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Capítulo 89

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-30 03:15:07

—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.

—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.

Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.

El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.

Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta  la lastimara.

Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.

Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita determinación. Lenis comprendía bien que esa palabra, «determinación», emulaba otra: «valentía», y de ese mismo modo combatía todos los miedos.

—Mi padre no saldrá a la luz. Deben dejarlo, o sacarlo a rastras, si es que lo encuentran.

Lo dicho por el joven, le causó risa a George y ese sonido que debía ser por alegría, a Lenis le pareció siniestro.

—Dile a tu querido padre que le damos todo el permiso del mundo para que se deje ver —ironizó el abogado.

De repente, se inclinó hacia adeltante rápidamente y tomó la mano armada de Kheral, llevando el cañón de la pistola hasta su frente.

—George, ¿qué haces? —exhaló Lenis.

—Ferit y yo tenemos cuentas pendientes. Solo necesitarás acabar conmigo, no la metas a ella.

—George, no…

El hijo de Turgut alternaba su visión entre Lenis y George.  

—Tú no harás nada —continuó el abogado, haciendo presión con su frente pegada al cañón—. Si quisieras hacerlo, ya lo hubieses hecho. ¿Qué es lo que quieres? ¿Para qué te burlaste de nuestra seguridad y nos trajiste hasta aca? ¡Habla!

—Altın… (Oro) —lanzó Kheral con una voz funesta, como la que podría tener una malvada serpiente, haciendo más presión con su pistola, poniendo más nerviosa a Lenis—. Quiero las reservas de oro de la ciudad. —George y Lenis fruncieron el ceño—. Sé que ustedes manejan contactos, son tan dueños de esta metrópolis como lo llegó a ser mi padre en sus años. Quiero que muevas esos contactos, Miller. Que los pongas a trabajar para que me entregues las llaves de las bóvedas.

—¿Oro, dices? —George lanzó una risotada—. Vaya, qué evidente es el quiebre de tu padre. Ya no le queda nada, ¿no es así? ¿Tuviste que convertirte en un delincuente para conseguir lo que él bien pudo darte?

Mientras George osaba con hablarle de esa forma, su mano izquierda apretaba la pierna derecha de Lenis, enfundada en un pantalón de vestir color blanco de tela holgada para que la herida, la cual ya estaba sanando estupendamente, no molestase en lo más mínimo. La intensión del abogado era hacerle entender a ella que se quedara tranquila. Esperaba que también interpretara aquello como una señal que le indicara que él tenía un plan en mente.

—Puedes hacer lo que te envió tu padre a hacer. Pero también puedes bajar el arma y colaborar con la justicia diciéndonos donde está. De seguro no te pudrirás en la cárcel si eligen la segunda opción. Sabes perfectamente que solo es cuestión de tiempo para que Peter llegue con toda la tropa…

—Anlamıyorsun! (¡No estás entendiendo!) —Lenis pegó un respingo por el grito—. Tenemos que hacer un trato tñu y yo, Miller. ¡Mi padre está esperando por mí y no le entregaré ningún cadáver!

—No tienes salida, Kheral. ¡Ya vienen en camino! —expresó George—. Déjala salir y tú y yo nos vamos de aquí. Te llevo a las bóveas, te llevas el oro que te de la gana, y te ayudo para que todo se haga legal, pero primero déjala salir, ella no tiene porqué estár aquí.

Los ojos de Kheral comenzaron a desesperarse, mirándola a ella, luego a George, dudando, pensando… A esas alturas no sabía bien qué hacer: si obedecerle al abogado o al mandato de su progenitor.

—Bana bak, Kheral (mírame, Kheral) —pidió la suave voz de la secretaria.

—Lenis, no.

Ella miró a su esposo y rogó, con el poderoso gris de sus ojos, que la dejase actuar.

—Bana bak, Kheral. Por favor, mírame, Kheral. —El muchacho obedeció, sudoroso y demostrando el desespero y los nervios que empezaban a atacarlo—. Peter llegará y todo esto acabará peor de lo que planificaste. No estamos tan lejos de ellos. Entiende, que tu padre es mi padrastro —tragó grueso al decirlo, sintiendo náuseas con solo mencionar el parentezco—, por lo que tú y yo somos como hermanos, Kheral. Mírame bien, tienes una hermana. Soy yo. Hagamos algo juntos, hagamos esto juntos. Yo sé dónde está el oro…

—Lenis…

Ahora era ella quien presionaba piernas, haciendo lo mismo que George hace rato.

