Se connecterMIRANDA.
Después de aquella fatídica noche de bodas. Maximiliano no solo destruyó mi fe en el amor; me despojó de todo en un país extraño.
Estábamos en Francia, en pleno invierno. Canceló mis tarjetas de crédito, congeló mis cuentas y me sacó del hotel sin un solo euro en la billetera.
Deambulé por las calles de París durante cinco días continuos. El frío calaba hasta los huesos, la nieve caía sin tregua y aguanté un hambre que jamás imaginé conocer.
Sobreviví a duras penas gracias a la caridad de un desconocido que me prestó unos francos para hacer una llamada internacional.
Llamé a mi tía Carlota.
Ella, estadounidense de nacimiento, se había casado años atrás con un empresario mexicano y residía en Ciudad de México. Sin dudarlo un segundo, me envió el pasaje de avión y me abrió las puertas de su hogar.
Recodar esos momentos me hacen llorar.
Por esa razón mi hija Anastasia nació en suelo mexicano. Mi tía se convirtió en mi refugio, y su hija Sofía, mi prima hermana y abogada de cabecera, me acompaña en cada paso. Confío ciegamente en mi familia y en María, la nana que ha cuidado a Anastasia con el alma desde el día en que nació.
El jet privado aterrizó en Los Ángeles al atardecer. Tras instalar a mi hija con María en la residencia privada que alquilamos bajo la firma inversora, Sofía y yo nos preparamos para la velada.
Llegamos a la mansión principal en un automóvil negro blindado.
Sofía lució un vestido de satén borgoña con una máscara dorada de líneas geométricas. Yo opté por la provocación pura: un vestido de alta costura en tono azul noche, ajustado al cuerpo, con un escote pronunciado en la espalda y una apertura en la pierna izquierda.
Complementé el atuendo con una máscara veneciana de encaje e incrustaciones de pedrería oscura que cubría la mitad superior de mi rostro, dejando al descubierto únicamente mis labios pintados de un rojo profundo.
Nos detuvimos justo frente a los arcos que daban acceso al gran salón de bailes.
Sofía se inclinó levemente hacia mi oído y me apretó la mano con firmeza.
—Adelántate tú, Miranda. Este es tu momento —murmuró con una sonrisa calculadora antes de dar un paso atrás.
Enderecé la columna, elevé el mentón y atravesé las dobles puertas de madera tallada.
En cuanto mis tacones pisaron el mármol del salón, la atmósfera cambió. El murmullo de las conversaciones decayó de forma paulatina. Las miradas de los empresarios, inversionistas y mujeres de la alta sociedad se desviaron de inmediato hacia mi figura.
Entonces, mi corazón omitió un latido.
Frente a mí, a escasos metros en el centro del salón, estaba él.
Maximiliano.
Aunque llevara el rostro cubierto, lo habría reconocido en cualquier rincón del planeta: su postura imponente, la amplitud de sus hombros, su altura dominante y esa forma casi depredadora de observar su entorno. Estaba al lado de su inseparable amante, luciendo el impecable traje de un director victorioso.
Caminé con paso firme y pausado hacia la barra principal. Deslicé los dedos sobre la superficie de la barra y tomé una copa de champán de la bandeja de un camarero.
—Señorita, disculpe el atrevimiento —interrumpió un hombre elegante de traje impecable, acercándose a mi lado con una sonrisa deslumbrada—. He recorrido este salón tres veces y le aseguro que nadie ha logrado opacar la fiesta de esta manera. Soy uno de los invitados de la firma. ¿De dónde sale una mujer tan fascinante?
Giré la cabeza despacio, sosteniendo la copa con elegancia.
—De muy lejos, caballero —respondí con una voz impostada, madura, cargada de una sensualidad fría y distante—. Y solo vine a disfrutar de la noche.
—Pues déjeme decirle que su belleza es casi irreal —comentó la mujer que lo acompañaba, mirándome de arriba abajo con una mezcla de envidia y fascinación—. Ese vestido y la forma en que camina... francamente, tiene a medio salón especulando sobre quién es usted.
—La belleza no pide permiso para hacerse notar, señora —contesté sin alterar el tono, ofreciéndoles un leve asentimiento con la cabeza antes de dar un sorbo a mi bebida.
Apenas la pareja se retiró, percibí una sombra alta proyectándose a mi derecha. El aroma a madera de cedro y perfume costoso me golpeó antes de que pronunciara una sola palabra.
Era el mismo perfume que impregnaba mis sábanas hace cinco años.
Maximiliano se detuvo a medio metro de mí. Me examinó de arriba abajo con una intensidad abierta, sin disimulo alguno.
—He visto pasar a cientos de mujeres por esta mansión —dijo él, con esa voz grave y autoritaria que en el pasado solía congelarme la sangre—. Pero usted acaba de paralizar la entrada. Me intriga bastante saber quién se esconde detrás de esa máscara tan hermosa.
