LOGINTadeo se quedó dormido antes de que el avión despegara, con la cabeza sobre el brazo de su madre y la mochila de dinosaurio abrazada contra el pecho.
Elena se quedó mirando a su hijo, que fruncía el ceño en sueños igual que lo había fruncido el hombre del aeropuerto, y se repitió que eso no significaba nada.
En la clínica había elegido un número en una carpeta, sin nombre y sin fotografía, y nunca había querido saber más. El donante era un desconocido, y así iba a seguir siendo.
Le acomodó el pelo de la frente a Tadeo, apagó la luz de su asiento y cerró los ojos, aunque no logró dormirse.
***
El Hotel Marena estaba al final de una playa de arena blanca, y los propietarios le habían reservado una habitación en el último piso, con vista al mar, para que pudiera trabajar en el proyecto durante su estancia.
En la recepción, el administrador del hotel, un hombre de unos cincuenta años llamado don Rubén, la recibió con una sonrisa incómoda y un sobre en la mano.
—Señora Salcedo, bienvenida. Le pido una disculpa, pero la firma de mañana se cambió al viernes. El hotel se está vendiendo, y el nuevo dueño quiere revisar en persona todos los contratos pendientes antes de firmar la compra.
—¿Se está vendiendo? Nadie me avisó.
—Fue todo muy rápido. —Don Rubén bajó la voz—. Es un grupo extranjero muy grande. No se preocupe, su proyecto les gustó mucho.
—Don Rubén, ya pagué los materiales y están por llegar. —Elena apretó el sobre entre los dedos—. Si el nuevo dueño no firma, mi estudio no sobrevive.
Don Rubén desvió la mirada hacia el mostrador.
—El viernes él decidirá.
Elena tomó el sobre y subió a la habitación con Tadeo de la mano, sin decir nada más.
Esa noche, cuando el niño ya dormía, abrió la computadora portátil para revisar el presupuesto. Tenía catorce mensajes de su asistente de Madrid, todos con el mismo enlace.
Era el video del aeropuerto, con un titular en letras rojas: ¿EL HIJO SECRETO DEL MULTIMILLONARIO? Se veía a Tadeo corriendo por debajo de la cinta, a Gael agachándose frente a él y a los dos mirándose fijamente, con el ceño fruncido al mismo tiempo. De ella solo aparecía una espalda y una mano tapándole la cara a su hijo.
Tenía tres millones de reproducciones, y debajo había miles de comentarios.
Son idénticos, no hay nada que discutir.
¿Y la madre? ¿Alguien sabe quién es?
Pobre prometida, a días de su boda.
Que alguien encuentre a esa mujer.
Elena cerró la computadora, fue a revisar que la puerta de la habitación tuviera puesta la cadena y se acostó junto a Tadeo con la ropa puesta, sin apagar la luz.
***
El viernes a las diez en punto, Elena entró a la sala de juntas del Hotel Marena con un traje beige, el pelo recogido y la carpeta del proyecto bajo el brazo. Tadeo se había quedado en el área infantil del vestíbulo con una niñera que le recomendó el hotel.
La sala tenía una pared entera de vidrio que daba al mar y una mesa larga para doce personas, con once sillas vacías.
En la cabecera, sin saco, con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos, estaba Gael Villanueva. Delante de él había un teléfono boca arriba y una carpeta abierta, y en la primera hoja, sujeta con un clip, estaba la fotografía de Elena, la misma que aparecía en la página web de su estudio.
Gael no se levantó.
—Buenos días, señora Salcedo. Siéntese.
Elena no se movió de la puerta.
—¿Usted es el nuevo dueño?
—Desde las nueve de esta mañana.
—¿Y sabía que era yo antes de que entrara a esta sala?
—Lo supe ayer, cuando abrí su expediente. —Gael tocó la fotografía con un dedo—. En el video solo se le ve la espalda, pero yo estaba ahí, y su cara no se me olvidó.
—Entonces ya sabe que no vine por usted. Conseguí este contrato sola, mucho antes de saber que usted existía.
—Y yo compré este hotel sin saber que usted venía incluida.
—Yo no vengo incluida en nada, señor Villanueva. El hotel tiene escrituras, yo no.
Elena dejó la carpeta sobre la mesa, pero no se sentó.
—Busque a otra diseñadora.
Gael pasó una hoja del expediente, sin prisa.
—Usted pagó antes de llegar los materiales para esta remodelación, y estoy casi seguro de que si pierde este contrato, su negocio quebrará. —Levantó la vista—. Puede irse cuando quiera, señora Salcedo. La puerta está detrás de usted.
—¿Revisó mis cuentas?
—Revisé las facturas que usted le mandó al hotel. Usted fue la que apostó todo a este proyecto, no yo.
Elena apoyó las dos manos en la mesa y se inclinó hacia él.
