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Capítulo 88

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-29 13:28:50

El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.

En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.

Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.

Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.

No fue fácil, pero los forenses lograron determinar la causa de su muerte: ahogamiento.

Francis tenía una contusión en su cráneo que posiblemente pudo haberla desmayado. Los agentes encargados del informe mencionaron que tal vez la persona que la golpeó pensó que había fallecido, envolviéndola por una bolsa de lona gruesa, como las que se usan para proteger grandes maquinarias, y la había lanzado a las aguas intentando deshacerse del cuerpo.

Lenis lo supo todo, cada detalle, destrozada. Su corazón latía por el propio bombeo, pero ella simplemente sentía dolor.

Sin embargo, también sentía rabia, una que creía y parecía volverse poderosa.

Pilar recomendó que viera un psicólogo amigo de ella, pero Lenis se negó, porque ella lo sabía: simplemente esperaba sentirse tan solo un poco bien para regrar al ruedo, seguir buscando a su padrastro y darle su merecido. En su cabeza, la hermosa Lenis Evans anhelaba hacerlo con sus propias manos.

Maximiliano le pidió a su madre organizar un entierro en condiciones, con toda la ceremonia en el cementerio, hermosas flores, consagrar el alma de la madre de su secretaria bajo los preceptos musulmanes, uniéndolos a los occidentales, junto a todo lo que —de no haberse enterado nunca sobre aquella desaparición— no se habría hecho.

Lenis aceptó.

Lloró.

Abrazó y se dejó abrazar…, y luego caminó hasta la camioneta que George poseía, uno de los dos vehículos que guardaba en el estacinamiento del edificio lejano a la ciudad y el mismo donde ellos aún permanecían.

Peter les había asignado choferes para que no estuviesen nunca solos. George lo aceptó, pero no le gustaba la idea que fuesen varias personas y no una fija.

Pero a Lenis no le importaba demasiado sin cambiaban al personal que los llevaba, alegaba ser T.C quien debía estar allí junto a ellos. Según la secretaria, nadie podría jamás quitarle su trabajo. Conservaba la eperanza de su pronta recuperación y que él aún quisiera seguir trabajando para ellos y también junto a Embert y J.T como parte del reducido equipo del agente.

George le abrió la puerta trasera de la camioneta a Lenis y se montó después de ella.

La cravana de carros arrancó: el de Seda, el de Pilar, el de Embert, Max y el del abogado, saliendo del cementerio rumbo al apartamento de George, donde acordaron reunirse para almorzar todos juntos; un plan coordinado por el dueño del piso con ayuda de su asistente personal, quien también asistió al sepelio.

—¿Te sientes bien? —preguntó George, tomando la mano de Lenis para darle un reonfortante apretón.

Ella retiró la cara de la ventana y le miró, asintiendo y sonriendo.

—Sí. —Se arrimó hacia él y se cobijó entre sus brazos, suspirando y dejando que el perfume masculino entrara por sus fosas nasales y debilitara sus párpados.

El abogado la arropó en un abrazo y dejó un beso en su cabeza, logrando que ella la apoyara en su pecho e igualmente le abrazara.

—Vamos a estar bien —le dijo él, levántándole la cara para que se miraran—. Esta pesadilla pronto terminará y ese hombre pagará por todo lo que ha hecho.

Se hizo el silencio.

Ella bajó la mirada, pero él se la volvió a levantar.

Unió sus labios con los suyos.

Inspiró profundo, embebiéndose del exquisito olor del perfume de ella, de la sensación de tenerla cerca, del amor que sentía…, todo mezclado y arremolinado en su interior.

—Quiero que me cuentes si te sientes mal, si te sientes bien… —le decía él—. Quiero que sepas que siempre estaré para ti, en las buenas y en las malas —seguía mirándola, en una explosión generada por la amalgama del gris y el ámbar— y puedes contar conmigo para todo, Lenis.

—George… —atajó ella, tocándo su rostro delicadamente—. Sabes que te amo, ¿cierto?

Él exhaló una gran ráfaga de aire y pegó su frente contra la de él, sintiendo como si ella estuviese regresando de un viaje largo o despertando de una cura de sueño eterna.

Él asintió.

Escucharle decir que le amaba, mirarlo a los ojos, ver su semblante lleno de vida después de todo, afianzaba dentro de sí unas esperanzas que estaban a punto de darse por perdidas.

George tenía bien claro que debía darle todo el espacio posible. No logró que ella se viera con el especialista que recomendó Pilar, pero él si le consultó y el psicólogo le habló de la paciencia, le explicó cómo tenerla y le aseguró que ella eventualmente regresaría hacia él.