Giré la cara hacia él. Lo miré fijamente a los ojos a través de las aperturas del encaje. No había un solo rastro de la joven asustada de veinte años en mi postura.
—¿Quién soy? —pregunté, dejando escapar una sonrisa enigmática en mis labios—. Una mujer hermosa, inteligente... y que viene en busca de revancha.
Maximiliano entornó los ojos, visiblemente descolocado por la contundencia de mi respuesta. Inclinó la cabeza, intrigado.
—¿Revancha? —preguntó, bajando el tono de su voz mientras daba un paso más hacia mi espacio personal—. Eso suena a que un hombre la lastimó en el pasado.
Sostuve su mirada sin pestañear.
¿Cómo es posible que no reconozca mi voz?.
Cinco años de terapia, de hacerme de hierro habían transformado no solo mi mente, sino la forma en que proyectaba cada palabra. Para él, la chica ingenua y sumisa que abandonó en París estaba muerta.
—No—le respondí—. No me lastimó. Me destruyó, que es muy distinto.
—Destruir a alguien requiere un poder que no cualquiera posee —comentó él, apretando la copa en su mano—. Y por lo que veo, usted está bastante entera.
—Porque las ruinas también se reconstruyen, y a veces regresan convertidas en fortaleza —contesté, rozando apenas la manga de su saco con la yema de mis dedos antes de retirarme—. Disfrute de la fiesta, señor. Nos veremos muy pronto.
Hice ademán de marcharme, pero Maximiliano dio un paso al frente, cortándome el paso con una mezcla de desesperación e intriga palpable.
—Por favor... dígame su nombre —pidió con la voz ronca, fijando sus ojos en los míos a través del encaje.
—Muy pronto vas a conocerlo —respondí, dejando escapar una sonrisa enigmática.
Él negó levemente con la cabeza, arrugando el entrecejo con evidente desconcierto.
—¿Por qué siento que la he visto antes? —murmuró, como si buscara un recuerdo difuso en su memoria.
—Puede que así sea... —le dije con un tono suave, jugando deliberadamente con su mente.
Me encantaba verlo así: perdido, vulnerable y fascinado por el fantasma de la mujer que destruyó.
Di un paso lento hacia él, recortando toda la distancia hasta quedar peligrosamente cerca de su cuerpo.
Lo miré con absoluta picardía, incliné la cabeza y le rocé el pecho con la yema de los dedos, sintiendo cómo se tensaba al instante bajo la tela del traje.
—¡Oye! ¿Se puede saber qué haces? —interrumpió una voz chillona y llena de veneno.
Kresida, su amante y la actual "señora" de la casa, apareció de la nada echando chispas. Se colocó al lado de Maximiliano con los brazos cruzados y la barbilla en alto, clavándome una mirada llena de rabia y celos.
—¿Por qué tocas a mi marido? —exigió saber, encarándome.
La miré de arriba abajo. No había cambiado nada: la misma arrogancia, el mismo intento por marcar territorio sobre un hombre que jamás fue fiel. Solté una risa baja, elegante y cargada de burla.
—Tranquila, no me interesa lo que ya está usado —le respondí en voz baja, con una sonrisa fría.
Le di la espalda sin esperar su respuesta y me fui de la velada con el corazón latiendo al ritmo de la victoria.
El juego apenas comenzaba.
MIRANDA.—¿Qué haces aquí? —le exijo, dando un paso firme hacia el interior.Maximiliano se pone de pie despacio, ajustándose el saco sin despegar los ojos de mí.—No vas a quitarme mi derecho, Miranda —dice con voz baja pero intransigente—. Es mi hija y tengo todo el derecho de estar con ella.—¿Quieres medir fuerzas, Maximiliano? —lo encaro, interponiéndome de inmediato entre él y la cama—. Tú sabes muy bien que te puedo ganar. Tienes todas las de perder, así que no te impongas, que tú ya no eres nadie aquí. Y si quieres ver a mi hija a las malas, te va a ir peor. Así que sal de aquí ahora mismo.—No me voy a ir —insiste él, dando un paso hacia la camilla—. No me vas a alejar de ella.En ese preciso instante, la puerta se abre de par en par. Sofía entra a la habitación acompañada por dos oficiales de policía del hospital.—¡Es él, oficiales! —señala Sofía con firmeza—. Este hombre se metió a la fuerza, me empujó fuera de la habitación y cerró la puerta con seguro para quedarse a sol
