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Capítulo 90

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-05-30 07:24:27

El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut.

Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba.

Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis.

Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno.

Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar de no poseer tantas acciones de ese mismo hotel donde Lenis se hospedó cuando él le contó la verdad del plan, el mismo hotel donde Carla Davis, la empleada de la corporación y quien denunció al joven italiano (a quien aún no habían localizado), se hospedó mientras Peter y su quipo entraba en acción para requisar la casa de su vecino.

George J. Miller era jefe de todo lo material, pero en cuanto a sus sentimientos, de su alma y de su corazón, Lenis Evans, su perciosa esposa, era la dueña y jefa absoluta.

Lenis, alarmada, corrió hacia él luego de separarse de un Khiral sin vida, al ser la única que notó que el joven le había disparado en el brazo. De hecho, antes de devolverle el disparo que le quitó la vida, el abogado fue el primero en el blanco.

Ella nunca se apartó de él. El dolor fue insoportable, primera vez que le atravesaban con una bala y a pesar de saber que ningún órgano vital había sido comprometido, él se sintió al borde de la muerte.

Ahí fue cuando comprendió muy bien que en momentos de riesgo, ser el jefe no vale nada, que lo verdaderamente valioso es estar rodeado de las personas que más quieres, apoyándote y nunca abandonándote a tu suerte.

Suspiró.

Conservó la vida.

Solamente una fea cicatriz que los doctores aseguraban se vería menos terrible con el pasar de los años, se asentó en su bícep derecho, teniendo que ser operado justo al llegar al hospital para reparar un daño provocado por la bala que fue disparada a quemarropa.

En ese momento, mientras lo veía todo desde ese gran balcón, estando de pie frente a los adoquines rojos, llevaba su brazo dentro de un cabestrillo, el cual debía usarlo, al menos, durante un mes más.

En alguna ocasión de su vida podría fastidiarle aquel artilugio, pero seguía vivo, en su lugar favorito del mundo, junto a su mujer y la visita frecuente de sus amigos… No se quejaría ni del dolor ni de cualquier dispositivo que le colocaran en el brazo, ciertamente no lo haría.

Recordó una vez más lo que Khiral, en su lecho de muerte, le había dicho. Quiso reír al recordarlo, pero no podía hacerlo abiertamente. Él respetaba mucho a la muerte, no sería irrespetuoso con Kheral, pensando que aquel muchacho merecía que alguien hiciera luto por él.

Khiral Turgut le dijo algo tan simple, que aún George no se lo podía creer:

“Papá está debajo de nosotros”, le dijo.

Sonrió ligero y negó con la cabeza, no podía evitarlo. El chofer que se infiltró en el entierro de la madre de Lenis para secuestralos, los había llevado directo al tan buscado Ferit y George —ahora— podía comprenderlo: su plan era obtener mucho dinero, pero conociendo el mundo donde había crecido, podía terminar cumpliendo con el mandato de su progenitor, o falleciendo sobre aquel suelo que era el mismo techo del escondite del sujeto más buscado por las autoridades de un país entero.

Peter, después de escuchar la información de George, corrió con su equipo para armar un plan que le ayudase a penetrar el búnker bajo sus pies sin arriesgar la vida de nadie.

Convocó a expertos en Ingenería Civil y arquitectos del tren para que, con su guía, pudiesen encontrar la entrada perfecta y así sorprender al famoso delincuente.

Y así lo hicieron.

Se dieron cuenta que se podía entrar al agujero, a través de las paredes de un baño de la propia estación de tren, la cual quedaba muy cerca de allí.

Sorprendieron a Turgut sentado en un sillón monoplaza de cuero marrón, con un cigarro encendido en su mano derecha, mirando la pantalla de la televisón.

No estaba solo. Una mujer que parecía veinte años más joven que él le acompañaba dentro de aquel pequeño espacio, el cual consistía en un depósito con una oficina improvisada, una cama matrimonial y un baño, sin cocina, utilizando la ventilación de los ductos de aire que la misma estación de tren utilizaba para no fallecer de asfixia.

La mujer era la madre de Khiral. Y se enteró, al salir de allí con las esposas y los brazos atrás, que su hijo había muerto.

