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Capítulo 87 primera parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-29 02:07:17

George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.

Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.

Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.

Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.

En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.

Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómplice de un asesino, su cumpabilidad era indiscutible, sin embargo, no poseía antecedentes y el alegato de un engaño parecía darle privilegios.

Ella también sería interrogada por el equipo de Peter Embert a la luz de esta desaparición física. Todos serían interrogados de nuevo, junto a las personas que pudieron haber tenido contacto con Francis y Turgut antes de embarcarse en el yate, incluyendo a todo aquel que estuvo presente en la torre de control el día que despegó un vuelo con los pasajeros equivocados.

Carla Davis también sería interrogada. Peter desconfiaba se su viaje a la montaña y por eso mandó a seguirla, por lo que muy cercano a la cabaña donde se hospedaba, también lo hacía uno de los hombres de inteligencia, a quien, antes de salir de la camioneta esa noche, Peter contactó y lo puso al tanto de la nueva información manejada, enviando a un refuerzo para dar inicio a un interrogatorio grabado y con órden judicial.

Max no estaba contento con aquello, pero no hizo nada para evitarlo. Era cierto que ella denunció, perdiendo miedos ante algo tan delicado; colaboró con la justicia en todos los sentidos, pero pidió ausentarse muy pronto y hacia un lugar lejano de la ciudad. A los jefes no les bastó que ella indicara la dirección, simplemente desconfiaban y les era muy difícil erradicar toda duda en un dos por tres.

Peter, de pie, con las manos atrás, vestido completamente de negro, usando un chaleco antibalas bajo su chaqueta negra, arma en la parte trasera de la cintura, totalmente serio y paciente, miraba fijamente la balsa color naranja que transportaba a dos buzos expertos de Inteligencia, junto a una pequeña lancha que los asistía en caso de ocurrir alguna eventualidad.

Los expertos aconsejaron buscar en primera instancia en la zona de los manglares. Comenzar en otro lugar, después de tanto tiempo, significaría cometer un gran error.

Las aguas estaban heladas, pero extrañamente esa noche, ya siendo casi las 00:00 horas de día siguiente, ellos no sentían tanto frío. Maximiliano se encontraba dentro del vehículo, en el asiento del copiloto y con los vidrios abajo. Ver a su amigo sin abrigo y sintiendo que la temperatura no suponía un verdadero problema, creía que la tensión y los nervios les mantenían cálidos, no le veía otra explicación.

De repente, el ligero viento se detuvo.

El chapoteo del agua se calmó, nadie se lanzaba al agua ni se daban órdenes de ningún tipo.

El cuerpo de Peter era una estátua, la respiración de Max se había detenido.

El buzo que aún no salía de las aguas, emergió de pronto y le hizo señas a su compañero, quien se armó con el equipo de última generación, más las luces que facilitaban su trabajo y saltó.

Peter tomó su celular y se comunicó con una de las personas dentro de la lancha.

—Informen.

—Parece que encontraron algo, jefe.

La comunicación se cortó y Peter se quedó estático, observando todo desde el gran muelle de concreto.

Al poco tiempo, salieron ambos buzos y le indicaron algo a las personas dentro de la lancha, quienes alzaron un gran dispositivo que luego Max supo qué era: una gran linterna que puntaron hacia el agua para iluminar con mayor amplitud.

Los buzos no tardaron demasiado en emerger de las profundidades junto a un bulto oscuro, parecían los restos de un saco, bastante pesado que los jefes no lograron describir, pero que podían entender de qué se trataba.

Peter caminó hasta la parte más estrecha del muelle, esperando recibir al equipo, uniéndose a él resto de la tropa: criminólogos y forenses.

Max no salió de la camioneta, se quedó mirándolo todo desde el mismo asiento de copiloto con el corazón en la garganta.

Vio cómo la lancha apagó la gran luz, luego un buzo se montó en ella, ayudó a los demás a embarcar el hallazgo con mucho cuidado, después saltar de nuevo a la balsa y acercándose al muelle donde ya los esperaban.

Max se estaba desesperando, los minutos pasaban demasiado lentos para su gusto.

