로그인Casi cuatro años después, Elena volvió a pisar México con los pasaportes en una mano y la mano de su hijo en la otra.
El vuelo desde Madrid aterrizó en Ciudad de México a las seis de la mañana, y la conexión a Cancún salía a las once, así que tenía cinco horas de espera en una sala llena de gente y un hijo de tres años que no quería quedarse quieto.
—¡Mami, el avión grande!
Tadeo tenía la cara pegada al ventanal y el vidrio lleno de marcas de sus manos. Llevaba su mochila de dinosaurio, unos zapatos con luces en la suela y el pelo castaño despeinado, aunque Elena lo había peinado dos veces en el baño del avión.
—Ese no es el nuestro, mi amor, el nuestro sale más tarde.
—¿Y por qué no nos subimos a ese?
—Porque ese va a Madrid, y de Madrid acabamos de llegar.
Tadeo frunció el ceño, juntó las cejas y apretó la boca, y se le marcó un hoyuelo en la mejilla izquierda que Elena nunca había visto en nadie de su familia.
En casi cuatro años, Elena había convertido un cuarto alquilado en Madrid en un pequeño estudio de diseño con su nombre en la puerta, Salcedo Interiores, y aquel viaje era por el contrato más grande que había conseguido nunca: remodelar el Hotel Marena, en Cancún, con cuarenta habitaciones, un vestíbulo nuevo y un restaurante frente al mar. Los propietarios habían visto su trabajo en una revista española y la habían contactado directamente. Al día siguiente, a las diez de la mañana, firmaría el contrato con ellos y empezaría la obra.
Era la primera vez que volvía a México desde la noche en que rompió el chip de su teléfono en un aeropuerto.
—Siéntate aquí y no te muevas —le pidió a Tadeo, acomodándolo en una silla—. Mami va a revisar los boletos.
—Sí, mami.
Elena revisó el bolso: los pasaportes, los boletos y la carpeta con los planos del hotel. Faltaba el cargador del teléfono, así que se arrodilló junto a la maleta de mano y empezó a sacar todo, mientras su asistente de Madrid le enviaba un mensaje tras otro con cambios de última hora en el presupuesto.
Sobre la sala de espera colgaba una pantalla gigante con las noticias, y una reportera hablaba en vivo desde la entrada de ese mismo aeropuerto, rodeada de fotógrafos. En la parte inferior, en letras blancas, se leía: EN VIVO: EL MULTIMILLONARIO ITALIANO GAEL VILLANUEVA SE DESPIDE DE MÉXICO A DÍAS DE ANUNCIAR SU BODA.
Elena seguía revolviendo toda la maleta.
Mientras tanto, Tadeo se quedó mirando la pantalla con la boca abierta. En la imagen, un hombre alto, de traje oscuro, cruzaba la entrada entre empujones de periodistas, y cuando uno de ellos le puso un micrófono delante, él se giró con fastidio, juntó las cejas y apretó la boca.
—Mami —Tadeo le jaló la manga—, ese señor es igual a mí.
—Sí, mi amor —contestó Elena, todavía buscando el cargador entre la ropa.
—Mami, mira. Es igual.
—Ya lo vi, mi amor. Ayúdame a buscar el cable negro.
Tadeo no la ayudó. Siguió mirando la pantalla hasta que la imagen cambió al pronóstico del tiempo, y entonces la gente de la sala empezó a murmurar y a ponerse de pie.
Por el pasillo de la sala privada, detrás de una cinta, venía un grupo de hombres con trajes negros, y en medio de ellos, hablando por teléfono, caminaba el mismo hombre de la pantalla, alto, de pelo castaño oscuro y con un abrigo gris sobre los hombros. Varias personas levantaron sus teléfonos para grabarlo.
—Es él —dijo una señora detrás de Elena—. Es el italiano, Gael Villanueva.
Tadeo abrió mucho los ojos.
—¡Es el señor de la tele!
Saltó de la silla y salió corriendo.
—¡Tadeo!
Elena corrió detrás de él, pero había maletas, gente y un carrito de limpieza en el camino, y Tadeo era pequeño y rápido. Se metió entre las piernas de un hombre, esquivó una maleta y pasó por debajo de la cinta.
Uno de los escoltas, un hombre enorme y calvo con una cicatriz en la ceja, dio un paso para detenerlo.
—¡No lo toque! —gritó Elena.
—Déjalo, Bruno.
Gael bajó el teléfono y el escolta se apartó de inmediato.
Tadeo se paró frente a él con la cabeza echada hacia atrás, porque apenas le llegaba a la rodilla.
—Hola. Tú saliste en la tele.
Gael no contestó. Se agachó despacio hasta quedar a su altura, y Elena llegó sin aire y se detuvo a dos pasos de ellos.
Entonces lo vio.
Los mismos ojos azules, con las pestañas largas y oscuras, el mismo remolino en la coronilla y la misma barbilla. Era la misma cara, una grande y una pequeña.
Elena no pudo moverse.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Gael.