Sin embargo, el psicólogo aseguró también que pudiesen existir deseos de venganza en Lenis, o alguna secuela bien guardada y escondida, lo que podría empeorar la situación de un momento a otro, o tal vez hacerla recaer en ese letargo en el que estuvo metida luego de entender que su madre fue víctima de las garras malvadas de su padratro, mientras pensaba que la había abandonado con Jefferson, ¡mientras la creía mala!

Él apretó más a Lenis y empezó a besar el dorso de su mano, cerrando los ojos para disfrutar mejor de ella, mientras atravesaban la ciudad rumbo al complejo de edificios.

Al cabo de unos cinco minutos, transitando la autopista principal, Lenis divisó la intersección a la derecha que los llevaría a casa.

De repente, el chofer no tomó la famosa carretera, jamás cruzó y ella fue testigo de aquella decisión.

Sintiendo el pecho un poco acelerado, vio cómo el chofer seguía derecho sin ninguna explicación.

—George… ¡George!

El abogado abrió los ojos y la miró.

Ella le hizo señas con su boca a la ventana para que se diera cuenta de dónde estaban.

La velocidad de la camioneta aumentó un poco y el cuerpo de George entró en tensión. Lenis lo sintió. Se irguió por completo, separándose de él.

—¿Por qué no cruzaste a la derecha? Acabamos de pasar la intersección —dijo George, dirigiéndose al chofer, quien era un hombre alto, de cabello cortado al ras de su cabeza, vestido de traje negro, de piel morena clara.

Era joven. El abogado fue informado previamente sobre él. Su nombre era Harry Vincent, no tenía apodos de ningún tipo ya que no trabajaba para La Nave, sino para el departamento de Inteligencia Nacional y tenía veintiocho años de edad.

—¿Vincent? —llamó el abogado, esperando alguna respuesta por parte del mencionado.

Lenis tragó grueso y permaneció en total alerta al notar que el sujeto no respondía, solo manejaba, parecía un robot en automático y estaba a punto de llegar a la estación de trenes que conectaba la ciudad con la capital del país.

—Bunu yapmayın, Bay Miller (No haga eso, señor Miller) —habló por fin, pero sorprendiéndolos en demasía al hacerlo en turco.

El chofer se percató, por el retrovisor central del vehículo, que George haría una llamada.

Alzó su mano derecha mostrando un arma. Lenis pegó su cuerpo al espaldar del asiento y George casi dejó de respirar.

—Kimseyi aramadım tavsiye ederim (recomiendo que no llame a nadie) —habló de nuevo Harry Vincent—, así que baje su celular y manténgalo sobre sus piernas. Y usted, señorita Díaz, no intente nada, se lo advierto.

***

—¡¿Dónde coño están Lenis y Miller?! —gritó Peter, minutos después de bajarse de su vehículo, ya dentro del estacionamiento del complejo de edificios. Miró a Pilar—. Sube con ellas hasta el apartamento —señaló a la secretaria y a Seda—, esperen allí, estaré al tanto.

—Pero, ¿estarás bien? ¿Qué está pasando?

—Te mantendré al tanto —zanjó él con su mirada de acero, a lo que Pilar asintió, obedeciendo aquella petición.

Max le asintió a su madre, para luego acercarse a él.

—¿Qué está sucediendo?

—No han cruzado, es lo que pensamos; iban de primero —informó J.T—. En el programa de rastreo, aparece la camioneta aún dentro del cementerio. Se han llevado al señor George y a la señorita Evans —declaró Jaya con la voz apretada.

—¡Mierda! —exclamó Peter—. ¡Prepara un equipo ya mismo! Iban delante de nosotros, se suponía que nos veríamos acá —le dijo a Max—. J.T, busca las cámaras de seguidad de todo el jodido recorrido y alerta a la policía para que se unan a nosotros.

***

Atravesaron un umbral de hierro y paredes de concretos parcialmente caídad, estacionando en medio de un terreno amplio, piso de concreto, rodeado de algunos pocos vehículos que parecían abandonados, más paredes y nada más que silencio.

George y Lenis se miraron y no soltaron sus manos. Él la sostuvo todo el tiempo que pudo, intentando mantener la calma. Podía notar el nerviosismo de ella.

Vincent se giró en su asiento y siguió hablando en turco, sabiendo desde un principio que tanto el abogado como la secretaria le entenderían a la perfección.

—Mi nombre no es Henrry Vincent. Me llamo Khiral Turgut. Soy hijo del hombre que han estado buscando.

George y Lenis se paralizaron.

El abogado frunció el ceño, asombrado, mientras que todo su cuerpo se mantenía en total alerta.

Lenis no podía creer lo que escuchaba.

—¿Eres hermano de Sias…? —susurró ella la pregunta, anonadada y nerviosa.

—Mi padre ha planeado asesinarlos —Lenis apretó aún más la mano de George—, desea que lo haga yo. Viajé a este país solo por esa misión y aquí los he traído.

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