Cuando Turgut se enteró de aquello, no mostró demasiadas emociones, pero Peter, quien relató a todos quienes nos estuvieron presentes en la requisa sobre lo sucedido, pudo evidenciar por primera vez a su ex padrastro derrotado, escondiendo fuertemente el dolor de la pérdida bajo una dureza en el rostro que ya llevaba años Peter sin ver.

La mujer no hablaba otro idioma más que el turco. Acababa de llegar a la ciudad en compañía de su hijo, quien trabajaba para su padre desde aquel país, manejando intereses ajenos que ni el propio Ferit, dueño de ellos, había tocado o visitado desde hace años.

La dama en cuestión fue entregada a las autoridades de Turquía, mientras Ferit, ese hombre alto que ya no llevaba el cabello al extremo de canoso, como sí lo había llevado siendo Fernando Azuaje; quien tampoco llevaba barba blanca, sino un candado prominente de color negro con algunas canas, conservando la mirada penetrante que tantos “éxitos” le generó con los negocios y mujeres durante su vida, fue tratado como un delincuente de alta peligrosidad, trasladado a una cárcel de máxima seguridad, imputado con más de veinte cargos y condenando a cadena perpétua.

George quiso verlo.

El reo no tenía derecho a un abogado, aunque sí a un interrogatorio para que ennumerara todos los bienes que poseía y que aún no habían sido confiscados, más la obligación judicial de proporcionar una lista de personas implicadas en todos los delitos que él lideró dentro y fuera del país.

George quiso verlo, pero decidió que no era buena idea. Tenía entre ceja y ceja el disparo que, por defensa propia, le propinó a su hijo.

Lo había hecho antes. Disparar para defenderse de algún enemigo o para quitarlo de en medio, sí, lo había hecho…, pero jamás había asesinado a nadie. Y aunque la justicia lo defendía, se sentía respondable por haberle quitado la vida a ese joven que apenas empezaba su vida, a pesar de pisar la tercera década en años.

De igual manera se sentía muy fuerte, tan fuerte, como para lidiar con esos traumas. No se quiebraría, por más que la vida le insistiera que sí. Actualmente, tenía muchas cosas en las que estar al pendiente, gente a la que proteger, disfrutar y defender; en lo personal y en su trabajo también.

Unos brazos que parecían delicados y frágiles, pero que él muy bien sabía que eran los más fuertes del mundo, rodearon su cintura para abrazarle.

Lenis Evans, su esposa, llegó hasta él para acompañarle en la terraza, soltándolo momentáneamente hasta colocarse frente a él, mirarlo a los ojos y darle un beso.

George enterró sus largos dedos entre el cabello negro de Lenis, sosteniéndola al sostener cada mechón, con fervor, abriendo su boca para patrocinar el encuentro de sus lenguas, avivando ese deseo que vivía guardado bajo sus pieles a la espera de la combustión.

El beso acabó con un fuerte abrazo, largo y tendido, de ojos cerrados, besos en el tope de la cabeza, en los brazos, en el pecho, en las frentes y los cuellos. Entonces, Lenis se giró, dándole la espalda a George, llevando el brazo sano hacia delante de su cuerpo para arroparse con él.

Ahora juntos y pegados, contemplaron ese hermoso paisaje de flores, altas palmeras a lo lejos, hermosa laguna y más allá, los edificios de la ciudad.

La secretaria arrastró suavemente sus uñas por lo largo del musculoso brazo del abogado hasta llegar a su mano, entrelazar sus dedos y llevarlos a su vientre.

George apretó el agarre de esos misos dedos, sintiendo cómo su piel se erizaba, su corazón bombeaba desbocado y un nudo muy particular se instalaba en su garganta.

Con la cabeza recostada en el pecho de él, ella siguió observando al frente. Hacía frío, diciembre prometía cambios bruscos de clima, sobre todo, bajas temperaturas y los medios de meteorología pronosticaban una posible caída de granizo.

—Acaba de llamar Maximiliano —informó ella—. Me ha pedido que envíe un comunicado a cada departamento del consorcio para convidar a los directores a que asistan a una reunión excepcional que se realizará este próximo jueves en la sala de juntas de la compañía.