—Deja que él salga de la camioneta —pidió ella, hablando de su esposo—. No haces nada con llevártelo. Si te vas con él, te matarán en un segundo. En cambio, si soy yo quien está a tu lado, pensarán mucho antes de actuar y te dará chance a sacar todo el oro que quieras, ¡te dará tiempo a huir!

En ese momento, se escucharon a los lejos, muy lejos, apenas un soplo de viento, algunas sirenas de patrullas irrumpiendo —apenas— la tertulia que se desarrollaba dentro del vehículo.

—Kheral, escúchame, por favor.

—No, no, no…, así no era que tenía que pasar —lamentaba el joven, con cara de angustia.

—¡Kheral, escúchame!

Fuerte, ¡con mucha fuerza!, George tomó con ambas manos la que Kheral llevaba armada, subiéndola por encima de sus cabezas y apuntando al techo.

—¡Lenis, rápido, abre la puerta!

La secretaria pegó un brinco, gritó y se movió rápido, haciéndole caso a su esposo quien forcejeaba con el joven entre jalones y golpes, pruebas de ímpetu y defensa por el control de la pistola.  

Lenis se levantó del asiento y cómo pudo, se impulsó hacia adelante, metiéndose entre el cuerpo del joven y la puerta para presionar los botones y quitar los seguros.

—¡Corre! —gritó George—. ¡Abre la puerta y corre!

Lenis tuvo que quitarse del puesto del piloto antes de ser aplastada por los cuerpos en lucha.

—¡Lenis, vete ya!

La secretaria no tuvo tiempo de pensarlo dos veces, el interior de la camioneta se había convertido en un espacio dominado por dos sujetos en pelea.

Absolutamente nerviosa, con la adrenalina recorriendo su sistema, logró abrir la puerta izquierda de su propio puesto trasero y al tocar el suelo con sus zapatos negros, empezó a correr hacia la salida de aquel espacio baldío.

—¡AYUDA! —gritaba ella mientras corría a toda velocidad—. ¡Ayúdenme! ¡Ayuda!

Se detuvo en seco al escuchar una detonación.

Se volteó de ipso facto, con el asombro y la alarma impregnados en su rostro.

Miró la camioneta, no entendía, no sabía nada. «¿Fue un disparo? ¿Lo que escuché fue un disparo?»

Comenzó a trotar hacia el vehículo.

—¿George?

El trote se convirtió en carrera.

—George… —susurró, entrecortadamente.

Ya no corría, volaba directo hacia la camioneta.

—¡George!

A medio camino, se detuvo nuevamente al escuchar un nuevo disparo.

—¡Nooo! ¡George!

A punto de llegar a su destino, vio —completamente atónita— cómo la puerta del piloto se abrió y de inmediato, el cuerpo de Kheral caía al suelo como un saco pesado y laxo, casi inerte.

Lenis siguió su carrera, urgente, y pudo ver a George salir estripetoso por la misma puerta, tropezándose con sus propios pies mientras los apoyaba en el suelo y cayendo encima de Kheral.

—¡No te vas a morir antes de decirme! —exclamó el abogado, tomando al joven chofer por las sopalas de la chaqueta del traje, batuqueándolo para que hablara.

Lenis se acercó a ellos con la respiración dificultosa y en su escudriño, pudo entender que George le había disparado al joven, quedando —al parecer— gravemente herido.

Ella no veía dónde había sido la herida, solamente podía divisar sangre por doquier: en la cara de Kheral, en las manos de George y gran parte en el suelo, emanando por debajo del turco, creando un charco que cada vez se hacía más grande alrededor de él.

—No te mueras, imbécil. Dime, ¿dónde está tu padre? ¡Dímelo! —repetía George.

Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca. Lenis miró para atrás, hacia el arco de hierro de la entrada, dándose cuenta que efectivamente los oficiales ya se encontraban encima de ellos.

