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🌸Addio al nubilato (Parte I)🌺

Author: Madley11
last update publish date: 2026-03-29 04:35:03

ELETTRA MANCUSO

Los días se esfumaron, veloces, como si el tiempo mismo conspirara para arrebatarme la libertad. Solo faltaba un día para la boda y hoy, según el protocolo, debía reunirme con mi futuro esposo y sus padres.

​— ¡Elettra, figlia mia! — exclamó mi padre desde su escritorio. Me encontraba en su despacho, escuchando en silencio sus instrucciones — Tienes que ser puntual. Para los japoneses, la impuntualidad es una ofensa; la disciplina es como su religión.

​Lo miré con fijeza, limitándome a asentir con la cabeza.

​— A las 7:00p.m. en L'Approdo — finalizó en tono autoritario. ​Abandoné el despacho de "Il Supremo" y me refugié en mi habitación, dispuesta a cumplir la orden.

Me vestí con elegancia; un vestido de seda negra que se ceñía al cuerpo como una segunda piel y unos tacones de aguja que resonaban en el piso. Al igual que Alessandro me gustaba estar impecable, sólo en ciertas ocasiones.

Condujé el Ferrari Purosangue. Hasta L'Approdo. Al llegar descendi del vehículo y camine hacia la entrada pero me detuve en seco, no quería hacer esto, ¿Qué importaba conocer a mi futuro esposo hoy o mañana? de todas maneras me casaré con él, y saber cómo es físicamente no influiría en nada.

Con un giro brusco, regrese al Ferrari y lo puse en marcha a toda velocidad hacia las afueras, a la Villa de Francesca; mi prima.

​Al llegar, toqué el timbre y el ama de llaves no tardó en abrir.

​— Benvenuta, Signorina — saludó con una breve reverencia. ​Entré sin esperar invitación — ¿Dónde está Francesca? — pregunté.

— En la alberca — respondió ella a mis espaldas.

​Me dirigí hacia el jardín a paso firme. Al fondo, la silueta de Francesca cortaba el agua con elegancia. Salió de la piscina justo cuando me acercaba, el agua resbalando por su piel. Llevaba un bikini rojo que resaltaba cada curva de su cuerpo y el cabello castaño, ahora oscuro por la humedad, caía en ondas pesadas sobre sus hombros. Giro hacia mí y sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de sorpresa. Frunció el ceño.

​— ¿Elettra? — Cuestionó, en tono seco — ¿Y dónde es la fiesta?.

Solté una risa seca, ajustándo el fino collar sobre mi cuello.

​— Se supone que a esta hora debería estar conociendo a mi prometido — respondí con indiferencia — Una cena de gala, presentaciones formales... todo ese teatro aburrido.

​Francesca se quedó inmóvil, dejando que el agua goteara sobre el piso.

​— ¿Y qué haces aquí? — preguntó, entrecerrando esos ojos azules.

​Acorté la distancia entre ambas, hasta que estuve lo suficientemente cerca.

​— Provocando la ira de mi padre — Mascullé, mirándola fijamente.

Francesca soltó una carcajada vibrante, sacudiendo su melena mojada sin apartar la vista de mi.

​— ¡Ah! la gran boda — Soltó con sarcasmo mientras tomaba una toalla de la tumbona — No esperaba que tu rebeldía te trajera hasta mi villa. Tu padre te matará.

— No lo hará — respondí.

Francesca ​se secó los hombros. Su ceño fruncido desapareció, reemplazado por una sonrisa maliciosa.

​— Ya que estás tan elegante, no desperdiciaremos ese vestido — Ella estiró la mano hacia su teléfono, que descansaba sobre una mesa de cristal.

​— ¿Qué haces? — pregunté, arqueando una ceja.

​— Llamar a las chicas — respondió Francesca mientras el tono de llamada empezaba a sonar.

— ¿Por qué?.

— ¡Addio al nubilato! — Exclamó con dramatismo.

​No paso ni media hora antes de que el sonido de un motor anunciara la llegada de ellas. Francesca, ya envuelta en una bata, esperaba junto a mi en la terraza.

​Primero apareció Alessia. Hermana de Alessandro. Su belleza era clásica, casi escultural; vestía un traje de lino beige que resaltaba su piel. Sus ojos azules y delicados me analizarón rápidamente.

​Detrás de ella entraron Filippa y Nicola. Eran la personificación de la sofisticación moderna.

​Filippa tenía una belleza seductora, con el cabello castaño recogido en una coleta tirante que acentuaba sus facciones afiladas.

