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CAPÍTULO 6

last update Data de publicação: 2024-10-22 23:17:26

La medianoche cayó sobre el Hotel Romaní cargada de un silencio helado y denso, solo interrumpido por el chirrido intermitente de la veleta de hierro en el tejado. En la habitación 204, Nick no intentó acostarse. Se mantenía en pie en mitad del dormitorio, con una linterna táctica apretada en la mano izquierda y un cincel de carpintero que había logrado sustraer del taller de Jackson en la mano derecha.

El olor en la estancia había cambiado. Ya no era solo el frío del invierno; era un hedor metálico y acre, mezcla de azufre, ozono y agua estancada.

La puerta del cuarto de baño estaba abierta de par en par. La llave oxidada yacía partida en dos sobre la alfombra del pasillo interior. Dentro de la pequeña estancia, la funda verde de terciopelo que cubría el gran espejo de bronce comenzó a abultarse desde el centro, como si una masa invisible presionara desde el interior del cristal hacia el exterior.

—No vas a volver a tocarme —murmuró Nick. La voz le salió áspera, desgarrada por la sequedad de la garganta.

Dando tres pasos decididos, Nick cruzó el umbral del baño. Alzó el cincel de acero con ambas manos, apuntando directamente al centro del lienzo abultado.

¡CRACK!

El sonido del primer golpe resonó en las paredes de azulejos como la detonación de un arma de fuego. El cristal no se rompió en añicos; bajo la tela de terciopelo se escuchó un crujido sordo, prolongado, y una red de grietas profundas comenzó a expandirse por la luna del espejo.

De la hendidura no cayeron astillas. Brotó un chorro de vapor denso y grisáceo que olía a resina quemada, acompañado de un gemido agudo, vibrante, que hizo que Nick soltara el cincel por el dolor en los tímpanos.

La tela verde cedió, rasgándose de arriba abajo.

Desde la masa del cristal fracturado, entre las grietas que despedían una luz plata enferma, dos manos humanas emergieron con rabia. Esta vez no hubo lentitud ni ceremonia. La figura de Abraham se impulsó hacia afuera rompiendo la barrera de bronce con la violencia de un cuerpo que traspasa una lámina de hielo fino.

El impacto arrojó a Nick hacia atrás. El joven cayó de espaldas contra los azulejos del suelo, golpeándose la nuca contra el borde del lavabo. La linterna rodó por el piso, proyectando un haz de luz oscilante que iluminó las botas húmedas del reflejo.

Abraham cayó de pie sobre el suelo físico. La fuerza de su desembarco hizo temblar las paredes del baño. El ente vestía la misma camisa blanca manchada de agua estancada, pero su rostro ya no era solo una réplica pálida de Nick: sobre sus pómulos y la frente se marcaban las mismas grietas del cristal, líneas negras y profundas de las que salía ese vaho acre de azufre.

—Estúpido... —siseó Abraham. La voz ya no era un susurro tenue; resonaba con un eco doble, como si dos personas hablaran al mismo tiempo desde una cueva profunda—. Romper la puerta no cierra el camino. Solo hace que la caída sea más rápida.

Abraham se abalanzó sobre Nick.

El ente lo agarró por la solapa del abrigo con la mano izquierda y lo levantó del suelo con una fuerza inhumana, estampándolo contra el marco de madera de la puerta. Nick intentó golpear el rostro de su reflejo con el puño izquierdo, pero su impacto contra la mandíbula de Abraham fue como golpear un bloque de granito helado. El dolor le recorrió los nudillos hasta el codo.

Abraham apretó los dedos alrededor del cuello de Nick. La piel del reflejo estaba tan fría que a Nick le pareció que le aplicaban nitrógeno líquido en la tráquea. El aire dejó de entrar en sus pulmones.

—Siente cómo se apaga —murmuró Abraham, acercando sus ojos negros a escasos centímetros de las pupilas dilatadas de Nick—. Tu voz... tu pulso... todo esto me pertenece. Eliot prometió un hijo, y yo voy a tomar el cuerpo que él me construyó.

El techo del dormitorio comenzó a crujir. Las luces de la lámpara de noche parpadearon violentamente y se fundieron con un chasquido.

Nick luchaba ruidosamente por aire, arañando los antebrazos de Abraham con las uñas, pero los dedos del entidad eran de hierro helado. La vista se le estaba llenando de manchas negras y un zumbido ensordecedor le cubría los oídos cuando un destello de luz blanca irrumpió desde el pasillo.

¡BANG!

Un estruendo seco y atronador retumbó en la habitación 204.

El impacto de una bala de calibre .38 atravesó la camisa de Abraham a la altura del hombro derecho. El proyectil no produjo sangre; de la perforación saltó una nube de esquirlas de cristal brillante y vapor gris. La fuerza del disparo hizo tambalear al ente, obligándolo a soltar a Nick.