—Entonces escuche bien lo que voy a apostar ahora. Voy a terminar esta obra mejor de lo que usted espera y, cuando la termine, no me va a volver a ver en su vida.
—Eso lo decido yo cuando vea cómo trabaja.
—No. Eso lo decido yo, porque usted compró el hotel, no a mí.
Gael cerró la carpeta, y Elena caminó hasta la puerta sin firmar y puso la mano en la manija.
—Antes de salir, respóndame una sola pregunta. ¿Por qué un niño de tres años que nunca me había visto corrió hacia mí en un aeropuerto como si me conociera?
—Porque lo vio en la televisión. Los niños hacen eso.
—¿Y también fruncen el ceño igual que un desconocido?
Elena soltó la manija y se acercó despacio.
—Es una coincidencia, como muchas otras en la vida. El problema empieza cuando la gente se deja llevar por una simple foto y se pone a especular.
—Yo no soy el resto de la gente, señora Salcedo. Y no me dejo llevar por una foto, sino por lo que vi.
—Para mi hijo, usted no es más que el señor que vio en la tele.
Sobre la mesa, el teléfono de Gael volvió a vibrar, y en la pantalla apareció el nombre de Marcela.
—Conteste —dijo Elena—. Así puedo oír cómo le responde a su prometida la misma pregunta que me acaba de hacer.
Gael no tocó el teléfono. Siguió mirándola a ella hasta que la pantalla se apagó sola.
—Firme el contrato, Elena.
Era la primera vez que la llamaba por su nombre.
—Señora Salcedo, para usted.
—Firme el contrato, señora Salcedo. Va a quedarse en este hotel hasta terminar la obra, porque así lo dice el contrato que usted misma redactó, y yo voy a estar aquí cada vez que tenga que revisar su trabajo. —Hizo una pausa—. Y mientras trabaje bajo mi techo, nadie se les va a acercar a usted ni a ese niño sin pasar primero por mí.
—No necesito que nadie me cuide.
—No se lo estoy ofreciendo. Se lo estoy notificando.
Elena tomó la pluma de la mesa, la apretó un segundo entre los dedos, firmó la última hoja y le deslizó el contrato por encima de la mesa.
—Vigile mi trabajo todo lo que quiera, señor Villanueva, pero le advierto que a nosotros no nos va a vigilar.
Recogió su carpeta, se dio la vuelta y salió de la sala sin despedirse.
En el ascensor se apoyó contra el espejo, cerró los ojos y contó los pisos en voz baja mientras bajaba.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo.
Tadeo estaba frente al ascensor, con la niñera y un helado de chocolate escurriéndole por los dedos.
—¡Mami!
Elena se agachó para limpiarle la mano, pero Tadeo ya no la miraba a ella. Miraba por encima de su hombro, hacia el ascensor privado, al otro lado del vestíbulo, cuyas puertas se estaban abriendo.
Gael Villanueva salió de él con Bruno a su espalda.
Tadeo se soltó de las manos de su madre y abrió mucho los ojos.
—¡El señor de la tele!
Antes de irse al aeropuerto, Gael tocó la puerta de la suite donde dormía Tadeo.Elena abrió con los brazos cruzados. Se había bañado y cambiado de ropa, pero tenía los ojos hinchados.—Cinco minutos —le dijo Gael—. Solo quiero verlo antes de irme.Elena lo miró un momento y, sin decir nada, se hizo a un lado.Tadeo estaba despierto, sentado en el centro de la cama, entre las dos almohadas, con el dinosaurio en las piernas. Cuando vio a Gael, se le iluminó la cara.—¿Ya es mañana?Gael se detuvo junto a la cama.—¿Mañana?—Dijiste que mañana íbamos a platicar.Gael se sentó en el borde del colchón. Detrás de él, Elena se quedó de pie junto a la puerta, sin moverse.—Todavía no es mañana. Tengo que irme de viaje unos días.Tadeo apretó el dinosaurio contra el pecho y frunció el ceño, igual que él.—¿Vas a volver?Gael levantó la vista hacia Elena. Ella no dijo nada, pero tampoco apartó la mirada.—Sí —contestó Gael, mirándola a ella—. Voy a volver.***El jet despegó de Cancún al medio
Elena abrió la boca para contestar.—Yo...Alguien tocó la puerta, justo detrás de su espalda, y los dos se quedaron quietos.—Señor, soy Bruno.Gael no se apartó de ella.—Ahora no.—Es su padre, señor. —La voz de Bruno sonaba apurada al otro lado de la puerta—. No ha dejado de llamar desde las cinco, y contesté para que dejara de sonar en la suite. Dejé a otro hombre cuidando al niño.Gael cerró los ojos un segundo. Después quitó la mano de la puerta, se apartó de Elena y abrió.Bruno le entregó el teléfono con la llamada abierta y se quedó en el umbral, sin entrar. Gael se lo llevó a la oreja.—¿Dónde mierda estás? —La voz de Octavio Villanueva llenó la oficina, tan fuerte que Elena la escuchó desde la puerta—. El piloto me dijo que sigues en Cancún.—Efectivamente.—¿Efectivamente? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? La familia de Marcela está sentada en mi sala, la prensa está confirmada para esta noche y mi hijo está en un hotel de playa, descalzo y sin camisa, cargando al b
Gael se quedó inmóvil, con el niño en brazos, mirando a Tadeo como si no hubiera entendido la pregunta.Tardó en contestar.—Es hora de dormir —dijo al fin, en voz baja—. Mañana platicaremos sobre eso.Tadeo sonrió, se acomodó mejor en sus brazos con el dinosaurio apretado contra el pecho, bostezó y se quedó dormido antes de que Gael diera el primer paso.Gael salió del cuarto de servicio con él, y Elena le pisó los talones.—Dame a mi hijo —le dijo en voz baja, para no despertarlo—. Dámelo ahora.Gael siguió caminando.—¿Quién te crees tú para pasar por encima de mí? Es mi hijo, no uno de tus hoteles.Gael no le contestó. Atravesó el vestíbulo descalzo y sin camisa, con el niño dormido en los brazos, y los huéspedes que se habían despertado con la búsqueda levantaron los teléfonos para grabarlo. Gael no se detuvo ni los miró. Entró al ascensor, y Elena entró detrás de él, con la pijama mojada y los ojos rojos, mientras las puertas se cerraban sobre una docena de pantallas encendidas.
