INICIAR SESIÓNAl cabo de media hora, ya la secretaria iba rumbo al hospital donde se encontraba su guardaespaldas curándose de la explosión de la que resultó gravemente herido.
Peter, Max y George se reunieron en la sala con el celular del agente en altavoz con una llamada abierta y J.T al otro lado de la línea, quien procedió a explicarles lo mismo que comentó a su jefe antes de ellos entrar al apartamento. —La casa del supuesto Fernando Azuaje estaba repleta de documentos, los cuales se mantenían guardados dentro de una caja fuerte. El único documento fuera de ella resultó ser el título de propiedad de esa misma casa, que aparentemente el propio Azuaje nos dejó, entregando a Carmen a la justicia…, como ya saben.Los tres jefes permanecían en silencio, escuchando atentamente.—Cuando logramos abrir la caja fuerte —continuó J.T—, entre los documentos y carpetas, se encontraba la propiedad de un casillero privado y su dirección, la cual nos ubicó en las oficinas aduaneras de la estación de trén, al sureste de la ciudad. Todos comprendían que cualquier objeto de importancia encontrado en la casa del vecino de Carla Davis, había sido colocado o dejado adrede por Turgut, lo que espesaba la situación en un análisis del por qué hacerlo y por qué dar inicio a una forma de comunicación. —El casillero está a nombre de Fernando Azuaje, así lo estipula su registro. Dentro, encontramos las llaves de un yate que aparentemente lleva por nombre “Zincirlerimiz”.—Tus cadenas… —susurró Max en su traducción de la palabra turca, haciéndolo en un tono muy bajo y totalmente para sí. J.T continuó:—El yate no se encuentra en nuestros puertos, ya fuimos y revisamos. Según los registros de marina, zarpó hace dos años a la misma isla donde Turgut tenía la hacienda.George, detrás de su esquivo rostro, presionó sus dientes al escucharla.—Entonces, sí llegó a salir de la ciudad… —mencionó el abogado, con la mirada perdida—. ¿Acaso no se había ido en avión? —Miró a Peter, haciéndole a él la pregunta.—Turgut sí salió en avión —respondió J.T, pensando que la pregunta era para ella—. Podemos encontrar cualquier traslado realizado a través del falso exilio con el nombre de Ferit y Francis de Turgut, pero no fueron ellos quienes se montaron en ese avión, porque los verdaderos Ferit y Francis tomaron el yate Zincirlerimiz en la madrugada del mismo día del exilio. Se hizo un momentáneo silencio.La mujer suspiró y continuó:—En el puerto, Turgut firmó como Fernando y la señora Francis como Fabiola. Ambos con el mismo apellido, Azuaje, aparentando estar casados. Pudieron haber sobornado a la marina, al encargado, a un guardia, pudieron no haber dejado registro en el cuaderno, pero sí lo hicieron. Las razones las desconozco, de igual forma, no eran sus nombres. —Max alzó las cejas, escuchando—. Acabo de enviarles el registro y las firmas en el cuaderno de marina. Pueden verlo en la app.George y Max procedieron a revisar la bandeja compartida dentro de la aplicación de seguridad de Peter, observando una imagen fotografiada del cuaderno con las letras de los famosos Fernando y Fabiola Azuaje, escrito a puño y letra con pluma de tinta azul. Adjunto, el mismo registro, pero computarizado: una planilla con el logo del departamento de marina en la parte superior. Peter ya había visto aquellos documentos, mientras Lenis se preparaba para ser llevada al hospital en la visita que él mismo organizó con uno de sus guardaespaldas.J.T prosiguió dándoles información:—El yate zarpó, lo hizo con ellos dos. Al parecer lo manejaba Azuaje —la mujer se calló por un instante—, pero llegó él solo a la isla. Fabiola Azuaje salió de la ciudad, pero no llegó al otro lado. Al menos, así lo estipulan los registros. Las palabras de la agente Jaya Takur enegreció todo el panorama. Como si una nube tormentosa se posara encima de ellos, la sala de aquel apartamento pareció oscurecerse.Se hizo un absoluto silencio. Nadie se movió. Ninguno habló por varios segundos. En alguna oportunidad, tanto Maximiliano como George, quisieron