MAXIMILIANO.Salgo del hospital con el pulso desbocado y la cabeza a punto de estallar. El aire helado de la noche me golpea la cara, pero no logra sacarme del impacto. Camino hasta el auto, me encierro y marco el número de Sebastián.—Max, ¿qué pasó? ¿Dónde estás? —responde Sebastián al segundo tono.—Ven a mi departamento. Ahora. Trae algo fuerte para tomar.Treinta minutos después, Sebastián entra a mi sala, deja una botella de whisky sobre la mesa y me observa mientras me sirvo el primer vaso de un trago.—Habla de una vez, Maximiliano. Pareces un fantasma. ¿Qué pasó?—Fui al hospital donde estaba Miranda—¿Qué hacia Miranda en el hospital?—No estaba sola, Sebastián —digo, sirviéndome otro trago sin mirarlo—. Había una niña en esa cama. Una niña de cuatro años.Sebastián se queda congelado, con la copa a medio camino.—¿Una niña? ¿De qué hablas?—Esa niña... la voz que escuché en mis sueños estos cinco años, esa voz angelical que me atormentaba todas las noches y que creí que era
MIRANDAMe pongo de pie, sorprendida por su presencia, pero reacciono de inmediato. Me cruzo en su camino y me coloco entre la camilla de Anastasia y la puerta, bloqueándole el paso a Maximiliano antes de que dé un solo paso más hacia el interior de la habitación.—¿Qué haces aquí? —le digo en un susurro, mirándolo fijamente a los ojos mientras señalo con la mano hacia el pasillo.Maximiliano ni me escucha. Ignora por completo mi gesto y mantiene la vista clavada por encima de mi hombro, fascinado y desconcertado por la pequeña que duerme bajo las sábanas.—¿De quién es esa niña? —pregunta él, arrugando la frente, incapaz de apartar la mirada.—A ti no te importa. Sal de aquí, está durmiendo —respondo en voz baja, apoyando la palma de mi mano contra su pecho y empujándolo hacia atrás con firmeza para obligarlo a retroceder.—Es tu hija... —murmura, parpadeando despacio mientras procesa la escena.—A ti qué te importa, Maximiliano. Sal inmediatamente —reitero, sujetando el borde de la
MIRANDA.Salgo al vestíbulo casi corriendo, ignorando a los empleados que se hacen a un lado al verme pasar. Escucho los pasos pesados de Maximiliano detrás de mí, pero no me detengo ni un segundo a esperarlo. Cruzamos las puertas de cristal de la torre y me abalanzo sobre el auto negro donde el chófer nos espera con la puerta abierta y el motor encendido.Sofía y yo subimos de un golpe a la parte trasera del vehículo. Le doy un portazo en la cara a Maximiliano justo cuando intenta estirar la mano para detener la puerta.—¡Arranca ya! —le ordeno al chófer.El auto sale disparado a la avenida, dejando a Maximiliano de pie en la acera, confundido y observándonos desaparecer entre el tráfico.—¿Qué demonios pasó, Miranda? —pregunta Sofía mirándome alarmada desde el asiento de al lado—. Estas blanca como un papel. ¿Ese infeliz te dijo algo?—No es Maximiliano —respondo, tratando de dominar el temblor de mis manos—. Era María. Anastasia está en el hospital.Sofía se gira hacia mí con los o
MAXIMILIANOEl aire en la sala de juntas es un veneno puro que no puedo tragar. Los pulmones se me cierran. Intento tomar una bocanada, pero me ahogo con mi propio aire.No es posible.No puede ser ella.La mujer que destruí, la muchacha asustada de veinte años que abandoné en la miseria hace cinco años, está sentada en la cabecera de mi mesa.En mi silla.Miranda cruza las piernas viéndose grande, hermosa, elegante. Me observa con esos ojos oscuros, fríos, desprovistos de cualquier rastro del amor que un día me tuvo.—Afuera todo el mundo —digo.Nadie se mueve. La parálisis en la sala es absoluta.—Max... ¿estás seguro? —me pregunta Sebastián, dándome un paso al frente y poniéndome una mano cerca del hombro—. Esta situación legal es delicada. No podemos cometer un error ahora.—Dije que se vayan. ¡Todos fuera! —bramo, volteando a verlo con la mandíbula apretada.Donahue, el socio minoritario, se ajusta las solapas del saco, temblando de rabia y desconcierto.—No puedes sacarnos así,
MIRANDA.El auto negro avanza a paso constante por las calles del centro de Los Ángeles. Voy en el asiento trasero, revisando una última vez la carpeta de la reestructuración en mi tableta. A mi lado, Sofía ajusta el cuello de su saco mientras me observa de reojo.—¿Cómo te sientes, Miranda? —pregunta Sofía, rompiendo el silencio—. Estamos a dos calles.—Perfecta —respondo sin desviar la mirada de la pantalla—. Mi pulso está acelerado por la adrenalina, no por el miedo.—Cinco años de trabajo se resumen en los próximos diez minutos. ¿Estás absolutamente lista para volver a verles las caras?—Llevo mil ochocientos días lista para esto, Sofía. No vine a dudar. Vine a cobrar deudas.El vehículo se detiene frente a la imponente torre de Sterling & Asociados. Al bajarme y mirar hacia arriba, el edificio me parece ajeno. La realidad es que, cuando heredé las acciones tras la muerte de mi padre por aquel infarto repentino, yo jamás puse un pie en este bufete.Mi padre prefería mantenerme al