​Nicola, poseía una mirada profunda; sus ojos azules parecían cristales bajo la luz del atardecer, dándole un aire de inocencia peligrosa.

​— Si vamos a celebrar por un matrimonio arreglado, sugiero que empecemos con el champán más caro de la bodega de Francesca — Vociferó Nicola con una sonrisa traviesa.

​Las cuatro mujeres me rodearon. Eran distintas en estilo, pero compartían esa genética impecable; la misma elegancia natural y esos ojos azules que caracterizaba a los Mancuso.

Y Así comenzó mi noche. Entre música, copas y la alegría contagiosa de ellas, logré ignorar que mi boda, no era más que un contrato.

​— ¿Entonces, nunca lo has visto?— inquirió Filippa, arrastrando las palabras con esa soltura que solo da el alcohol.

— No — respondí neutral.

— ¿Ni siquiera en fotos? — insistió Alessia, inclinándose hacia delante con curiosidad.

— Tampoco.

— ¿Y cómo se llama? — intervino Francesca, cruzándose de brazos.

— No lo sé — admití antes de darle un largo trago a mi copa.

​Todas se intercambiaron una mirada cargada de malicia y complicidad.

— Seguramente es un viejo decrépito — sentenció Nicola con una mueca de asco.

— Esos Yakuza, no son precisamente atractivos — añadió Filippa, soltando una risita burlona.

— Prepárate para una luna de miel... interesante. Si es que el pobre hombre todavía puede mantenerse en pie — murmuró Alessia y todas empezaron a reír.

​— ¿Luna de miel? — pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

​Las cuatro se detuvieron en seco y me miraron como si acabara de decir que la tierra es plana. Francesca soltó una carcajada que resonó en toda la terraza.

​— Oh, por favor, Elettra — dijo Alessia, inclinándose hacia mí con una chispa de malicia en los ojos — No me digas que crees que todo termina al bajar del altar.

​— Bueno, sí. No nos conocemos — Balbuceé.

​— ¡Santa Catalina! — exclamó Nicola, llevándose una mano al pecho en un gesto dramático — No me digas que tú eres....

​— Sí, lo soy — la interrumpí, bajando la mirada mientras la vergüenza me teñía las mejillas.

​El silencio que siguió a mi confesión duró apenas un segundo antes de ser roto por una explosión de carcajadas.

​— ¡Una virgen en el altar de un Yakuza! — logró articular Nicola entre espasmos de risa — Es como enviar un cordero con un lazo rosa directamente a la cueva de un viejo lobo.

​— Pobrecita de ti, tendras una reliquia de museo en lugar de un esposo — añadió Filippa.

​Sentí que mi rostro ardía de coraje. Intenté esconderme tras mi copa, pero Francesca me la quitó de la mano y me obligó a mirarla. Su expresión se suavizó, pasando de la burla a una seriedad.

​— Ya basta de reírse, estúpidas — sentenció, acallando a las demás con un gesto — Si va a ir a esa cama con un anciano, al menos que no vaya como una analfabeta. Escúchame bien, Elettra.

​Se acercaron tanto que formamos un círculo cerrado, el aroma a perfume caro y alcohol rodeándome como una neblina.

​— Consejo número uno — susurró Alessia, perdiendo la burla — No cierres los ojos y esperes a que termine. Si muestras miedo, él tendrá todo el control. Míralo a la cara, aunque te de asco. Que sepa que, aunque seas nueva en esto, eres una Mancuso.

​— El encaje negro es tu mejor arma; si no sabes qué hacer con las manos, deja una lencería atrevida hable por ti — intervino Nicola maliciosa.

​— Lo más importante — añadió Francesca — los hombres como él, acostumbrados a la violencia, se descolocan con la ternura. Úsala como una trampa. Hazle creer que tiene el poder mientras tú aprendes sus puntos débiles. La cama es el único lugar donde un contrato se puede renegociar a tu favor.

— ¡Cállense de una vez! — Mascullé. ​

Solo imaginar las escenas que acababan de describir me provocaba una repulsión en el estómago. Sin embargo, en el fondo, sabía que tenían razón, por mucho que quisiera ignorarlo, ese momento llegaría tarde o temprano.

Francesca, captando mi incomodidad, decidió dar un giro a la conversación.

​— ¿Y tu padre? ¿No te ha llamado todavía? — preguntó, ojeando su reloj de oro en la muñeca.

​— No lo sé — respondí, soltando un suspiro de alivio al dejar atrás el tema de la cama — Dejé el celular en mi habitación antes de salir.

