LOGINEl puerto estaba envuelto en la oscuridad de la madrugada. Dominik permanecía de pie junto al muelle, con una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un cigarro que se consumía lentamente entre sus dedos. Llevaba casi media hora esperando. Media hora mirando el horizonte e imaginando todos los escenarios posibles. Cada pocos segundos observaba el reloj, después el mar y luego el reloj otra vez. Le costaba mantenerse quieto, hasta que finalmente distinguió una silueta familiar aproximándose entre las aguas oscuras. Su yate. Sin pensarlo demasiado, arrojó el cigarro al suelo y lo aplastó con la punta del zapato antes de comenzar a caminar hacia el muelle. El primero en bajar fue Teo. Dominik no esperó a que dijera una sola palabra. Simplemente avanzó hasta él y, para sorpresa de ambos, lo abrazó brevemente. Teo se quedó inmóvil durante un segundo. Era probablemente la primera vez que eso ocurría. Cuando se separaron, el hombre simplemente asinti
Nas caminaba junto a Oshlo por el patio trasero, sintiendo que cada paso la alejaba más de la seguridad de su hogar. Avanzaba con calma, como si estuviera dando un paseo cualquiera, mientras luchaba por contener el temblor de sus manos. Su madre seguía arriba, dormida, ignorando por completo el peligro que acababa de atravesar la puerta de su casa. —Más rápido —ordenó Oshlo sin mirarla. Nas apretó los dientes. No quería ir con él. Pero tampoco podía arriesgar la vida de su familia. Cuando estaban a pocos metros de la cerca trasera, un sonido seco rompió el silencio. ¡Bang! Oshlo se quedó inmóvil. Por una fracción de segundo pareció confundido, luego bajó la vista hacia su abdomen y notó la sangre que comenzó a extenderse sobre su camisa. Cayó de rodillas. Nas soltó un grito ahogado. Antes de que pudiera reaccionar, una figura emergió entre los árboles cercanos. —¡Nas! Reconocería esa voz en cualquier lugar. —¡Teo!, Gracias, gracias. El hombre corrió hac
La pantalla del teléfono marcaba las 2:17 de la madrugada cuando finalmente comenzó a vibrar sobre la mesa de noche. Nas reaccionó de inmediato. Llevaba más de una hora esperando la llamada de Dominik, caminando de un lado a otro por la habitación, incapaz de tranquilizarse desde la cena con Rachel y Oshlo. Respondió tan rápido que casi dejó caer el teléfono. —¿Por qué no habías llamado? —soltó alterada apenas escuchó la respiración de él—. Dom… lo vi. Estuvo aquí. El tono de Dominik cambió al instante. —¿Quién? Nas tragó saliva, sintiendo otra vez el miedo subirle por el pecho. —El secuestrador. El hombre que me secuestró. Estoy segura de que era él. Se llama Oshlo… o eso fue lo que dijo Rachel. Pero era él, Dom. Nunca olvidaría ese rostro. Hubo un silencio corto. Demasiado corto. Luego la voz de Dominik salió fría. Peligrosamente fría. —¿Estás bien? —Sí… sí, pero… —¿Dónde está ahora? —Ya se fue. Es el novio de mi prima. Estuvo cenando aquí como si nada hu
El mundo pareció inclinarse bajo los pies de Nas. Pero solo por un segundo. Rachel no pareció notar nada extraño. Sonreía tranquila, completamente ajena al caos que acababa de instalarse dentro de ella. —Nas, él es Oshlo —dijo con naturalidad mientras tomaba al hombre del brazo—. Mi novio. El chico sonrió apenas, manteniendo una compostura rígida, escalofriante. —Mucho gusto. Rachel habla mucho de ti. Nas sintió un frío brutal recorrerle la espalda. Era él. Ella estaba completamente segura. Quizá no había podido verle bien el rostro aquella noche entre el alcohol, el miedo y la oscuridad… pero esos ojos sí los recordaba. Esa sonrisa falsa también. Era el hombre del bar. El hombre que apareció justo antes de que todo su infierno comenzara. Y aun así… fingió. Porque su padre estaba detrás de ella. Porque Rachel sonreía ilusionada. Porque cualquier reacción equivocada podía desatar algo que todavía no entendía. Así que forzó una sonrisa. —Mucho gusto. Pasen.
Dom Atravesó el pasillo privado hasta llegar a su despacho. Apenas cerró la puerta detrás de sí, el ambiente elegante y silencioso le permitió bajar un poco la guardia. Aflojó el nudo de la corbata y tomó el teléfono inmediatamente. La llamada apenas sonó dos veces antes de que ella respondiera. —¿Dom? Solo escuchar su voz hizo que la tensión de sus hombros disminuyera ligeramente. —¿Estás sola? —preguntó él mientras servía un poco de whisky. —Sí. Hubo un pequeño silencio. Nas respiró hondo antes de decirlo. —Hice las pruebas. Ambas. El vaso quedó suspendido unos segundos en la mano de Dominik. —¿Y? Ella tardó apenas un instante en responder. —Dieron positivo, las dos—Nas soltó esas palabras con la voz quebradiza acompañada de un llanto inmediato. —Ey, calma, te prometí que todo va a estar bien—su tono fué más bajo de lo habitual, casi como si quisiera arrullarla. —Es que... estoy aterrada Dom. Dominik apoyó lentamente el vaso sobre el escritorio, mirando e
La música de jazz llenaba el ambiente con elegancia enfermiza. El piso número cinco del edificio brillaba bajo luces doradas y humo de cigarros caros. Las paredes estaban cubiertas por esculturas, cuadros millonarios y piezas extravagantes que servían como fachada perfecta para los verdaderos negocios que ocurrían allí dentro. El Arte de la Mafia. Así lo llamaban. El reino nocturno de Dominik. Hombres importantes caminaban entre copas de whisky y obras imposibles de pagar para cualquier persona común. Políticos, empresarios, traficantes, coleccionistas… todos mezclados bajo la misma mentira refinada. Y en el centro de aquel mundo, Dominik permanecía sentado en uno de los sillones de cuero negro, impecable en su traje oscuro, con una copa en la mano y el rostro tan frío como siempre. Nadie habría imaginado que hace poco más de un mes atrás había destruido su propia habitación consumido por la rabia. Porque allí, bajo las luces elegantes del Arte de la Mafia, Dominik par