—¿Tadeo?Elena revisó el baño, el clóset y debajo de la cama, y después salió a la terraza descalza. Se asomó por el barandal con el corazón golpeándole el pecho, pero abajo solo estaban la piscina iluminada y la arena vacía.Corrió al pasillo, pero estaba vacío y en silencio, con todas las puertas cerradas. Pensó que su hijo había bajado, empujó la puerta de las escaleras y bajó los diez pisos gritando el nombre de Tadeo, hasta llegar a la recepción sin aire y con los pies lastimados.—¡Mi hijo no está! ¡Tiene tres años y no está en el cuarto!En cinco minutos, todo el personal del hotel estaba despierto. Los meseros revisaban el restaurante, los de seguridad recorrían el estacionamiento con linternas y don Rubén llegó en pijama, con el teléfono en la mano, preguntando a todos si alguien había visto a un niño. Lo primero que hizo fue llamar a la habitación de Bruno.***Bruno subió descalzo y con la camisa mal abotonada, y tuvo que tocar tres veces la puerta de la suite presidencial
Elena se quedó con la mano en el interruptor.—No, mi amor. Ese señor no es tu papá.—¿Y quién es mi papá?—Tú no tienes papá, Tadeo. Me tienes a mí, y conmigo te alcanza.Tadeo no dijo nada más. Se dio la vuelta hacia la pared, abrazó el tiranosaurio de peluche y se tapó hasta la cabeza con la sábana. Elena apagó la luz, se sentó en el borde de la cama y esperó, aunque por debajo de la sábana lo escuchó llorar en silencio un buen rato antes de que se quedara dormido.***En la suite presidencial, la maleta de Gael estaba cerrada junto a la puerta, porque el jet lo esperaba en el aeropuerto a las seis de la mañana para llevarlo a Milán.Bruno entró sin tocar, algo que solo hacía cuando había un problema.—Señor, los huéspedes ya saben en qué habitación están la señora Salcedo y el niño. Alguien publicó el número en internet, y hay gente sentada en el pasillo y en las escaleras con los teléfonos listos para fotografiarlos en cuanto abran la puerta.—¿Cuántos?—Cinco, pero van a ser más
Tadeo cruzó el vestíbulo corriendo, con las manos todavía llenas de chocolate y la mochila de dinosaurio rebotándole en la espalda.Bruno dio un paso para cerrarle el camino, pero Gael levantó una mano y el escolta se quedó quieto.—¿Te acuerdas de mí? —le preguntó Tadeo, frenando justo frente a sus zapatos—. Soy Tadeo.Gael se agachó hasta quedar a su altura.—Me acuerdo.—Te vi en la tele del aeropuerto, pero mi mamá no me hizo caso.Antes de que Gael pudiera contestar, Tadeo le puso las dos manos en el pecho, y en la camisa blanca quedaron marcados diez dedos pequeños de chocolate.Elena llegó detrás de él, sin aire.—Tadeo, ven acá. Mira lo que hiciste.—Déjelo —dijo Gael, sin apartar la vista del niño.—Le manchó la camisa.—Ya lo vi.Tadeo se miró las manos, luego miró la camisa y frunció el ceño.—Perdón. Fue sin querer.—Lo sé. —Gael se miró la mancha y después volvió a mirarlo a él—. ¿Qué haces aquí, Tadeo?—Vivo aquí. Bueno, un ratito. Mi mamá va a arreglar todos los cuartos