​La noche continuó entre risas y brindis que parecía no tener fin. Mis primas, ya completamente ebrias, se hundieron en una marea de anécdotas compartidas y copas vacías. Yo, en cambio, permanecí un tanto sobria; cada trago que daba sabía más a ansiedad que a champán. ​Finalmente, aprovechando que el cansancio empezaba a vencerlas, me despedí. ​El trayecto fue un borrón de luces, pero la realidad me golpeó en cuanto entre a la mansión.

Mi padre me esperaba en el gran salón, de pie junto a la chimenea apagada. Su figura, rígida y autoritaria.

​— ¿Tienes alguna idea — empezó a decir, en tono enojado — de la humillación que me has hecho pasar esta noche?

​— Lo sé — respondí, dejando escapar una sonrisa cínica. El alcohol bailaba en mi cabeza, dándome un valor que no poseía en sobria. La mirada de mi padre se endureció.

​— ¿De dónde vienes en ese estado? — preguntó serio.

​— Addio al nubilato — solté, estallando en risas.

La furia de mi padre explotó. Gritó el nombre de Alessandro con un rugido fuerte, pero en su lugar, fue Vittorio quien emergió de las sombras. Al verlo, mi risa se volvió más fuerte, casi histérica.

​— ¡Vittorio, el sanguinario! — vociferé en tono de burla. ​Él no se sorprendio. No dijo una sola palabra; se limitó a observarme con esa mirada despreocupada y letal de siempre.

​— Llévala a su habitación — ordenó mi padre, dándome la espalda.

​Vittorio no pidió permiso ni esperó a que yo caminara. Se acercó y, de un movimiento seco, me cargó al hombro como si fuera un costal de papas. Sentí cómo la sangre se me agolpaba en las sienes y el mundo empezó a dar vueltas. El vaivén de sus pasos firmes hizo que las ganas de vomitar me golpearan la garganta.

Entró en mi habitación y me lanzó sobre la cama sin el menor rastro de delicadeza.

​— Desgraciado — solté, luchando contra las sábanas y el mareo para intentar incorporarme.

​— Ya quédate ahí — Bufó él, con una frialdad cortante.

​— Tú no me dices qué hacer — repliqué, logrando ponerme en pie frente a él.

​La diferencia de altura era ridícula, pero lo encaré con la barbilla en alto. Nuestras miradas colisionaron. Entonces, una sonrisa lenta y cargada de malicia curvó sus labios.

​— ¡Siempre tan rebelde, Elettra! — dijo, bajando el tono de voz.

​— Lárgate de mi habitación — rezongué, intentando que mi voz saliera firme.

​Vittorio no retrocedió. Dio un paso lento, invadiendo mi espacio. Me obligó a retroceder hasta que mis piernas golpearon la cama y caí sentada, pero él no se detuvo; se inclinó sobre mí, atrapándome con sus brazos como si fueran barras de acero.

​Traté de empujarlo, pero era como intentar mover una montaña. Vittorio me tomó de la barbilla, hundiendo los dedos en mi piel con una fuerza innecesaria, obligándome a mirarlo.

​— Te lo voy a decir una sola vez — masculló, y su aliento rozó mi rostro con una frialdad que me dejó helada — No creas que porque compartimos sangre, significa que no pueda matarte. Te odio, Elettra. Te odio tanto que me quema las entrañas verte caminar por esta casa como si fueras una joya preciosa y no la desalmada que asesinó a mi padre y hermano.

​Me quedé sin aire. Sabía que no nos llevábamos bien, pero el peso de sus palabras fue como una bofetada física.

​— Solo eres un trozo de carne que mi tío está vendiendo para expandir sus negocios — continuó con una sonrisa cruel — Y no sabes cuánto voy a disfrutar el momento en que te subas a ese avión para no volver a verte nunca más.

​Me soltó con desprecio, como si mis mejillas le hubieran ensuciado las manos. Se enderezó, recuperando su calma fría, y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

​— Mañana tienes que parecer una gema preciosa frente a los compradores japoneses — Bufó al salir.

Se marchó dejando claro cuál era la relación entre nosostros dos. En ese instante comprendí el origen de tanto odio; él me culpaba por el desastre de aquella ocasión, y yo también. Si tan solo no hubiera fallado en aquel negocio, quizá el destino sería otro. Me desplomé en la cama, perdida en mis pensamientos. En algo tenía razón, mañana debería lucir como una joya de la más alta calidad.

​Mañana sería el día de mi boda. El día en que, por fin, perdería mi libertad.

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