato y pino húmedo que emanaba del conserje se volvió opresivo.

—Si yo fuera usted, señor Vance —susurró Jackson con una voz que sonó como el crujido de una viga a punto de romperse—, ocuparía mi tiempo en llevar a su esposa y a su hija a pasear por el pueblo de abajo. Este hotel no es un buen lugar para hacer preguntas sobre cosas que sucedieron hace décadas. Las respuestas en este sitio tienen la costumbre de quedarse a vivir en la habitación de quien las busca.

Jackson recogió su cubo de serrín sin esperar respuesta y se dirigió hacia la escalera de servicio, sus pasos pesados resonando en la madera con un ritmo lento y amenazante.

Roger se quedó junto al mostrador, viendo marchar al conserje. La amenaza implícita en las palabras de Jackson no lo intimidó; al contrario, le confirmó que había grietas en la historia oficial del Hotel Romaní. Algo oscuro y sistemático ocurría entre aquellas paredes, y el accidente de Abraham Garden parecía ser la clave de todo el enigma.

Al darse la vuelta para regresar junto a Elsa y Luna, Roger vio a Nick Brown bajando los últimos peldaños de la escalera principal.

El joven parecía un fantasma envuelto en un abrigo oscuro. Caminaba despacio, apoyando la mano izquierda en la barandilla de caoba mientras mantenía la derecha oculta en el bolsillo de su chaqueta. Tenía la piel del rostro de un gris cadavérico, y al cruzar su mirada con la de Roger, el detective detectó en las pupilas de Nick esa misma expresión de pánico absoluto que solo había visto en los supervivientes de experiencias traumáticas extremas.

Roger ajustó el cuello de su gabardina y decidió que ya era hora de hablar formalmente con el huésped de la habitación 204.

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Último capítulo

  • Déjate llevar   EPÍLOGO

    Seis meses después del colapso del Hotel Romaní, los periódicos regionales de la capital dejaron caer el caso del Valle de las Nieblas en el olvido periodístico. Para las autoridades provinciales y el departamento de policía, la tragedia quedó archivada en un expediente burocrático bajo una explicación técnica y conveniente: un incendio de proporciones catastróficas originado por una falla estructural fortuita en una edificación centenaria de madera, agravado por la repentina deflagración de un antiguo depósito de gas instalado en las galerías inferiores.Ningún informe oficial hizo mención a las toneladas de azogue hirviente que brotaron de las cañerías, a las anomalías geométricas de los pasillos ni a las extremidades pálidas que intentaron arrastrar a los huéspedes hacia el interior de los cristales. La versión oficial convirtió el horror en un triste accidente del pasado.Sin embargo, en la realidad de la materia, la noche de las superficies pulidas dejó cicatrices imborrables en l

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 24

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    El gran vestíbulo no era una vía de escape; era la falsa promesa de un cauce. Las corrientes de mercurio que serpenteaban furiosas bajo las lamas del parqué no buscaban la libertad fuera de la edificación, sino que convergían como ríos de plata líquida hacia un punto nodal en la cima de la escalera señorial: la suite principal de Eliot Garden, el sanctasanta del patriarca donde el pacto de 1898 había sido sellado con sangre y geometría.Para comprender la naturaleza de lo que iban a enfrentar, la jerarquía de la maldición debía quedar clara: la Cámara de Reflexión era el continente, el sótano donde latía el Espejo Maestro, la superficie que gobernaba toda la red de azogue extendida por el hotel. Pero la suite del piso superior guardaba el origen y el fin de todo. Allí se alzaba el Espejo Primigenio, el núcleo absoluto, el ojo ciego por donde el Hotel Romaní había mirado por primera vez al abismo al final del siglo pasado. Destruir el Espejo Maestro en los subterráneos había debilitado

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 22

    El colapso de la empuñadura de plata en las galerías subterráneas no erradicó la maldición del Hotel Romaní; la atomizó en millones de esquirlas incontrolables. Al romperse la columna vertebral del Espejo Maestro, la masa acumulada de azogue no retrocedió hacia las entrañas de la tierra, sino que fue expulsada hacia la superficie con la furia de una arteria reventada. El fluido mercurial se filtró por las viejas tuberías de plomo, los conductos de ventilación cubiertos de hollín, los huecos de los montacargas y las grietas centenarias de la madera de roble, transformando el edificio entero en una inmensa trampa refractaria. El hotel dejó de ser una estructura física de muros y tejados para convertirse en un laberinto de espejismos donde la lógica del espacio y la frontera entre la materia y la penumbra colapsaron definitivamente.Cualquier superficie capaz de devolver aunque fuera una fracción de reflejo dejó de actuar como un objeto inerte. Los imponentes cristales de las ventanas que

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 21

    El estruendo del bastón de ébano de Eliot al estrellarse contra la piedra base resonó en la profundidad del subterráneo como el chasquido sordo de un trueno congelado. La empuñadura de plata tallada se fracturó en mil esquirlas incandescentes, liberando una marea de azogue puro, una masa líquida y reluciente que desafió la gravedad de la Tierra: no fluyó hacia las grietas del suelo, sino que comenzó a elevarse en ondas hirvientes y luminosas hacia la bóveda de la antecámara. La geometría perfecta que había sostenido la arquitectura maldita del Hotel Romaní durante casi un siglo colapsó en un pestañeo, abriendo una grieta vertical, limpia y atronadora en el tejido mismo que separaba el plano de la materia del mundo de los espíritus.En ese umbral geométrico, suspendidos sobre el abismo de plata donde la carne caliente de los vivos y la sombra helada de los muertos se fundían en una sola neblina de luz fosforescente, Nick y Abraham quedaron atrapados frente a frente.Ya no había un cuerp

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 20

    El aire en la antecámara del subterráneo había dejado de pertenecer a la atmósfera terrestre. Se había transformado en un fluido denso, cáustico y helado que cristalizaba la saliva en los labios antes de que las palabras pudieran formarse. El vapor verdoso del mercurio brotaba con la presión violenta de un géiser a través de las grietas del suelo de piedra volcánica, bañando la cueva con una iluminación enferma y pulsante que proyectaba sombras monstruosas sobre las paredes abovedadas.Eliot Garden dio dos pasos hacia adelante, arrastrando la pierna tullida mientras sus nudillos, blancos por la tensión, se aferraban con rabia a la empuñadura de plata de su bastón de ébano. El viejo patriarca observaba el rostro del forastero —el recipiente humano que su nieta política y la culpa habían arrastrado al hotel—, pero sus pupilas veladas por las cataratas, la vejez y una ambición enfermiza ya no buscaban la carne joven del muchacho de la capital. Intentaban descifrar el espíritu ancestral qu

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