Nick cayó al suelo de rodillas, cogiéndose el cuello y tosiendo descontroladamente, intentando meter bocanadas de aire helado en sus pulmones quemados.

En el umbral de la habitación, con la silueta recortada por la luz amarilla del pasillo, el detective Roger Vance avanzaba con paso firme. Tenía un revólver de servicio pesado sostenido con ambas manos, la mirada fija y severa, y la gabardina abierta dejando ver su placa de identificación gastada. Al ver la escena —el joven ahogándose, el desgarro humeante en la camisa del agresor y, sobre todo, el espejo roto que exhalaba una fosforescencia imposible—, el rostro del detective palideció, sintiendo cómo se desmoronaban de golpe todas sus racionales certezas sobre los crímenes del valle.

—¡Apártate de él! —ordenó Roger con voz de mando, aunque un temblor imperceptible cruzó su mandíbula al asimilar lo que tenían delante.

Abraham se giró lentamente hacia el detective. La herida de su hombro comenzó a cerrarse por sí sola, el vapor gris rellenando el agujero mientras las grietas de su piel parpadeaban con una luz plateada. El ente sonrió con una mueca burlona y desprovista de humanidad.

—Un viejo sabueso con un trozo de plomo —siseó Abraham, dando un paso hacia Roger—. No tienes idea de lo que habita en las entrañas de este hotel, detective. Tu bala acaba de atravesar algo que no rige por las leyes de tu mundo.

—No sé qué clase de truco o monstruo eres —respondió Roger, manteniendo el pulso firme pese a la incredulidad que le helaba las entrañas—, pero esta habitación está bajo mi custodia.

Roger no esperó a que Abraham se acercara. Disparó dos veces más en rápida sucesión.

¡BANG! ¡BANG!

Los dos proyectiles impactaron en el pecho del reflejo. Abraham dejó escapar un rugido agudo, un sonido metálico que hizo estallar la bombilla del pasillo exterior. La entidad dio tres pasos hacia atrás, trastabillando contra el marco del cuarto de baño. Las heridas en su pecho soltaban una densa humareda gris que comenzaba a llenar el aire del dormitorio con un olor insoportable a quemado.

—No podéis detener lo que Eliot comenzó en el noventa y ocho —vociferó Abraham, retrocediendo hacia la oscuridad del baño.

El ente miró a Nick una última vez con sus ojos de carbón.

—Esta noche has tenido suerte, Nick. Pero el cristal ya está roto. Y cuando la superficie no es lisa... todo lo que hay dentro sale.

Abraham se dejó caer hacia atrás, arrojándose contra el espejo agrietado. Al tocar la luna fracturada, su cuerpo no rebotó; se disolvió en miles de partículas plateadas que fueron absorbidas por las grietas del cristal con un chasquido seco.

El silencio volvió a aplastar la habitación 204.

El humo gris comenzó a disiparse lentamente hacia la ventana abierta. Roger no bajó el arma de inmediato. Mantuvo el revólver apuntando hacia la puerta del baño durante cinco segundos eternos antes de accionar el seguro y guardarlo en la funda sobada de su cinturón. Exhaló un aliento tembloroso, mirando sus propias manos con estupefacción.

El detective se acercó a Nick, que continuaba tendido en el suelo, sujetándose el cuello con ambas manos y temblando descontroladamente.

—Respire despacio, joven —dijo Roger, agachándose a su lado y poniéndole una mano firme sobre el hombro intacto—. El aire tarda unos minutos en volver a entrar bien cuando le oprimen la tráquea de esa forma.

—Él... él no era humano... —logró articular Nick entre espasmos de tos—. Era... el hijo de Garden... era Abraham...

—Lo vi —contestó Roger con voz ronca, incapaz de apartar la vista de los rastros plateados que aún flotaban en el ambiente y de las marcas moradas en el cuello del muchacho—. Vi cómo atravesaba el cristal... Vi que no era carne lo que sangraba.

Roger se puso de pie y contempló el espejo del baño, cuya luna de cristal lucía ahora una telaraña de grietas profundas, con el centro parcialmente pulverizado y desprendiendo un calor antinatural.

—Recoja sus cosas, Nick —añadió el detective, con la mente a mil por hora intentando encajar lo imposible—. Nos vamos a la habitación de mi familia en el primer piso. Eliot Garden y Jackson no tardarán en subir al escuchar los disparos, y ahora sé que las respuestas que vine a buscar en este maldito lugar superan con creces cualquier expediente policial.

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Último capítulo

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  • Déjate llevar   CAPÍTULO 24

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  • Déjate llevar   CAPÍTULO 20

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