Luego, sintió que algo caía encima de su cabeza.

Miró el cielo… «Lluvia».

Llevó su mirada al frente de nuevo, intentando tragar y disipar la presión en su pecho y en su garganta.

George se quitó la chaqueta de su propio traje color negro, lo arrugó y presionó el abdomen de Kheral.

—Presiona la herida. —Tomó las manos del joven en un intento flojo de que él mismo se hiciera presión—. ¡Presiona la herida!

Lenis, notando que Kheral no podía, corrió hacia ellos, pasándolos de largo para rodearlos, agachándose a su lado y tomando la chaqueta con sus manos para evitar que siguiera saliendo sagre.

La herida se veía extremadamente grave, ella pensó que aquel estaba a punto de morir. 

—Si querías desligarte de esa vida, quiere decir que no eres como él —dijo George con la voz gruesa y ronca—. Dime dónde está tu padre, Kheral. ¡Dime dónde está! —gruñó, batuqueándolo, sin soltar las solapas dela chaqueta y parte de la camisa negra que el turco cargaba puesta.

Un torrencial aguacero empezó a caer sobre ellos en el momento en el que Kheral empezó luchar con sus ojos para que no se reviraran, con su boca para que no se torciera, con su cuerpo para que no doliera y con su voz para que saliera sin problemas.

El joven, endeble, tomó la muñeca de George y lo atrajo hacia sí.

El abogado se dejó guiar. Acercó su oreja a la boca del herido para escuchar lo que fuese a decirle.

Lenis se irguió y miró hacia el frente. La policía había llegado al sitio y atravesaban el arco de hierro, junto a otros vehículos de color negro.

Los uniformados comenzaron a rodearlos y a bajarse de sus carros para acercarse a ellos.

—¡No! —gritó ella, poniéndose de pie, llevando sus brazos al frente para que aquellos no dieran un paso más—. ¡Esperen! ¡Esperen! —decía, caminando en derredor de los que habían quedado tirados en el suelo para, de esa forma, poder convencer a las autoridades que dejasen que George siguiera controlando la situación.

De pronto, el abogado se separó de Kheral. Le había escuchado.

La policía no prestó atención los ruegos de Lenis, acercándose a ellos, dándose cuenta que Peter y Max también corrían hacia ellos sin impotarles en lo más mínimo la torrencial lluvia.

Ella giró su cuerpo nuevamente y pudo ver cómo George se separó por completo de un Kheral yaciente en el suelo, sin vida, con sus ojos abiertos y sus párpados siendo golpeados por la fuerza del agua que caía sobre ellos, inevitable, derramándose alrededor como lágrimas.  

—¿George? —exhaló ella.

El abogado se levantó como pudo del suelo enangrentado y mojado. Le costó hacerlo, se sentía repentinamente cansado.

Secó su cara en el dorso de su mano para poder ver bien. Giró su cuerpo en dirección a la salida, econtrándose con Peter a medio camino, quien había pasado a Lenis de largo, ya luego de dejarla con Maximiliano.

—Lenis, vámonos. —Ella escuchó la voz de Max, sintiendo sus manos sobre su brazo, intentando moverla de allí lo más pronto posible—. Vente conmigo, Lenis, vamos.

Ella apartó las manos de su jefe con un ligero empujón. Arrugó la cara, porque su concentración estaba totalmente puesta sobre su esposo, quien se acercaba a Peter, sostenía sus hombros y le decía algo que para ella era inentendible, pero puntual y directo al rostro.

Peter escuchó lo que George le dijo y de inmediato comenzó a dar órdenes a su equipo para que lo siguieran, corriendo, logrando que la masa de gente a su alrededor le obedeciera de una vez.

—George… —susurró ella, viendo cómo aquel se tocó mucho el brazo derecho justo después que Peter se apartó de él.

Los ojos de Lenis de expandieron como dos bandejas de plata.

—¿Está herido? —susurró para sí, caminando hacia él, apartándose las manos de Max una vez más.

El abogado arrugó el rostro por un repentino dolor.

—Está herido… —giró su rostro a Max y señaló a su esposo—. ¡George está herido!

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