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Capítulo 87 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-29 02:09:16

—Disculpa, no quise…

Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.

—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.

Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.

Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.

Ella se cruzó de brazos.

Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.

El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

Él asintió.

—Sí. Termino de hacer unas cosas aquí y voy, quédate tranquila.

Ella no se movió de inmediato y en vez de hacerlo hacia la habitación…, entró.

George sintió tensión, pero debía relajarse. Era un experto ocultando emociones, no entendía por qué dudaba tanto de sí mismo en ese momento. Además, nada era seguro todavía.

Lenis se detuvo frente al escritorio. Miró el papel que él había girado, luego a él.

—¿Puedo ver eso?

No lo hizo inmediato: George movió la mano, tomó la fotografía boca abajo y se la dio.

Lenis la giró hasta tener la imagen frente a ella y sus labios se separaron, automáticos, tan solo una abertura.

Detalló la imagen, mientra él no perdió detalle de ella.

—Es la misma foto que tú…

Él asintió.

Lenis se sentó en una de las dos sillas que enfrentaban el escritorio.

—Tu madre era tan hermosa… ¿Cómo era la de Peter? ¿Tienes alguna foto de ella?

George evitó fruncir el ceño ante la pregunta.

—No tengo ninguna foto, pero era hermosa también. Rubia como él.

Lenis asintió. Miró de nuevo la imagen.

—No le gustaban simplemente las mujeres. Ese imbécil adoraba las reinas.

George no movió un solo músculo, no se dejaría doblegar ante sus propios sentimientos.

—Seguramente...

—¿Crees que tía Carmen y él hayan tenido un amorío? —ella interrumpió. Apartó la mirada de la fotografía y la enfocó en su esposo—. Puedo preguntárselo —bromeó.

Él sonrió e hizo una mueca de acierto.

—La verdad, no había pensado en eso. Sí, es posible que hayan tenido algo.

—Carmen, cuando joven, era hermosísima. —Hizo una pausa—. Se parecía mucho a papá. —Lenis dejó la foto sobre la mesa y le miró de nuevo—. ¿Qué está pasando? —indagó, dejando fuera de base al abogado.

—¿Mmm? No… No sé de qué…

—Hoy lo hemos pasado estupendo y sé que deseas darme lo mejor, pero te conozco, cada vez más aprendo de ti y de tu manera de ser y sé muy bien que algo está pasando y que no me lo quieres decir.

George no respiró durante un par de segundos.

Lenis sonrió triste al verlo así de estresado y se levantó.

Rodeó el escritorio y se sentó sobre la madera, cruzando sus piernas descubiertas muy cerca de George.

Él miró las piernas.

Posó sus manos sobre la suave piel tostada por el sol y torneada de Lenis Evans, arrastrando las palmas hasta encontrar el borde de la corta batica de seda y encaje color dorado.

Iba descalza, algo que solo él había logrado, ya que a ella no le gustaba andar sin zapatos, sabiendo el abogado que era una cuestión de confianza. Verla de ese modo, con sus hermosos pies desnudos, le hacía sentir más cercana a él; tan cercana, como la tenía en ese momento.

Lenis separó las piernas y colocó un pie sobre el reposabrazos izquierdo de la silla donde él estaba sentado.

El abogado la miró a la cara y vio fuego en sus ojos.

—Si lo que me ocultas acabará conmigo, entonces aprovéchame antes de decírmelo —susurró la mujer y de un salto, George tomó a Lenis del trasero y la acercó hacia él sin despegarla de la mesa.

Metió las manos bajo a tela de la dormilona y estuvo a punto de partir su quijada en dos por la presión: ella no llevaba ropa interior.

Asombro… La osadía de Lenis y su plan sexual le causó asombro, porque no muchas veces se le podía ver en esa guisa.

Arrastró su mano sobre el abdomen, bajándola y bajándola, pegando su espalda al escritorio, echando su cabeza hacia atrás y arrancándole un gemido al meter su boca entre las pieles femeninas y deseosas, calientes y lujuriosas, escondidas como un tesoro bajo esa bella anatomía, pero dispuestas y atevidas.

La boca masculina comenzó a trabajar en el centro de placer. Su lengua, arrebatadora, castigadora…, pero algo estaba pasando, George parecía esforzarse el doble, sentía demasiada presión en su cabeza, menos allá debajo.

Se detuvo.

Ella se irguió de inmediato viendo cómo él descansaba su frente sobre la pierna de ella, desesperado, rendido y con la respiración entrecortada.

—¿George? —Lenis se acomodó, sentándose mejor y acariciando su cabeza—. Por favor, habla conmigo. ¿Qué está pasando? Dime.

Él negó con la cabeza, dejándose acariciar por ella, hasta que tomó sus muñecas y la detuvo.

Pero no la soltó.

En vez de colocar sus manos sobre su regazo, las sostuvo, apretándolas.

La miró a los ojos.

—Lenis, no tenemos nada seguro, no podemos asegurar nada con exactitud, pero... hemos descubierto que…

Las palabras de George salieron directas, sin detenerse en ningún momento, con buen tono y profesionales, informativas, contundentes…, tornándose líquidas, líquidas, pesadas, lentas, lentas.

Ella lloró automáticamente, cubriendo su boca con las manos, levantándose y tropezando. Caería al suelo si no fuese por el fuerte abrazo de su esposo, quien la sostuvo y consoló, apretándola fuertemente, sentándose a su lado sobre la mesa y convirtiéndose en su mejor soporte.

Pero desde que ella escuchó las frases “Francis no llegó a la isla” y “Turgut salió con ella y llegó solo”, los sentidos de Lenis se desordenaron por completo, oliendo sonidos y palabras, escuchando olores y amargos gustos.

No podía coordinar, nada parecía real. Únicamente pudo percibir con verdadero entendimiento que su madre podía resultar ser la mujer encontrada en las aguas de la costa citadina esa misma noche.

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