George asintió, con una ligera mueca de aceptación.

—Me alegra que las labores se reinicien. Siento que lo harán con el mejor pie y las mejores expectativas que desde hace años no ocurría. —Serio, sexi a rabiar, la miró por un instante, contemplándola—. Al menos no, desde que Max decidió contratarte sin que Peter te investigara previamente.

Ella sonrió abiertamente, mostrando todos sus dientes y unos leves huequitos que a veces solían formarse en sus mejillas.

—¿Qué hubiese sucedido en ese caso?

—¿Cuál? —preguntó él.

—Si en vez de contratarme de una vez, ¿qué habría pasado si Peter me hubiese investigado antes de firmar contrato con la compañía?

George dio un gran suspiro y negó con la cabeza.

—La verdad es que no lo sé con exactitud, jamás lo sabremos. Aunque, de lo que sí estoy seguro es de que, bajo cualquier circunstancia, tú y yo nos habríamos conocido, porque un gran vínculo nos une tanto a ti conmigo, como a todos nosotros: Max, Peter, Seda… Y estoy seguro, Lenis Evans, que con ese poder de ojos que tienes, me habrías destruido.

Ella se echó a reír. Nunca se aburriría de la forma tan particular de hablar que George tenía.

—Ya casi es de noche —comentó ella luego de unos minutos de silencio—. De seguro encienden las luces gigantes de allá. —Señaló a la izquierda, hacia una lejana dirección donde siempre, en las noches, podía verse desde allí un par de luces que apuntaban al cielo—. Nunca he estado en ese lugar. ¿Sabes qué es?

Él no respondió de inmediato, sabía muy bien qué lugar era ese.

A Lenis, le diría que sí conocía aquel sitio de luces gigantes, pero jamás: que alguna vez en el pasado lo frecuentó. George no dejaría de creer lo tan positivo que era conservar algunas cosas para sí mismo.

—Es un club, un sitio de espectáculos —le informó él—. Es algo… exclusivo.

Carraspeó la garganta. Inhaló y exhaló una buena ráfaga de aire, plantando un beso sonoro en el cuello de Lenis.

—¿Por qué no vamos adentro? —preguntó él—. Podemos tomarnos algo delicioso y relajarnos un poco. Eso te hará bien.

Ella asintió, pero al momento de él moverse hacia el interior del apartamento, ella lo detuvo.

Miró de lleno la profundidad de la miel, viendo —como película— todo lo que habían vivido hasta ese momento, agracediendo a Alá por llevarla hasta ese hombre y permitir consevarle como su esposo y compañero de vida.

Lenis Evans, siendo Lisa Díaz —o como ella quisiera llamarse en cualquier vida suya—, jamás se imaginó sentirse amada y amar tanto así, sentir algo tan profundo por alguien como George J. Miller, ese abogado estrella, impetuoso, inteligente, estratega, jocoso, apuesto y protector.

Tampoco esperó tener familia.

Sonrió.

—¿Qué? —preguntó él, con una sonrisa y con una leve arruga en medio de sus cejas.

Ella escudriñó ese ámbar que George se gastaba, entendiendo de ahora en adelante que no habría dureza en la vida que les obstaculizara el éxito.

Pensó en todo el amor que le tenía, justo allí, bajo ese cielo casi nocturno, dentro de aquel pequeño y paradisíaco castillo que los resguardaba y que adoraban al unísono.

—Lenis, ¿qué pasa? —indagó él, embebiéndose de la hermosura de ese rostro de porcelana que su esposa tenía.

Ella negó con su cabeza.

—Nada… Vamos. —Tomó su mano y entraron para, tal vez, beberse un chocolate caliente, ver alguna película, compartir la bañera, hacer el amor, o dormir.  

FIN.

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Comentarios (2)
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Ranacien
Gracias por leer.
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Maxula Quintero
Me encantó el final. Me fascina la analogía con los colores de sus ojos y la pasión que se tienen.
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Último capítulo

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  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 88

    El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue

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  • EL PLAN DE LOS JEFES   Capítulo 87 primera parte

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