emitir alguna opinión, decir algo al respecto, pero no encontraron las palabras inmediatas o correctas. El único movimiento en el recinto era la negativa de cabeza del abogado, totalmente incrédulo, lamentando lo que acababa de escuchar; así como también la respiración dificultosa del CEO, mientras se inclinaba hacia adelante en su asiento y colocaba los codos sobre sus rodillas para así entrelazar sus manos y apretar los nudillos contra su boca. —Han pasado dos años y los registros pudieron haber sido manipulados, pero tardaríamos un poco investigando cambios de puesto, turno y movimientos corruptos dentro de la marina insular —dijo J.T—. En mi opinión, un operativo de búsqueda podría ayudarnos a descartar bastante trecho de su paradero. Si… Si no la encontramos en las aguas intermedias, entonces debemos seguir buscando, tomando como punto de partida la isla. Jefe…—Espérense un momento —intervino Max—. ¿Lenis no se comunicaba con su madre mientras estaba casada?—Sí, pero no —respondió rápidamente George, haciendo que los otros se sintieran confundidos—. Luego que los casos de e****a de Ferit salieran a la luz a través de los medios de comunicación, Smith, ya estando casados, la ponía en contacto con su madre, pero esa comunicación se detuvo cuando se dio el exilio.Se hizo de nuevo el silencio.—En el caso de… —dijo Max, dejando entrever lo que no quería siquiera mencionar—, ¿es posible encontrar un cuerpo bajo las aguas después de tanto tiempo?—Sí, es posible. Existen variantes y dependiendo del caso, sí lo es —respondió J.T, mientras Peter asentía.—Un experto en meteorología y medicatura forense puede decirnos dónde posiblemente buscar, gracias al movimiento de la marea, el tiempo, el mes del año… —Peter movió sus hombros luego de aportar aquellos datos, e hizo una mueca que recalcaba existir muchos factores a considerar.—Jefe… —exhaló ella—, esperamos una orden suya. —La voz de J.T solo demostraba un ápice de lo que los tres hombres presentes en la llamada estaban sintiendo, entendiendo que la noticia significaba un yunque poderoso en el centro de sus vidas, sobre todo en este momento tan delicado: la explosión paralizando los trabajos en el consorcio, T.C aún en recuperación y los recién casados en alerta, cuidando su integridad física a cada momento. —Llama al experto, J.T —comandó Peter—. Convoca al equipo de buzos de inteligencia. Los quiero hoy mismo a todos a las 20:00 horas en la sede principal del puerto.Los minutos pasaron como hierro fundido, pesado y lento, cubriendo todo a su paso, marcando un cambio drástico en la ecuación de cada quien. George preparó la cena y recibió a su esposa con toda la normalidad que encontró, demostrándole que se encontraba en perfecta salud, masajeando sus hombros, masajeando sus pies, atendiéndola, haciendo el amor con ella en la ducha, luego en la habitación, inspeccionando su herida de la pierna, besando los restos de pequeños dolores en su tobillo, besando sus piernas nuevamente…, escuchándola hablar sobre T.C y su estatus médico, alegrándose con su buen humor al escucharle decir que el guardaespaldas se recuperaba muy bien y pronto le darían de alta. Lenis le comentó a George que se estaba haciendo amiga de Pilar y también de su secretaria, con la que se había estado comunicando desde la explosión. Lenis pidió permiso para invitarlas a almorzar pronto en el apartamento, iluminando todo con ese gesto al mencionar que esa sería su primera comida de chicas, que desde hace muchos años no tenía una y que la última fue con sus compañeras de estudios cuando cursaba carrera de secretariado en la universidad. George accedió al almuerzo. Adoró verla relajada… Tal vez un poco preocupada por el futuro de ambos, pero con esperanzas de cercanas mejorías. El abogado sentía el corazón apretado, se sentía nervioso, no quería decirle nada y se dejó contagiar de esa energía que Lenis expedía, inocente de lo que en esa noche sucedía frente a las oscuras costas de la ciudad.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