Eventualmente lo lograron, colocando sobre una camilla especial con una especie de lona con cremayera abierta lo que sacaron del agua y sobre ruedas, lo trasladaron hacia una vans de puertas traseras color negra.

Peter conversó con algunos agentes antes de alejarse del montón de uniformados reunidos allí, mientras en el agua colocaban floradores anaranjados y amarillos que pretendían indicar dónde fue se realizó la operación de búsqueda.

Peter se devolvíó a la camioneta.

Adentro, le informó a Max sobre el estatus de la operación.

—Se ha encontrado un cuerpo. —Max cerró los ojos—. Está demasiado descompuesto, como era de suponer. Es una mujer. —Restregó sus párpados y suspiró. Encendió el vehículo y arrancó.

—¿Cuánto tiempo tardará saber la identidad?

—Más rápido de lo que piensas. Existe un equipo forense dedicado a este caso, pero también depende de si las pruebas para la identificación lanzan resultados exitosos o no. Porfavor, escríbele a George y cuñentale todo.

Max obedeció a Peter mientras se dirigían a La Nave.

El abogado George J. Miller, aún en la terraza de su apartamento, sentado en uno de los muebles, sintió la vibración de su móvil.

Lo sacó del pantalón de pijama y se percató que se trataba de un mensaje de texto de Maximiliano Bastidas.

Leyó… y se llevó las manos a la cabeza.

«¿Cómo se lo diré a Lenis?», se preguntó.

El frío ya era contundente en la ciudad, un piso diez no ayudaba a calmarlo, ni tampoco el gran abrigo que se había colocado.

Entró, cerró la puerta y se dirigió a la habitación.

Abrió la madera blanca tenuemente, corroborando que Lenis siguiera dumiendo. Y sí, plácidamente lo hacía.

Cerró con cuidado de no hacer ruido y se dirigió al despacho.

Se quitó el abrigo, lo colgó en un perchero ubicado en una esquina y se sirvió un trago de whisky, el cuál desapareció de inmediato, preparándose otro.

Se sentó en el asiento detrás de su escritorio. Dejó el vaso sobre él, se inclinó hacia un costado y abrió una de las gavetas de la derecha.

Una serie de fotografías sin marco se mostraron nada más abrirse el archivo.

George sacó una de ellas y la observó.

En la imagen aparecían su difunta madre con un hermoso vestido, él mismo usando un traje de ejecutivo y tomando a su progenitora por el brazo izquierdo, mientras que en el derecho, ella lo entrelazaba con el de Ferit Turgut.

La fotografía era la misma que le había mostrado a Lenis, exceptuando a su padrastro, a quien había cortado con la intensión simbólica de eliminarlo de aquella fiesta, la cual fue de gran importancia, siendo la inauguración de su primer bufete.

«¿Dónde estás?», le preguntó a la imagen, clavando sus ojos furiosos en el turco.

Todos lucían algo jóvenes. Su padrastro, con su cabello negro echado para atrás, mirada penetrante, cara cuadrada, barba bien cortada y una altura intimidante, llevando un traje blanco confeccionado a la perfección, engalanando una completa mentira: el propio Ferit como el significado de la palabra «falsedad».

George acarició a su mamá.

Tragó fuerte para arrancarse de raíz ese fuerte nudo en su garganta.

Sentía dolor y rabia, sentía culpa.

Él estaba convencido que, si al menos hubiese sospechado antes que ese hombre estaba tan cerca, si hubiese estado pendiente, total y absolutamente al pendiente de él, siguiendo sus pasos más que ahora, se habría dado cuenta y no solo él, sus amigos también, de que en ese avión no iba ni Turgut ni Francis, y que se escabullían en una embarcación casi al otro lado de la ciudad.

George, esa noche tardía, comprendió que tan solo una sospecha podría haber salvado a la madre de su esposa de las garras de ese ser infernal.  

—Lo volviste a hacer… —gruñó las palabras, secádose una lágrima que por fin fue liberada sobre su mejilla.

George dio un ligero sobresalto al sentir que la puerta se abría.

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