—Tadeo. Tengo tres años. —Levantó tres dedos—. ¿Y tú?
Gael no le contestó. Le tocó la mejilla izquierda con el pulgar, justo donde estaba el hoyuelo, y Tadeo frunció el ceño, juntó las cejas y apretó la boca.
Gael se quedó inmóvil.
Elena reaccionó por fin, tomó a su hijo de la mano y lo acercó a ella.
—Perdón, se me escapó.
Gael se puso de pie. Era mucho más alto de lo que parecía en la pantalla, y a su alrededor la gente seguía grabando.
—¿Es su hijo?
—Sí.
—¿Cómo se llama su padre?
—No tiene padre.
Lo dijo más fuerte de lo que quería, y algunas personas se giraron a mirarla.
—Todos los niños tienen un padre, señora.
—El mío no. —Elena cargó a Tadeo y lo apretó contra el pecho—. Con permiso.
Bruno dio un paso y le cerró el camino, pero Elena no bajó la mirada.
—¿Me va a detener delante de toda esta gente que lo está grabando? Adelante, así mañana todo el país verá al gran Gael Villanueva quitándole un niño a su madre.
Gael la miró a ella, luego a Tadeo, que le abrazaba el cuello a su madre, y volvió a mirarla.
—Déjala pasar, Bruno.
Elena caminó rápido, sin correr, hacia la sala de abordar, donde una pantalla anunciaba Vuelo 302 a Cancún. Antes de entrar miró atrás y vio a Gael todavía de pie en el mismo lugar, mirándolos, y a una docena de teléfonos apuntando hacia ellos.
Le tapó la cara a Tadeo con la mano, pero ya era tarde.
***
A las once y cuarto, el avión privado de Gael esperaba su turno en la pista para despegar rumbo a Milán.
Gael tenía la firma más grande del año a la mañana siguiente, cuarenta correos sin leer y a su prometida enviándole fotografías de pasteles de boda para que eligiera uno, pero no abrió nada.
Bruno se sentó frente a él.
—Señor, tenemos autorización para despegar.
—La mujer del niño —dijo Gael sin levantar la vista de la ventanilla—. ¿A dónde iba?
—Entró a la sala del vuelo de las once a Cancún, señor.
Gael tomó el teléfono y abrió su agenda. Después de Milán, el viernes, tenía una sola cita en México: Cancún. Firma de compra del Hotel Marena.
Se quedó mirando esa línea unos segundos. Luego cerró la agenda.
—Seguimos con el itinerario.
El avión empezó a moverse por la pista. Bruno sacó su propio teléfono, lo revisó y se lo extendió por encima de la mesa.
—Señor, tiene que ver esto.
En la pantalla había un video del aeropuerto, grabado por algún pasajero: Tadeo corriendo por debajo de la cinta, Gael agachándose frente a él y los dos frunciendo el ceño al mismo tiempo. Arriba, en letras rojas, decía: ¿EL HIJO SECRETO DEL MULTIMILLONARIO ITALIANO?
Tenía un millón doscientas mil reproducciones, y el número seguía subiendo.
Antes de que Gael pudiera decir nada, su teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció un nombre.
Marcela.
El avión aceleró y las ruedas se despegaron de la pista. El teléfono siguió vibrando, y Gael lo miró sin contestar.
Antes de irse al aeropuerto, Gael tocó la puerta de la suite donde dormía Tadeo.Elena abrió con los brazos cruzados. Se había bañado y cambiado de ropa, pero tenía los ojos hinchados.—Cinco minutos —le dijo Gael—. Solo quiero verlo antes de irme.Elena lo miró un momento y, sin decir nada, se hizo a un lado.Tadeo estaba despierto, sentado en el centro de la cama, entre las dos almohadas, con el dinosaurio en las piernas. Cuando vio a Gael, se le iluminó la cara.—¿Ya es mañana?Gael se detuvo junto a la cama.—¿Mañana?—Dijiste que mañana íbamos a platicar.Gael se sentó en el borde del colchón. Detrás de él, Elena se quedó de pie junto a la puerta, sin moverse.—Todavía no es mañana. Tengo que irme de viaje unos días.Tadeo apretó el dinosaurio contra el pecho y frunció el ceño, igual que él.—¿Vas a volver?Gael levantó la vista hacia Elena. Ella no dijo nada, pero tampoco apartó la mirada.—Sí —contestó Gael, mirándola a ella—. Voy a volver.***El jet despegó de Cancún al medio
Elena abrió la boca para contestar.—Yo...Alguien tocó la puerta, justo detrás de su espalda, y los dos se quedaron quietos.—Señor, soy Bruno.Gael no se apartó de ella.—Ahora no.—Es su padre, señor. —La voz de Bruno sonaba apurada al otro lado de la puerta—. No ha dejado de llamar desde las cinco, y contesté para que dejara de sonar en la suite. Dejé a otro hombre cuidando al niño.Gael cerró los ojos un segundo. Después quitó la mano de la puerta, se apartó de Elena y abrió.Bruno le entregó el teléfono con la llamada abierta y se quedó en el umbral, sin entrar. Gael se lo llevó a la oreja.—¿Dónde mierda estás? —La voz de Octavio Villanueva llenó la oficina, tan fuerte que Elena la escuchó desde la puerta—. El piloto me dijo que sigues en Cancún.—Efectivamente.—¿Efectivamente? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? La familia de Marcela está sentada en mi sala, la prensa está confirmada para esta noche y mi hijo está en un hotel de playa, descalzo y sin camisa, cargando al b
Gael se quedó inmóvil, con el niño en brazos, mirando a Tadeo como si no hubiera entendido la pregunta.Tardó en contestar.—Es hora de dormir —dijo al fin, en voz baja—. Mañana platicaremos sobre eso.Tadeo sonrió, se acomodó mejor en sus brazos con el dinosaurio apretado contra el pecho, bostezó y se quedó dormido antes de que Gael diera el primer paso.Gael salió del cuarto de servicio con él, y Elena le pisó los talones.—Dame a mi hijo —le dijo en voz baja, para no despertarlo—. Dámelo ahora.Gael siguió caminando.—¿Quién te crees tú para pasar por encima de mí? Es mi hijo, no uno de tus hoteles.Gael no le contestó. Atravesó el vestíbulo descalzo y sin camisa, con el niño dormido en los brazos, y los huéspedes que se habían despertado con la búsqueda levantaron los teléfonos para grabarlo. Gael no se detuvo ni los miró. Entró al ascensor, y Elena entró detrás de él, con la pijama mojada y los ojos rojos, mientras las puertas se cerraban sobre una docena de pantallas encendidas.
—¿Tadeo?Elena revisó el baño, el clóset y debajo de la cama, y después salió a la terraza descalza. Se asomó por el barandal con el corazón golpeándole el pecho, pero abajo solo estaban la piscina iluminada y la arena vacía.Corrió al pasillo, pero estaba vacío y en silencio, con todas las puertas cerradas. Pensó que su hijo había bajado, empujó la puerta de las escaleras y bajó los diez pisos gritando el nombre de Tadeo, hasta llegar a la recepción sin aire y con los pies lastimados.—¡Mi hijo no está! ¡Tiene tres años y no está en el cuarto!En cinco minutos, todo el personal del hotel estaba despierto. Los meseros revisaban el restaurante, los de seguridad recorrían el estacionamiento con linternas y don Rubén llegó en pijama, con el teléfono en la mano, preguntando a todos si alguien había visto a un niño. Lo primero que hizo fue llamar a la habitación de Bruno.***Bruno subió descalzo y con la camisa mal abotonada, y tuvo que tocar tres veces la puerta de la suite presidencial
Elena se quedó con la mano en el interruptor.—No, mi amor. Ese señor no es tu papá.—¿Y quién es mi papá?—Tú no tienes papá, Tadeo. Me tienes a mí, y conmigo te alcanza.Tadeo no dijo nada más. Se dio la vuelta hacia la pared, abrazó el tiranosaurio de peluche y se tapó hasta la cabeza con la sábana. Elena apagó la luz, se sentó en el borde de la cama y esperó, aunque por debajo de la sábana lo escuchó llorar en silencio un buen rato antes de que se quedara dormido.***En la suite presidencial, la maleta de Gael estaba cerrada junto a la puerta, porque el jet lo esperaba en el aeropuerto a las seis de la mañana para llevarlo a Milán.Bruno entró sin tocar, algo que solo hacía cuando había un problema.—Señor, los huéspedes ya saben en qué habitación están la señora Salcedo y el niño. Alguien publicó el número en internet, y hay gente sentada en el pasillo y en las escaleras con los teléfonos listos para fotografiarlos en cuanto abran la puerta.—¿Cuántos?—Cinco, pero van a ser más
Tadeo cruzó el vestíbulo corriendo, con las manos todavía llenas de chocolate y la mochila de dinosaurio rebotándole en la espalda.Bruno dio un paso para cerrarle el camino, pero Gael levantó una mano y el escolta se quedó quieto.—¿Te acuerdas de mí? —le preguntó Tadeo, frenando justo frente a sus zapatos—. Soy Tadeo.Gael se agachó hasta quedar a su altura.—Me acuerdo.—Te vi en la tele del aeropuerto, pero mi mamá no me hizo caso.Antes de que Gael pudiera contestar, Tadeo le puso las dos manos en el pecho, y en la camisa blanca quedaron marcados diez dedos pequeños de chocolate.Elena llegó detrás de él, sin aire.—Tadeo, ven acá. Mira lo que hiciste.—Déjelo —dijo Gael, sin apartar la vista del niño.—Le manchó la camisa.—Ya lo vi.Tadeo se miró las manos, luego miró la camisa y frunció el ceño.—Perdón. Fue sin querer.—Lo sé. —Gael se miró la mancha y después volvió a mirarlo a él—. ¿Qué haces aquí, Tadeo?—Vivo aquí. Bueno, un ratito. Mi mamá va a arreglar todos los cuartos







